en Plauen bei Dresden

Londres, 23 de octubre de 1886
Sábado

Querido Bebel:

Acabo de recibir, hacia las nueve y media de la noche, el «Sozialdemokrat»* con vuestra declaración!!!, y te escribo en seguida, aunque la carta no puede salir hasta el lunes a las 5.30, si la mando certificada. Pero el lunes quizá tenga otra vez un montón de pliegos de corrección que hay que despachar rápidamente.

Vuestra declaración está redactada de tal modo que no hay absolutamente nada que objetarle — admitida una vez la necesidad de este paso. Sobre esta última no puedo juzgar incondicionalmente, pero, incluso sin la opinión de Freytag, me parece demostrada[”?!]. Para la causa en general y para el periódico mismo, considero una verdadera suerte que hayáis podido dar ese paso con decoro a raíz de la sentencia. En mi opinión, era un gran error dar al periódico un carácter oficial, como se ha manifestado también en el Reichstag; pero, una vez cometido, era difícil suprimir ese carácter sin que pareciera una desautorización del periódico y una retirada. La sentencia os ofreció la oportunidad de suprimirlo sin producir esa apariencia, y habéis tenido razón en aprovecharla. No se puede hablar en absoluto de retirada, como Liebknecht consideraba el asunto, y el periódico puede ahora expresar con mucha mayor libertad la opinión de las masas del partido y con muchos menos miramientos por los señores del ala derecha.

La «Neue Zeit» no ha llegado aún aquí. Que Bismarck se ha metido con los rusos mucho más a fondo de lo que necesita por causa de Francia, es también mi opinión, y el motivo principal de ello — aparte de los que tú señalas y que decididamente los dominan[!”?!] — es que los rusos le han dicho, y él sabe que es verdad: «Necesitamos o bien grandes éxitos decididos en la dirección de Constantinopla, o bien… tendremos la revolución.» Alejandro III, y hasta la diplomacia rusa, no pueden conjurar el espíritu paneslavista y chovinista que han evocado sin sacrificios; de lo contrario, Alejandro III será asesinado por los generales, y entonces habrá Asamblea Nacional, quieran o no. Y una revolución rusa es lo que Bismarck teme más que nada. Con el zarismo ruso se viene abajo también el sistema prusiano-bismarckiano. Y por eso hay que hacer todo lo posible para aplazar el desastre, a pesar de Austria, a pesar de la indignación de los burgueses en Alemania, a pesar de que Bismarck sabe que así socava también finalmente su propio sistema, que se basa precisamente en la hegemonía alemana sobre Europa; y que el día en que muera el viejo Guillermo, Rusia y Francia enseñarán los dientes de manera muy distinta.

Mientras tanto, tenemos tiempo hasta la primavera, y aún pueden pasar muchas cosas. También puede estallar la cosa en Rusia, el viejo Guillermo puede irse al otro mundo y surgir otra política en Alemania — los turcos (que ahora, después de que Austria les ha arrebatado Bosnia e Inglaterra Egipto, ven, naturalmente, en éstos, sus antiguos aliados, a puros traidores…

No puedes tener de la burguesía alemana una opinión peor que la mía.!6! Pero la cuestión es únicamente si no se verá obligada, malgré elle, por las circunstancias históricas, a intervenir de nuevo activamente, lo mismo que la francesa. Ésta tampoco hace las cosas nada bien; la nuestra la superaría hasta en eso, pero, no obstante, tendría que volver a trabajar en su propia historia. También yo leí en su día con placer el dicho de Berger, pero en realidad solo vale para el tiempo en que viva Bismarck.!! No pongo en duda ni por un momento que se proponen abandonar por completo sus propias frases “liberales”. La cuestión es solo si podrán hacerlo cuando ya no esté Bismarck, que gobierna por ellos, y cuando ya solo tengan enfrente a junkers simplones y burócratas obtusos — gentes de su mismo calibre moral. Porque guerra o paz, desde los últimos meses la hegemonía alemana está liquidada, y se ha vuelto a ser el servidor obediente de Rusia. Y era únicamente esta satisfacción chovinista de ser el árbitro de Europa lo que mantenía unido todo el tinglado. El miedo al proletariado hace sin duda lo suyo. Y cuando los señores sean admitidos en el gobierno, al principio se presentarán, ciertamente, tal como tú lo describes…

