en Plauen bei Dresden

Querido Bebel,                                                                              Londres, 8 de oct. de 1886

El motivo de que te escriba hoy radica en mis conversaciones con el viejo Joh. Phil. Becker, que me ha visitado aquí por 10 días y que ahora seguramente habrá regresado a Ginebra vía París (¡donde encontró a su hija muerta inesperadamente!). Me ha producido una gran alegría volver a ver, aunque fuera una vez más, al viejo gigante, envejecido ciertamente en lo físico, pero siempre jovial y pendenciero. Es una figura de nuestra saga heroica renano-franca tal como se encarna en el Cantar de los Nibelungos — Volker el violinista en carne y hueso.

Llevaba años exhortándole a que pusiera por escrito sus recuerdos y vivencias¹, y ahora me ha dicho que también tú y otros le habéis animado a ello, que él mismo tiene muchas ganas y que ya ha empezado varias veces, pero que, en el caso de publicaciones fragmentarias, ha encontrado poco aliento real (así con el “Neue Welt”, al que hace años envió algunas cosas verdaderamente magníficas², pero que no fueron consideradas lo bastante “novelescas”, según le hizo escribir Liebk[necht] por medio de Motteler). Pero lo que más le ha impedido hacerlo era la necesidad de trabajar para su sustento y ganar 25 francos a la semana con una correspondencia de Viena.¹ Para ello tiene que leer una gran cantidad de periódicos y revistas, y como desde su explosión de inventor en París tiene la vista débil⁴, esto por sí solo ya es más de lo que puede rendir. Yo le he prometido ahora escribir, para empezar, acerca de este asunto a ti y a Ede. b

A mí me parece que el partido está obligado, tan pronto como sus medios se lo permitan —y lo permiten ahora, según lo que me ha dicho Liebk[necht] y lo que oigo desde Zúrich—, a acoger a este viejo veterano, al menos parcialmente, en su fondo de pensiones y a no consentir que se quede ciego trabajando por 25 francos semanales. Ahora bien, Becker recibe 25 francos mensuales de van Kol, otro tanto de un amigo de Basilea, y yo

me he comprometido a enviarle 5 libras esterlinas = 125 francos trimestralmente,
lo que hace un total anual de 1100 francos. Puedo equivocarme en las cifras de las otras dos personas, quizá sean sólo 20 francos, entonces la suma total sería de 980 francos. El subsidio necesario del partido no sería, pues, muy considerable y también se podría recaudar fácilmente mediante una suscripción privada, de modo que la caja del partido sólo quedaría como mediadora del pago. La cantidad que aún debería ascender el subsidio la podría determinar mejor Ede con el mismo viejo.

Si esto se arreglara, él tendría tiempo para escribir, o más bien dictar, sus memorias, sumamente importantes para la historia del movimiento revolucionario en Alemania —es decir, para la prehistoria de nuestro partido— y, en parte desde 1860, también para la historia misma del partido, entregando así a la Volksbuchhandlung² un valiosísimo artículo editorial y de venta. Considero este trabajo muy necesario, pues de lo contrario, con el viejo Becker se va a la tumba toda una masa del más valioso material histórico o, en el mejor de los casos, estas cosas serán conservadas y expuestas únicamente por nuestros enemigos declarados o a medias, los demócratas vulgares, etc. Además, el viejo ha desempeñado un papel político y militar muy importante. En la campaña de 1849 fue el único jefe realmente surgido del pueblo y, con su estrategia y táctica caseras y rudas aprendidas en el ejército suizo, logró más que todos los oficiales badenses y prusianos juntos, siguiendo al mismo tiempo en lo político el camino enteramente correcto. Es, por lo demás, un jefe militar popular nato, de una notable presencia de ánimo y con una rara habilidad para tratar a las tropas jóvenes.

En realidad, primero quería escribir a Ede acerca del aspecto librero del asunto, porque tras recibir su respuesta habría podido hablar de muchas cosas con mayor precisión, pero la maldita sentencia de Friburgo³ puede echar por tierra el plan en cualquier momento, y por eso me dirijo directamente a ti. Si te interesas por el asunto, dime a quién he de dirigirme durante tu reclusión para proseguirlo —el viejo siente cierta desconfianza hacia Liebk[necht], y yo tampoco le considero el hombre adecuado, aunque a su regreso hablaré con él sobre ello; pero, ya por estar ausente, otro debería ya ahora tomar la historia en sus manos.

Ahora debo cerrar, si la carta aún ha de salir. Que la sentencia me haya privado de tu visita y a ti de un viaje a París,

2 en Zúrich

no se lo perdonaré a los jueces. Pero quizá vengas el próximo verano antes de las elecciones, y vayas conmigo al mar a fortalecerte para la campaña. ¿Se puede de un modo u otro permanecer en algún contacto contigo en la cárcel?

La prensa angloamericana ha acogido a Liebk[necht] y a los Aveling bastante decentemente, de manera incluso inesperada.⁵

Recibe mis mejores saludos.

Tuyo,
F. E.