en Hoboken

Boston, 31 de agosto de 1888

¡Recibí el periódico anteayer y tu carta hoy. Gracias! Pero lamento que tu garganta aún no esté bien y que, según parece, incluso hayas heredado mi tos. Si nuestras visitas a ti nos ponen sanos y a ti te enferman, es muy funesto.

Ayer estuvimos en Concord, en el reformatorio y en la ciudad. Ambas cosas nos han gustado mucho. Una cárcel en la que los presos leen novelas y libros científicos, forman clubs, se reúnen y deliberan sin la presencia de funcionarios, comen carne y pescado dos veces al día, y además pan a discreción, agua helada en cada sala de trabajo, agua fresca corriente en cada celda, las celdas decoradas con cuadros, etc., donde los hombres, vestidos como trabajadores corrientes, le miran a uno libremente a la cara sin el aire de perro apaleado del preso criminal común, eso no se ve en toda Europa; para eso los europeos, como le dije al superintendente, no son bastante audaces. Y él respondió, auténticamente americano: bueno, nosotros tratamos de que sea rentable, y lo es. Allí cobré un gran respeto por los americanos.

Concord es maravilloso, de buen gusto, como no se esperaría después de Nueva York e incluso de Boston, pero ¡un lugar precioso para estar enterrado allí, mas no vivo! En cuatro semanas estaría allí hecho polvo o loco.

Mi sobrino Willie Burns es un magnífico muchacho, listo, enérgico, entregado en cuerpo y alma al movimiento. Le va bien, trabaja en el ferrocarril de Boston y Providence (ahora Old Colony), gana 12 dólares a la semana, tiene una esposa simpática (traída de Manchester) y tres hijos. No regresaría a Inglaterra por nada del mundo; es el muchacho justo para un país como América.

La salida de Rosenberg y el extraño debate sobre el «Sozialist» en la «Volkszeitung» parecen síntomas del derrumbe.

De Europa nos enteramos aquí poco y rara vez, únicamente a través del «New York World» y del «Herald».

Hoy termina Aveling todo su trabajo en América, y el resto es tiempo libre. Aún no es seguro si iremos a Chicago; para el resto del programa tenemos tiempo de sobra.

Saludos cordiales a tu esposa y a ti de todos nosotros, pero muy especialmente de

tu

F. Engels