…pero pronto se verán obligados a hablar de otro modo. Voy aún más lejos: incluso si, después de roto el hechizo por la muerte del viejo, las mismas gentes siguieran al timón que ahora, se verían forzados o a ceder el puesto bajo el empuje de nuevas colisiones — y no solo de índole cortesana — o a actuar en el sentido de la burguesía. Naturalmente, no de inmediato, pero no tardaría mucho. Una estagnación como la que reina ahora en la Alemania política — ¡el auténtico Segundo Imperio!”! — sólo puede ser un estado de excepción pasajero; la gran industria no deja que sus leyes se las dicte la cobardía de los industriales; el desarrollo económico hace resurgir sin cesar las colisiones, las lleva al extremo y no tolera que los junkers semifeudales, con sus apetitos feudales, imperen sobre ella a la larga.

Por lo demás, también es posible que en primavera todos se armen para la guerra, se enfrenten armados hasta los dientes y cada uno tenga miedo de empezar — hasta que por fin uno presente un plan de arreglo con compromisos mutuos y absorción de los pequeños Estados, y todos se adhieran. Es bastante probable que Bismarck esté ya trabajando en un remedio salvador de ese tipo.

25 de octubre.

Lo que dices de los discursos de Liebknecht se refiere seguramente, en su mayor parte, a sus declaraciones al corresponsal de la «New Yorker Volkszeitung» (el pequeño Cuno); no hay que tomarlas tan al pie de la letra, los entrevistadores lo presentan todo tergiversado. Lo que dijo por lo demás sobre la Kulturkampf me pareció también a mí completamente desatinado, pero ya sabes que Liebknecht depende mucho de sus estados de ánimo, especula con gusto con su público (y no siempre con acierto) y en su paleta nunca tiene más que dos colores, blanco y negro. Por lo demás, eso hará poco daño; en América hace ya tiempo que ha caído en el olvido.

Así que pásalo bien, cuídate la salud y hazme saber de ti desde la cárcel.!! Dudo mucho que tengas que cumplir el tiempo entero; en nueve meses puede cambiar todo.

Tuyo
F.E.

Engels a Paul Lafargue

en París

Londres, 25 de octubre de 1886

Mi querido Lafargue:

La cuestión de Oriente es un poco larga; tengo que entrar en un sinnúmero de detalles a causa de las absurdas tonterías que la prensa francesa, incluido «Le Cri», ha difundido bajo la influencia patriótica rusa sobre este asunto.

En el invierno de 1878¹, Disraeli envió 4 acorazados al Bósforo, que bastaron para detener la marcha de los rusos sobre Constantinopla y hacer trizas el Tratado de San Stefano.!”! La Paz de Berlín arregló por algún tiempo la situación en Oriente. Bismarck consiguió que los rusos y los austríacos llegaran a un acuerdo. Austria ejercería solapadamente el dominio sobre Servia, mientras que Bulgaria y Rumelia Oriental quedarían predominantemente bajo la influencia de Rusia. Lo cual quería decir que, si más tarde se permitía a los rusos apoderarse de Constantinopla, Austria recibiría Salónica y Macedonia.

¹ En el manuscrito: 1879.

Pero además se entregó a Austria Bosnia, de la misma manera que Rusia había cedido en 1794 a prusianos y austríacos la mayor parte de la Polonia propiamente dicha, para recuperarla en 1814. Bosnia era una sangría permanente para Austria, una manzana de la discordia entre Hungría y la Austria occidental y, sobre todo, la prueba para Turquía de que los austríacos, al igual que los rusos, le preparaban la misma suerte que a Polonia. Desde aquel momento resultó imposible toda confianza entre Turquía y Austria: una enorme victoria para Rusia.

Servia tenía, ciertamente, simpatías eslavófilas y, por consiguiente, rusófilas, pero desde su emancipación había extraído de Austria todos los medios de su desarrollo burgués. Los jóvenes estudiaban en Austria; el sistema burocrático, las leyes, el sistema judicial, las escuelas se habían modelado según los patrones austríacos. Era de lo más natural. Pero Rusia tenía que impedir que aquello se repitiera en Bulgaria, y no quería, una vez más, sacarle las castañas del fuego a Austria. Por eso se hizo de Bulgaria, desde el primer momento, una satrapía rusa. La administración, los oficiales y suboficiales del ejército, todos los funcionarios y todo el sistema se volvieron rusos, y Battenberg, al que se le había dado como sátrapa, era primo de Alejandro III.

