Querido Sorge:

Recibí su carta del 1 de septiembre. Espero que su pierna mejore gradualmente; descanso y paciencia, eso es lo principal.

Este verano ha sido espantosamente trastornado y mi casa ha estado llena de visitantes de todas partes del mundo, y así continuará hasta mediados de octubre, pues espero a Bebel dentro de quince días. No podré buscar la carta de Marx sobre George hasta que ponga las cosas en orden, es decir, hasta que lleguen las nuevas estanterías que he encargado y me proporcionen más espacio. Entonces recibirá usted inmediatamente la traducción. No hay prisa. Dejemos que George se meta en un aprieto aún mayor. Su repudio de los socialistas es, con mucho, lo mejor que podía habernos sucedido. Su elevación a la categoría de abanderado el pasado noviembre fue un error inevitable y que forzosamente habría de tener repercusiones. Pues el hecho es que las masas sólo pueden ponerse en movimiento por un camino —generalmente tortuoso— adecuado al país y a las circunstancias de que se trate. Todo lo demás es de importancia secundaria, con tal de que se las galvanice para la acción. Pero cada vez hay que pagar la pena por los desatinos que inevitablemente se producen. Así, en este caso podría haberse temido que la elevación del fundador de una secta al rango de escudero hubiera cargado al movimiento con tonterías sectarias durante años. Al echar fuera a los fundadores del movimiento, al constituir su secta en una secta especial, ortodoxa y georgista, y al proclamar sus miras *bornées* como los *bornes* del movimiento en su conjunto, George salva a este último y se arruina a sí mismo.*

* límites

Huelga decir que el movimiento como tal aún ha de pasar por muchas fases desagradables —desagradables en particular para quien vive en el país y tiene que soportarlas. Pero estoy absolutamente convencido de que las cosas avanzan allí, y quizá más rápidamente que aquí, a pesar de que, por el momento, los americanos tendrán que aprender casi exclusivamente de la práctica, y relativamente poco de la teoría.

La respuesta del Ejecutivo de Nueva York a mi nota es deplorable. Tampoco espero gran cosa de su congreso. Los muchachos del este —las secciones— no parecen valer gran cosa y, sin embargo, parece poco probable que el centro de gravedad del Partido Socialdemócrata se desplace hacia el oeste.

El *Trades Union Congress* de aquí ha vuelto a demostrar que se está operando una revolución dentro de los viejos sindicatos. Se resolvió, oponiéndose a los dirigentes, en particular a Broadhurst, y a los demás diputados obreros, formar un *Independent Labour Party*. Un socialista de salón y diputado parlamentario austríaco se quedó bastante asombrado de los enormes cambios operados desde su última estancia aquí en 1883.

No he sabido una palabra ni he visto a nadie de Francia desde que Lafargue se marchó a Jersey, donde pasa una o dos semanas.

Le escribiré acerca de Alemania tan pronto como haya discutido aquí las cosas con Bebel.

En cuanto a la política en general, todo el mundo se prepara para la muerte del viejo Guillermo, tras lo cual los rusos se comportarán con mayor insolencia en Oriente y Bismarck los incitará para mantener su propia posición. Pero yo difícilmente supongo que se llegue a una guerra. La incertidumbre de lo que una guerra podría acarrear es tan grande, la intención recíproca de los gabinetes de traicionarse mutuamente tan manifiesta, la certeza de que la guerra sería más violenta, sangrienta, costosa y postrante que todas las guerras anteriores (10 o 12 millones de soldados trabados en batalla) tan indudable, que todos profieren amenazas pero nadie tiene el valor de empezar. Pero es un juego que puede desencadenar una guerra sin que ellos lo quieran, y ahí reside el peligro.

Ya se han vendido cinco mil ejemplares de la obra de Kautsky sobre la teoría de Marx.

Y aquí tengo que detenerme por hoy —es hora del correo y de la cena.

Suyo,

F. E.