en Plauen, cerca de Dresde

122, Regent’s Park Road, N.W.

Londres, 12 de marzo de 1887

¡Estimada señora Bebel!

Si me tomo la libertad de escribirle hoy, lo hago con la esperanza de saber por usted cómo le va a mi amigo Bebel en el presidio de Zwickau.¹ Desde que Singer estuvo aquí en diciembre, no he vuelto a saber nada de B[ebel]. Que la reclusión no tendrá influencia alguna sobre su energía intelectual, lo sé de sobra, pero me alegraría mucho saber también que no afecta desfavorablemente a su salud corporal. Habrá sido muy duro para él permanecer inactivo entre rejas durante la campaña electoral, pero tanto más habrá tenido que alegrarle el resultado, que coincidió tan al pie de la letra con el pronóstico que me hizo ya hace meses: fuerte aumento de votos, pero pérdida de mandatos.² Estos últimos no sólo son fáciles de soportar —pues la ausencia de Liebknecht es la única pérdida real— sino que, en muchos aspectos, son una ventaja. [7]% Esto lo admiten ahora incluso personas en quienes apenas cabía esperarlo; gentes que en secreto encontraban placer en el parlamentarismo declaran ahora en voz alta y por doquier lo bueno que es que el partido, y sobre todo la fracción, se hayan sustraído al peligro de caer en el parlamentarismo. No está mal, a veces, que las uvas estén verdes. En cambio, los 225.000 nuevos votos que hemos conquistado a pesar de la más dura presión, ésos sí que son un paso adelante que ha surtido efecto en toda Europa y América, y que ha amargado no poco su triunfo momentáneo a los señores gobernantes. Precisamente esta falta de precipitación, este avance mesurado, pero seguro e incontenible, tiene algo terriblemente imponente, que ha de producir en los gobernantes la misma sensación de angustia que aquella sala de la Inquisición veneciana producía a los presos, cuyas paredes se juntaban una pulgada cada día, de modo que gradualmente podían calcular el día en que habría de producirse el aplastamiento entre los muros.

40%

Durante todo el otoño y el invierno, la diplomacia rusa y prusiana ha trabajado para provocar una guerra localizada y evitar una europea. A los rusos les habría gustado aplastar solos a Austria, y a los prusianos, solos a Francia, mientras los demás miraban. Por desgracia, estas bienintencionadas aspiraciones se contrarrestaron mutuamente de tal manera, que el que primero hubiese desatado el ataque habría provocado la guerra mundial general. Que la época de las guerras localizadas ha pasado, lo sabía, naturalmente, cualquier niño, salvo las gentes listísimas que gobiernan Europa; pero los grandes estadistas sólo ahora se dan cuenta de ello, y de un incendio mundial sí tienen cierto miedo, porque es incalculable y desborda incluso al ejército prusiano y al ruso. Y en eso reside para mí la única garantía de paz que tenemos.

¿Quiere tener la bondad de decir a Bebel, cuando lo vea, que la primera edición de la traducción inglesa de “El Capital” se ha vendido ya a los 2 meses y la segunda está en prensa? ¡Y eso antes de que ningún periódico importante le hubiera dedicado un artículo al libro!

Rogándole me comunique pronto noticias del estado de Bebel

Queda de usted su atento y seguro servidor

F. Engels