La dominación rusa, primero directa y luego indirecta, bastó para sofocar en menos de cuatro años todas las simpatías que Bulgaria había sentido por Rusia — y habían sido grandes y cordiales. El pueblo se resistía cada vez más a la insolencia de los «libertadores», hasta el punto de que incluso Battenberg, hombre sin ideas políticas y de carácter débil, que no ansiaba nada mejor que servir al zar, pero que al mismo tiempo reclamaba respeto para su persona — incluso Battenberg se fue volviendo cada vez más reacio.

Entretanto, las cosas seguían su curso en Rusia. El gobierno había logrado, mediante medidas de fuerza, dispersar y desorganizar por algún tiempo a los nihilistas. Pero eso no bastaba para siempre; necesitaba un apoyo en la opinión pública, tenía que desviar la atención de la miseria social y política del interior; en una palabra, necesitaba un poco de fantasmagoría chovinista. Y así como bajo Luis Napoleón la orilla izquierda del Rin había servido para desviar hacia fuera las pasiones revolucionarias, ahora se presentaba en Rusia al pueblo inquieto y excitado la conquista de Constantinopla, la «liberación» de los eslavos oprimidos por los turcos y su unión en una gran federación bajo la égida de Rusia. Pero no bastaba con evocar esta fantasmagoría; era menester hacer algo para ponerla al alcance de la realidad.

Las circunstancias eran propicias. La anexión de Alsacia-Lorena había lanzado entre Francia y Alemania una manzana de la discordia que, según parecía, debía neutralizar a ambas potencias. Austria sola difícilmente podía luchar contra Rusia, ya que su arma ofensiva más eficaz — la apelación a los polacos — sería siempre anulada por Prusia. Y la ocupación de Bosnia, aquel despojo, era una segunda Alsacia entre Austria y Turquía. Italia se ponía a disposición del mejor postor, a saber, Rusia, que le ofrecía Trieste e Istria, si no incluso Dalmacia y Trípoli. ¿E Inglaterra? El pacífico y rusófilo Gladstone había prestado oídos a las seductoras palabras de Rusia; en plena paz había ocupado Egipto!, lo que no solo acarreó un conflicto permanente entre Inglaterra y Francia, sino, mucho más aún: la imposibilidad de una alianza de los turcos con los ingleses, que acababan de despojarlos; se habían apropiado del feudo turco de Egipto. Además, los preparativos rusos en Asia estaban lo bastante adelantados como para crear, en caso de guerra, muchas dificultades a los ingleses en la India. Nunca se habían presentado a los rusos tantas posibilidades; su diplomacia triunfaba en toda la línea.

La sublevación de los búlgaros contra el dominio ruso dio el pretexto para iniciar la campaña. En el verano de 1885 se les hizo creer a los búlgaros del norte y del sur la posibilidad de la unificación prometida en la Paz de San Stefano y dejada sin efecto por el Tratado de Berlín. Si volvían a arrojarse en brazos de Rusia, el libertador, se les decía, entonces Rusia cumpliría su misión y llevaría a cabo dicha unificación; sin embargo, para lograrlo, los búlgaros debían, ante todo, echar a Battenberg. Éste había sido advertido a tiempo; contra su costumbre, actuó con rapidez y energía; él mismo realizó, aunque en su propio interés, esa unificación que los rusos habían querido llevar a cabo contra él. Desde entonces data la lucha irreconciliable entre él y Rusia.

Esta lucha se desarrolló al principio sólo de manera encubierta e indirecta. Se recordó a los pequeños Estados balcánicos la hermosa doctrina de Luis Bonaparte: cuando un pueblo hasta entonces dividido, digamos Italia o Alemania, se unifica y se constituye como nación, tienen —según esta doctrina— otros Estados, digamos Francia, un derecho a compensaciones territoriales. Serbia cayó en este cebo y declaró la guerra a los búlgaros; Rusia, empero, triunfó al ver que esa guerra, a la que había empujado en su propio interés, se desarrollaba ante el mundo bajo los auspicios de Austria, la cual, por temor a que el partido ruso en Serbia pudiera llegar al timón, no la impidió. — Por su parte, Rusia desorganizó el ejército búlgaro, haciendo regresar a todos los oficiales superiores, incluidos todos los jefes de batallón del ejército búlgaro.

