en Jassy!!!

122, Regent’s Park Road, N.W.  
Londres, 4 de enero de 1888

Estimado ciudadano:

Mi amigo K. Kautsky, redactor de la *Neue Zeit*, me ha remitido varios números de la «Revista socialä» y del *Conteimporanul*, los cuales contienen, entre otras cosas, sus traducciones de algunos trabajos míos y, en particular, de mi «El origen de la familia, etc.». Permítame expresarle mi agradecimiento por el esfuerzo que usted se ha tomado para hacer asequibles estos escritos a los lectores rumanos.

Aparte del honor que con ello me ha concedido, me ha hecho usted el favor de ayudarme a aprender por fin un poco su lengua. Digo por fin, porque durante cincuenta años lo he intentado, aunque en vano, con la «Gramática de las lenguas romances» de Diez. Por último, me he procurado la gramática de Cionca; pero sin textos de lectura y sin diccionario no he llegado muy lejos. Gracias a su traducción me ha sido posible ahora hacer algunos progresos: mi propio texto, la etimología latina y eslava me han suplido el diccionario, y merced a su traducción puedo decir ahora que el rumano ya no es para mí una lengua totalmente desconocida. Con todo, si usted pudiera recomendarme un diccionario mejor para comprar, ya sea rumano-alemán, rumano-francés o rumano-italiano, me obligaría mucho; así podría leer y comprender más fácilmente en el original los artículos y los folletos: «Ce vor socialistii romini?» y «Karl Marx si economistii nostri» B), que Kautsky me ha enviado.

Me ha causado un gran placer ver que los socialistas de Rumanía, en su programa, coinciden con los principios fundamentales de la teoría que ha logrado agrupar a casi todos los socialistas de Europa y América en una sola hueste combatiente; me refiero a la teoría de mi difunto amigo Karl Marx. La situación social y política reinante a la muerte de este gran pensador y los progresos de nuestro partido en los países civilizados le hicieron cerrar los ojos con la certeza de que sus esfuerzos por unir a los proletarios de ambos mundos en un solo gran ejército y bajo una misma bandera se verían coronados por el éxito más completo. ¡Pero si pudiera ver los inmensos progresos que hemos hecho desde entonces en América y en Europa! Estos progresos son tan grandes que, al menos para el partido europeo, se ha hecho posible y necesaria una política internacional común. También a este respecto me complace ver que usted coincide en principio con nosotros y con los socialistas de Occidente. La traducción de mi artículo «La situación política de Europa», así como su carta a la redacción de la «Neue Zeit», me lo demuestran sobradamente.

En efecto, todos nosotros nos hallamos ante el mismo gran obstáculo que frena el libre desarrollo de todos los pueblos y de cada pueblo en particular, un desarrollo sin el cual no podemos pensar en la revolución social en los distintos países, y mucho menos llevarla a cabo con apoyo mutuo. Este obstáculo es la vieja Santa Alianza¹ de los tres asesinos de Polonia, que desde 1815 es dirigida por el zarismo ruso y que, a pesar de todas las querellas internas pasajeras, subsiste hasta nuestros días. En 1815 la Alianza fue fundada contra el espíritu revolucionario del pueblo francés; en 1871 se consolidó mediante el robo de Alsacia y Lorena, rapiña perpetrada contra Francia que convirtió a Alemania en esclava del zarismo y al zar en árbitro de Europa; en 1888 la Alianza se mantiene en pie para aniquilar el movimiento revolucionario en el interior de los tres imperios, así como las aspiraciones nacionales y los movimientos políticos y sociales de los obreros. Como Rusia ocupa una posición estratégica casi inexpugnable, el zarismo ruso constituye el núcleo de esta Alianza, la mayor reserva de la reacción europea. Derribar el zarismo, destruir esta pesadilla que oprime a toda Europa, es, a nuestros ojos, la primera condición para la emancipación de las naciones de la Europa central y oriental. Una vez derribado el zarismo, el funesto poder representado hoy por Bismarck, privado entonces de su principal apoyo, ¿se derrumbaría?²; Austria se desintegrará, pues pierde su única razón de ser, a saber, la de impedir con su existencia que el zarismo incorpore a sí a las naciones dispersas de los Cárpatos y de los Balcanes; Polonia renacerá; la Pequeña Rusia podrá elegir libremente sus vinculaciones políticas; los rumanos, los magiares y los eslavos del sur podrán, libres de toda injerencia extranjera, arreglar entre sí sus asuntos y sus cuestiones fronterizas; finalmente, la noble nación de los grandes rusos no perseguirá ya conquistas insensatas en provecho del zarismo, sino que cumplirá su verdadero destino civilizador en Asia y, en unión con Occidente, desarrollará sus considerables capacidades espirituales, en lugar de sacrificar a sus mejores hombres en el cadalso y en los trabajos forzados.

