en La Haya

Londres, 11 de enero de 1887

Querido amigo Nieuwenhuis:

Por los periódicos veo que el Tribunal de Casación ha confirmado la sentencia contra usted, y que por tanto pronto tendrá que ir a la cárcel. No puedo dejarle marchar allí sin despedirme de usted y asegurarle que toda mi solidaridad le acompañará a su celda, y que espero que salga de la detención en régimen de aislamiento sin daño corporal y con el ánimo inquebrantable, para regresar a su actividad y a nosotros. Le ruego me haga saber si es posible comunicarse con usted, ya sea por carta o mediante el envío de impresos, mientras esté preso, y si se le permiten libros y ocupaciones literarias.

Desde Navidad están aquí los Lafargue, de París, y hoy hace ocho días regresaron también los Aveling de América, con muchas y gratas noticias de allí. El movimiento allí avanza a todo vapor, y de manera imparable. La rapidez con que, de la confusión original e inevitable, se ha formado un partido obrero político es sorprendente. Cierto es que el programa —o, mejor dicho, los distintos programas en Nueva York, Chicago, etc.— es todavía muy poco claro, como no podía esperarse otra cosa. Pero la acción es enteramente como debe ser, y esto es lo principal. Cuando considero cuánto tiempo ha costado a los obreros de Francia, Bélgica, España, etc., llegar a comprender que sólo una organización política de la clase obrera como partido, separado de todos los demás partidos y en oposición a ellos, puede conducirles a la victoria, resulta admirable esta acción de los norteamericanos, que seis meses después de iniciarse el movimiento se presentan ya como partido articulado, obtienen 68.000 votos en Nueva York y conquistan importantes triunfos electorales en el Oeste. Pero en cuanto el proletariado de un país se organiza como partido en lucha, las vicisitudes mismas del combate le impulsan hacia adelante en el conocimiento de las condiciones de su emancipación, y precisamente para un pueblo tan eminentemente práctico y antiteórico como el norteamericano no hay otro camino para llegar al entendimiento que el de aprender a fuerza de palos, extraer sabiduría de las consecuencias de sus propios errores. Y esto lo atravesarán y lo liquidarán con bastante rapidez.

Por lo demás, el movimiento marcha en todas partes de manera excelente, y confío en que, cuando usted salga de la prisión, nos encontrará un buen trecho más adelantados. Sólo una guerra europea podría impedírnoslo, la cual de momento nos haría retroceder enormemente, pero a la postre, como cualquier otro acontecimiento, habrá de redundar en beneficio nuestro.

La traducción inglesa de _El Capital_¹ acaba de salir, y precisamente en el momento oportuno para América.

Y ahora, una vez más, ¡adiós! Todos nuestros mejores deseos le acompañan en la soledad. El año próximo espero volver a verle en Londres. Reciba usted cordiales saludos de los Lafargue y los Aveling, y de suyo,

F. Engels

¹ Primer tomo.