Pero, contra todo lo esperado, los búlgaros, sin oficiales rusos y en una proporción numérica de dos a tres, derrotaron completamente a los serbios y se ganaron así el respeto y la admiración de la asombrada Europa. Estas victorias tienen dos causas. En primer lugar, Alejandro Battenberg es, ciertamente, un político débil, pero un buen soldado, y condujo la guerra como lo había aprendido en la escuela prusiana, mientras que los serbios imitaban tanto la estrategia como la táctica de sus modelos austríacos. Además, los serbios habían vivido durante 60 años bajo el régimen burocrático austríaco. Este régimen —sin haberles dado una burguesía fuerte ni campesinos independientes (todos están cargados de deudas hipotecarias)— había bastado para socavar y desorganizar los restos del comunismo gentilicio que les había dado fuerza en sus luchas contra los turcos. En cambio, entre los búlgaros, esas instituciones más o menos comunistas no habían sido tocadas por los turcos; esto explica su extraordinaria valentía. 8}

Así pues, una nueva derrota para Rusia; tenía que volver a empezar. Pero el chovinismo eslavófilo, avivado como contrapeso frente al elemento revolucionario, crecía de día en día y se estaba convirtiendo ya en un peligro para el gobierno. El zar va a Crimea, donde, según los periódicos rusos, emprendería algo muy grande; — se esfuerza por atraerse al sultán a su lado, para moverlo a una alianza, demostrándole que sus antiguos aliados —Austria e Inglaterra— son traidores y ladrones, que Francia navega a remolque de Rusia y depende de su gracia. Pero el sultán no entra en ello, y los enormes preparativos bélicos en el oeste y el sur de Rusia son, por el momento, inútiles.

El zar regresa (en junio pasado) de Crimea. Pero entre tanto, la ola chovinista ha subido, y en lugar de reprimir el movimiento cada vez más fuerte, el gobierno se ve cada vez más arrastrado por él, de modo que, al regresar el zar a Moscú, se tiene que permitir al alcalde de la ciudad hablar abiertamente en su discurso de la conquista de Constantinopla. 8 La prensa, que está bajo la influencia y la protección de los generales, declara abiertamente que espera del zar que proceda contra Austria y Alemania, ya que éstas le ponen trabas en el camino; y el gobierno no se atreve a imponerle silencio. En suma, el chovinismo eslavófilo es más poderoso que el zar; éste tiene que ceder, o bien... revolución de los eslavófilos.

A esto se añaden las dificultades financieras. Nadie quiere prestar nada a este gobierno, que de 1870 a 1875 tomó prestados en Londres 70 millones de libras esterlinas (1.750 millones de francos) y amenaza la paz europea. Hace tres años, Bismarck le consiguió en Alemania un empréstito de 375 millones de francos, pero eso hace tiempo que se ha consumido, y sin la firma de Bismarck los alemanes no darán ni un céntimo. Además, esa firma sólo podría obtenerse ya en condiciones humillantes. En el interior se han emitido ya demasiados títulos del Estado; el rublo de plata vale 3,80 francos, el rublo de papel sólo 2,20. Y los preparativos de guerra cuestan endiabladamente caros.

En suma, hay que actuar. O un éxito en dirección a Constantinopla o la revolución. Por eso Giers busca a Bismarck para explicarle la situación. Y Bismarck lo comprende muy bien. Él habría contenido a los rusos, primero porque está harto de su insaciabilidad, y segundo, por consideración a Austria. Pero una revolución en Rusia significa el derrocamiento del régimen de Bismarck en Alemania. Sin ese gran ejército de reserva de la reacción, la dominación de los junkers rurales en Prusia no duraría ni un solo día. La revolución en Rusia cambiaría de un golpe la situación en Alemania; pondría fin a la fe ciega en la omnipotencia de Bismarck, que agrupa en torno a él a todas las clases poseedoras; aceleraría la maduración de la revolución en Alemania.

Bismarck, que no se hace ilusiones de que la existencia del zarismo en Rusia es el fundamento de todo su sistema, ha comprendido muy bien; se ha dirigido a toda prisa a Viena para decir a sus amigos en Austria que, ante semejante peligro, es improcedente entretenerse en cuestiones de amor propio, que los rusos necesitan un triunfo aparente y que Alemania y Austria tienen que inclinarse ante el zar en su propio interés. No obstante, si los señores austríacos insisten en inmiscuirse en los asuntos de Bulgaria, él se lavaría las manos; ya verían adónde conduciría eso. Finalmente, Kálnoky cede, Alejandro Battenberg es sacrificado, y el propio Bismarck se lo anuncia a Giers.

