en París

Londres, 13 de diciembre de 1886

Mi querida Laura:

Ahora por fin te tenemos clavada en una fecha, y espero que te mantengas en el 23, de modo que aún puedas callejear un poco con Nim por la ciudad antes de Navidad y ver las tiendas adornadas con motivos navideños. Y para anticiparme a todas las disculpas que pudieran venir, adjunto un cheque de £20, para que puedas cumplir tu promesa.

Adjunto también una carta de Tussy, que ayer estaba en Williamsport, Pennsylvania, y después de eso solo tendrá mítines en Baltimore, Wilmington y Nueva York, de donde partirá el 25. Mañana te enviaré otra carta de Edward; todavía tengo que tomar una o dos notas de ella. Por favor, tráete todas estas cartas de vuelta cuando vengas, porque tengo la firme sospecha de que han sido escritas con un ojo puesto en fines prácticos; he descubierto, en efecto, que Liebknecht comunica a su mujer casi a diario sus *impressions de voyage*!, y no tanto para ella como para preparar un libro, para el cual ya ha firmado contrato.

El miércoles de la penúltima semana llegó aquí la señora Liebknecht, una dama típicamente alemana; no habían pasado 24 horas y ya se había lanzado a desahogar su corazón con Nim con tanto celo que a Nim casi le resultaba excesivo. El hogar parece ser un modelo alemán de sentimentalismo y riñas domésticas, pero con un predominio considerable de estas últimas. Nim te contará pronto más. El domingo por la tarde se presentó Liebknecht, más hambriento que de costumbre; por suerte había una pierna de cordero cocida para saciar su apetito. Es el Liebknecht de siempre, pero Nim, que es quien ha penetrado más a fondo en los secretos de su vida doméstica, afirma que se ha vuelto aún algo más filisteo. Lo que Tussy dice de él es muy cierto: la idea que tiene de su propia importancia, de sus capacidades y de su absoluta invencibilidad es pasmosa; pero al mismo tiempo siente en el subconsciente que, pese a todo, no es el gran hombre por quien la gente debe tomarlo; y esta conciencia subconsciente lo empuja a buscar la admiración de los demás más de lo que lo haría en otro caso, y a adornar considerablemente los hechos en todos sus relatos sobre sí mismo. Pero su mujer dice con toda razón que nunca sería capaz de hacer el trabajo que hace si no estuviera tan inmensamente satisfecho de sí mismo. Así que tenemos que tomarlo como es, y contentarnos con una sonrisa callada ante mucho de lo que dice; sus maneras, que pretenden ser diplomáticas, *pro aris et focis*, causarán muchos estragos en las cosas pequeñas, pero en el momento decisivo adoptará siempre la posición correcta. El viernes salieron hacia Leipzig.

Percy está otra vez muy bien; siempre tiene esos ataques tan fuertes, pero, una vez pasado el primer embate, pronto se pone de nuevo en pie.

Los Kautsky se toman una casa más allá del Archway —no la Archway Tavern, sino en el verdadero Archway, más arriba—. Esto quiere decir que Scheu alquila la casa por tres años y ocupa la mitad con su hija, una muchacha bastante tontuela de unos 18 años que se ha traído de Hungría, y K[autsky] se queda la otra mitad. Hoy empiezan con la mudanza y esperan haber terminado para el sábado.

La semana pasada recibí una carta del viejo Harney; salió en barco el 12 de octubre, demasiado tarde para su estado de salud, y, naturalmente, ha llegado con achaques de reuma y gota. Pero no quería abandonar Inglaterra, por la que siente entusiasmo, mientras detesta América, y dice que, si sigue vivo, volverá la primavera próxima y vivirá y morirá en Inglaterra. ¡Pobre diablo! Cuando el movimiento cartista se derrumbó, se quedó sin apoyo, y la gloriosa época de prosperidad librecambista en Inglaterra era como para llevarlo a uno a la desesperación. Luego se fue a Boston, solo para encontrar allí, de manera predominante y en forma exacerbada, precisamente aquellas cosas y fenómenos que más había odiado en Inglaterra. Y hoy, cuando a ambos lados del Atlántico empieza un movimiento real entre los pueblos de habla inglesa, está demasiado viejo, demasiado decrépito, demasiado *outsider* y... demasiado patriota para seguirlo. ¡Todo lo que ha aprendido en América es chauvinismo británico!

Justo ahora llega Nim y me trae los sellos de correos raramente usados que hay que pegar en esta carta inusitadamente pesada, mientras Anni pone la mesa para la comida, de modo que debo terminar. Nim os envía cariñosos saludos a los dos. En cuanto a Paul, quizá logres traerlo el 23 después de todo. ¿Qué diablos quiere andar callejeando por París en la semana de Navidad, cuando ni siquiera las Cámaras están sesionando?

Siempre con afecto
Tuyo
F. Engels