Por lo demás, los rumanos deben conocer bien el zarismo: han sufrido bastante con el «Reglamento Orgánico» de Kiselev, con el aplastamiento de la insurrección de 1848, con la doble rapiña de Besarabia, con las innumerables invasiones de Rumanía, que para Rusia no fue nunca más que un lugar de acantonamiento en el camino hacia el Bósforo; con la certeza de que la independencia nacional de Rumanía cesará el día en que se cumpla el sueño del zarismo, la conquista de Constantinopla. Hasta entonces el zarismo os tendrá entretenidos, señalándoos la Transilvania rumana en manos de los magiares, siendo precisamente el zarismo quien la mantiene separada de Rumanía; si mañana cayera el despotismo en Petersburgo, pasado mañana dejaría de existir Austria-Hungría en Europa.³

En la actualidad parece que la Alianza está disuelta y que la guerra es inminente. Pero aunque hubiese guerra, su único fin sería volver a hacer dóciles a la díscola Austria-Hungría y a Prusia. Confiemos en que no haya guerra; en una contienda de esa índole no se podría simpatizar con ninguno de los beligerantes; al contrario, se desearía que todos resultasen derrotados, si ello fuera posible. Sería una guerra espantosa. Pero ocurra lo que ocurra, lo seguro es que, en fin de cuentas, todo redundará en provecho del movimiento socialista y que la toma del poder por la clase obrera se acelerará.

Disculpe esta prolijidad, pero me ha sido imposible escribir a un rumano sin expresar mi opinión sobre estas candentes cuestiones. Se resume brevemente así: Una revolución en Rusia en este momento ahorraría a Europa la desgracia de una guerra general y sería el comienzo de la revolución en el mundo entero.⁴

Si las relaciones con los camaradas alemanes dejan que desear por lo que respecta al intercambio de periódicos, etc., yo podría serle de ayuda en este sentido.

Reciba mis saludos fraternales.

Fr. Engels

Del rumano.

¹ En el borrador sigue a continuación el siguiente pasaje tachado: «Rusia, Austria y Prusia, bajo la hegemonía y en provecho efectivo del zarismo ruso. Esta Alianza subsiste incluso en tiempos de querellas internas, que no son más que rencillas de familia. Seguirá subsistiendo aun en el caso de que estalle una guerra entre los aliados; pues el objetivo de esa guerra sería volver a hacer dóciles a Prusia o a la díscola Austria. Dada esta Alianza, la preeminencia del zarismo sobre los otros dos se deriva de la posición militar privilegiada de Rusia; posición que se ha consolidado enormemente desde que Bismarck, en su delirio, mediante el robo de Alsacia, puso a disposición del zar las fuerzas de Francia en cuanto Prusia se atreviera a moverse. Más aún: a Rusia solo se la puede atacar desde Polonia; es decir, es casi inatacable para los otros dos socios si no quieren una guerra que les crearía problemas a ellos mismos. Todas estas razones hacen que Rusia sea hoy, como en 1815, el núcleo de la Santa Alianza, la gran reserva de la reacción europea.»

² En el borrador sigue: y nuestro partido obrero marchará a pasos agigantados hacia la revolución.

³ En el borrador falta la última frase.

⁴ Aquí termina el borrador.