— en Plauen bei Dresde

Londres, 12 de abril de 88

Querido Bebel,

Desde tu carta del 8 de marzo he querido observar un poco el desarrollo; las cosas parecen aclararse ahora hasta el punto de que poco a poco se puede emitir un juicio. Vuestra política, decir que todo sigue como antes, es tácticamente, para el consumo de masas, del todo correcta; pero, en mi opinión, no agota en modo alguno la situación histórica.

Las proclamas de Fritz lo caracterizan como una medianía extrema en cuanto a entendimiento. Quien después de tantos años de príncipe heredero no tiene otra cosa que proponer que pequeñas supresiones fiscales individuales y, en el terreno militar, la abolición del tercer escalón, que carece de toda importancia porque hace tiempo que fue suprimido en el reglamento de combate, ése no moverá el mundo de sus goznes. La queja sobre la mala semicultura es, como es sabido, monopolio precisamente de los semicultos mismos — como muestra la figura. Con esto, basta sobre el entendimiento.

El carácter hay que juzgarlo —por el estado de salud— con extrema indulgencia. Si uno corre el riesgo a cada instante de ser condenado por los médicos a que le corten el cuello, está dispensado de todo derroche de energía; solamente en caso de mejoría tal cosa estaría en su lugar. Así se comprende que Bismarck y Puttkamer tengan en el interior las manos más libres que nunca.

Pero no todo sigue, por tanto, como antes. Con Guillermo¹ se ha quebrado la clave del edificio, y la vacilación se hace sentir fuertemente. La política interior muestra un aferramiento convulsivo de Bismarck y Compañía a su posición. La vuestra no ha seguido siendo la misma, ha empeorado, precisamente porque Bismarck quiere demostrar que todo sigue como antes. La exclusión demostrativa de los socialdemócratas de la amnistía, los registros domiciliarios y persecuciones en masa, los esfuerzos convulsivos para liquidar al «Sozialdemokrat» en Suiza — todo eso demuestra que B[ismarck] y Cía. sienten que el suelo se tambalea, tanto como los esfuerzos de los kartellianos para enseñarle a Fritz lo que es un monarca.

Auténticamente monárquico: en todas las cuestiones políticas lo pequeño se compone, pero una intriga palaciega saca a la luz el conflicto. El asunto es puramente ridículo: según Bismarck, el Zar tiene derecho a prohibir a Battenberg que se case, y según Fritz y Victoria, en este caso especial han de quedar de repente abolidas todas esas profundas e insondables máximas de Estado conforme a las cuales se han regido toda su vida!!!

Dado el estado de impotencia de Fritz, probablemente también aquí tendrá que ceder — a no ser que mejore y pueda realmente atravesar una crisis ministerial. No interesa en absoluto a nuestro interés que Bismarck se retire enfurruñado para volver a entrar triunfalmente al cabo de cuatro semanas, divinizado por el filisteo kartelliano. Bien podemos contentarnos con que el filisteo kartelliano llegue a dudar, en general, de la estabilidad del régimen bismarckiano. Y esa estabilidad no será restablecida mientras viva Fritz.

Puesto que no se publica absolutamente nada más sobre la naturaleza de la enfermedad, ni tampoco el informe de Waldeyer, el cual, de ser favorable, habría sido publicado de inmediato, ya no cabe duda de que se trata de cáncer. ¡Y ahí vuelven a demostrar nuestros «hombres del progreso» qué clase de sujetos son! Virchow, que precisamente como médico —y ya consultado antes— debería estar ahora en su puesto, ¡está desenterrando antigüedades en Egipto! Sin duda quiere ser llamado oficialmente.

No hay imperio sin emperador, ni bonapartismo sin Bonaparte. El sistema está cortado a la medida del hombre, se mantiene y cae con él. Nuestro Bonaparte tenía tres cabezas como el viejo ídolo eslavo-pomeranio Triglav; la cabeza del medio ha desaparecido, de las otras dos, Moltke está también demasiado maduro, y Bismarck se tambalea. Con Victoria no podrá; ella ha aprendido de su madre cómo se trata a los ministros, también a los todopoderosos. La vieja seguridad se ha ido. La inseguridad del suelo se mostrará también en la política; hacia afuera, meteduras de pata; hacia adentro, golpes de fuerza a trompicones. Y se mostrará en el hecho de que el filisteo empiece a dudar de su propio ídolo, en la flojedad y el desfallecimiento del celo servil de los funcionarios, que piensan en la posibilidad de un cambio y en su porvenir entonces modificado. Todo esto, si, como es probable, Bismarck se queda. Pero si Fritz mejora y la posición de Bismarck se ve seriamente amenazada, entonces, afirma Lenchen, se disparará contra Fritz. Eso podría incluso ocurrir ya si Puttkamer y sus Iring-Naporras estuvieran en peligro.

En todo caso, pues, un interregno, con la anhelante esperanza de Bismarck en la partida de Fritz y en la entrada del nuevo Guillermo. Entonces, entonces sí que ya no seguirá todo igual. Entonces se volverá loco. Nuestro bonapartismo ha llegado ahora más o menos a su período mexicano. Cuando éste llegue, llegará nuestro 1866 y pronto 1870; es decir, desde dentro, ¡un Sedán interior! ¡Por mí, bien!

En Francia evolución ulterior completamente lógica: los republicanos de derechas empujados a la alianza con los monárquicos, en la cual se hundirán; los ministerios posibles tienen que formarse cada vez más a la izquierda. Boulanger está políticamente falto de cabeza, sin duda se arruinará pronto en la Cámara. El filisteo provinciano francés no tiene más que un artículo de fe: la república es indispensable, la monarquía, eso es la guerra civil y la guerra exterior.

El recibo de los 100 marcos de la señora Pf[änder] con mi próxima carta; olvidé hacérmelo dar. Entre tanto, muchísimas gracias por el donativo; yo haré lo mío para mantener a la mujer, pero me permitiré volver a llamar a vuestra puerta.

Saludos cordiales a tu mujer y a tu hija y a Singer.

Tuyo,  
F.E.

¹ Guillermo I.