Sigue el secuestro de Battenberg por conspiradores militares, y ello en circunstancias que forzosamente tenían que chocar a todo conservador de sentimiento monárquico y, en especial, a los príncipes que también tienen ejércitos. Pero Bismarck pasa al orden del día, feliz de haber salido tan barato.

Desgraciadamente, los búlgaros muestran una capacidad política y una energía que, en las circunstancias dadas, están mal empleadas y son inadmisibles en una nación eslava «liberada» por la santa Rusia. Detienen a los conspiradores, nombran un gobierno capaz, enérgico e incorruptible (¡una cualidad absolutamente inadmisible en una nación apenas emancipada!), que hace volver a Battenberg. Éste, sin embargo, demuestra toda su debilidad y emprende la huida. Pero los búlgaros son incorregibles. Con Battenberg o sin él, se oponen a las órdenes soberanas del zar y obligan incluso al heroico Kaulbars a ponerse en ridículo ante toda Europa. 8

Imagínese la furia del zar. Después de haber ganado a Bismarck para su causa, de haber quebrado la resistencia austríaca, se ve ahora detenido por ese pequeño pueblo de ayer, que le debe a él —¿o a su padre?— su «independencia» y que no comprende que esa independencia significa únicamente obediencia ciega al «libertador». Los griegos y los serbios ya habían sido bastante ingratos; pero los búlgaros rebasan los límites de lo posible. ¿Se ha visto alguna vez que se tomen en serio la independencia?

Para salvarse de la revolución, el pobre zar se ve obligado a dar un nuevo paso adelante. Pero cada nuevo paso hace más peligrosa la cosa, pues no hace sino aumentar el riesgo de una guerra europea que la diplomacia rusa siempre ha procurado evitar. Es un hecho que, en caso de una intervención rusa en Bulgaria, si ésta llega a complicaciones extremas, llega el momento en que la hostilidad entre los intereses rusos y los austríacos se manifiesta abiertamente. Y entonces no hay medio de localizar el conflicto. Se llegará a una guerra general. Y con los bribones que gobiernan hoy Europa es imposible predecir cómo se agruparán los dos bandos. Bismarck es capaz de aliarse con los rusos contra Austria si no hay otro medio de detener la revolución en Rusia. Pero es más probable una guerra de Austria contra Rusia; Alemania sólo acudirá en auxilio de Austria en caso de necesidad, para impedir que sea aniquilada.

Hasta la primavera —pues antes de abril los rusos no podrán empeñarse en una gran guerra en el Danubio— harán todo lo posible por atraer a Turquía a sus redes, y la traición de Austria e Inglaterra a Turquía les ha preparado el terreno. Su objetivo es ocupar los Dardanelos y convertir así el Mar Negro en un lago ruso, en un refugio inaccesible para la construcción de una poderosa flota; ésta saldría de allí para dominar lo que Napoleón llamó un lago francés, a saber, el Mar Mediterráneo. Pero aún no han llegado tan lejos, aunque sus pocos partidarios en Sofía han revelado sus deseos secretos. 5

Ésta es la situación. Para impedir una revolución en Rusia, el zar necesita Constantinopla. Bismarck vacila; querría encontrar el medio de eludir tanto una eventualidad como la otra.

¿Y Francia?

3 Alejandro II.

Para aquellos franceses que en 16 años no han pensado más que en la revancha, es natural aprovechar esta ocasión que quizá se presente. Para nuestro partido, en cambio, la cuestión no es tan sencilla; no lo es siquiera para esos señores chovinistas. Una guerra contra Alemania, con ayuda de Rusia, podría tener como consecuencia una revolución o también una contrarrevolución en Francia. En caso de una revolución que llevase a los socialistas al poder, la alianza rusa se derrumbaría. En primer lugar, los rusos harían inmediatamente la paz con Bismarck para lanzarse junto con él sobre la Francia revolucionaria. En segundo lugar, los socialistas llegados al poder en Francia no se arriesgarían a impedir, mediante una guerra, la revolución en Rusia. Pero este caso apenas se producirá. Mucho más probable es la contrarrevolución monárquica favorecida por la alianza rusa. Usted sabe cuánto desea el zar la restauración de los Orleans y que sólo ésta le permite concertar una alianza buena y duradera con Francia. Y una vez que la guerra haya estallado, ya se sabrá hacer buen uso de los oficiales monárquicos del ejército para preparar esa restauración. Al menor revés parcial —y éstos no dejarán de presentarse—, se dirá que la culpa la tiene la república; que para alcanzar éxitos y obtener el apoyo incondicional de la Rusia aliada es necesario un gobierno monárquico estable, en una palabra: un Philippe VII; los generales monárquicos actuarán con desgana para poder echar sobre el gobierno republicano la culpa de su falta de éxitos; y he aquí que llega la monarquía. Y una vez que Philippe esté entronizado, todos esos reyes y emperadores se entenderán inmediatamente y, en lugar de matarse entre sí, se repartirán Europa y se tragarán los pequeños estados. Una vez muerta la república francesa, habrá un nuevo Congreso de Viena en el que, tal vez, se tomarán como pretexto los pecados republicanos y socialistas de Francia para denegarle total o parcialmente Alsacia-Lorena. Y los príncipes se burlarán de los republicanos que fueron tan tontos como para creer en la posibilidad de una alianza sincera entre el zarismo y la anarquía.

Por lo demás, ¿es cierto lo que el general Boulanger dice a todo el que quiera oírlo: que Francia necesita la guerra únicamente como medio para sofocar la revolución social? Si es cierto, sírvaos de advertencia. El bueno de Boulanger tiene maneras fanfarronas que pueden perdonarse a un soldado, pero que dan una imagen lamentable de su espíritu político. En cualquier caso, no salvará a la república. Colocado entre los socialistas y los Orleans, se entenderá, si es necesario, con estos últimos, sobre todo si le garantizan la alianza rusa. En todo caso, los republicanos burgueses en Francia se encuentran en la misma situación que el zar en Rusia: ven ante sí la revolución y sólo ven un único medio de salvación: la guerra.

En Francia como en Alemania, las cosas se desarrollan tan a nuestro favor que no podemos desear nada más que la continuación del statu quo. Y si estallase la revolución en Rusia, ello provocaría una conjunción de condiciones como mejor no podría desearse. Una guerra general, por el contrario, nos arrojaría al terreno de lo imprevisto y de los acontecimientos incalculables. La revolución en Rusia y en Francia se vería aplazada; el brillante desarrollo de nuestro partido en Alemania sería violentamente detenido, y en Francia probablemente se llegaría a la restauración de la monarquía. Sin duda, todo esto terminará por volverse a nuestro favor, pero ¡cuánta pérdida de tiempo, cuántos sacrificios, cuántos nuevos obstáculos habría que superar!

La tentación que empuja a una guerra es grande por doquier. De una parte, el sistema militar prusiano, adoptado en todas partes, que para su completo desarrollo requiere de 12 a 16 años: transcurrido este plazo, todos los cuadros de las reservas se componen de hombres instruidos en el manejo de las armas. Esos 12-16 años han transcurrido en todas partes; en todas partes hay de 12 a 16 quintas que han hecho el servicio militar. Así pues, en todas partes se está preparado, y los alemanes ya no tienen ninguna ventaja particular a este respecto. Y luego, el viejo Wilhelm probablemente morirá; entonces se producirá algún cambio de sistema. Bismarck verá su posición más o menos quebrantada y tal vez él mismo empuje a la guerra como único medio para sostenerse. Para los demás, esto será una nueva tentación de atacar a Alemania, a la que, en el momento en que cambie su política interior, se la considerará menos fuerte y consolidada. De hecho, la bolsa, en todas partes, cree en la guerra en cuanto el viejo haya cerrado los ojos.

Por lo que a mí respecta, creo que ha de quedar para nosotros establecido que la guerra, si estallase, sólo se hará con el fin de impedir la revolución: en Rusia, para anticiparse a la acción común de todos los descontentos, eslavófilos, constitucionales, nihilistas y campesinos; en Alemania, para mantener a Bismarck; en Francia, para hacer retroceder el victorioso movimiento de los socialistas y (con lo que cuenta toda la gran burguesía) restaurar la monarquía. Por eso estoy por «la paz a cualquier precio», pues no seremos nosotros quienes tengamos que pagar ese precio.

Con toda amistad, suyo
F. E.

Le envío «La France Juive». ¡Qué libro tan aburrido!

Martes, 26 de oct., 3.30 de la tarde. Así que recibirá usted esta carta mañana por la mañana.