en Borsdorf, cerca de Leipzig

4, Cavendish Place
Eastbourne, 18 de agosto de 1886

Querido Bebel:

Mucho tiempo ha pasado desde que te di noticias mías, pero, por un lado, no ocurría ningún acontecimiento especial sobre el que pareciera necesario un intercambio de opiniones y, por otro lado, he tenido que bregar tan intensamente con el manuscrito de la traducción del “Capital”¹ que, desde hace unas diez semanas, he tenido que suprimir literal y sistemáticamente toda correspondencia que no exigiera un despacho inmediato. Ahora ya está también despachado eso, de modo que ya sólo me persiguen hasta aquí, junto al mar, las muy penosas correcciones de pruebas, y por fin puedo recuperar lo omitido, tanto más cuanto que han sucedido algunas cosas sobre las que vale la pena escribir.

Ante todo, la sentencia de Freiberg.⁽⁾ El juez alemán, y a la cabeza el sajón, parece que todavía no se considera a sí mismo lo bastante abyecto. Le ocurre como en tiempos de la Internacional a Eccarius, de quien Pfänder dijo una vez: “Vosotros no conocéis aún a E[ccarius]; éste quiere volverse todavía mucho peor de lo que ya es”. Y los sajones no constituyen una excepción. Corrompido está todo lo oficial en Alemania, pero un pequeño Estado produce una variedad aparte de corrupción. Aquí la capa de funcionarios, total o semibereditaria, es tan poco numerosa y a la vez tan celosa de su privilegio de casta, que justicia, policía, administración, ejército –todos primos y hermanos– se echan una mano unos a otros y se trabajan recíprocamente, de tal manera que toda norma jurídica inevitable en los grandes países se pierde por completo y las más colosales imposibilidades se vuelven posibles. Lo que allí es posible lo he visto también fuera de Alemania, en Luxemburgo, muy recientemente en Jersey y, en la época de farsa bonapartista, en Suiza. Y estoy convencido de que en cualquier otro pequeño Estado alemán Bismarck habría logrado lo mismo desde el momento en que la

¹ de la traducción inglesa del primer tomo

corte, el jefe de la banda de salteadores, no le ofreciera ya resistencia. En el

más grande de los pequeños Estados, en la propia Prusia, la nobleza de oficiales y funcionarios forma ese compadrazgo que es capaz de cualquier villanía en interés real o supuesto de casta.

En este momento, la camarilla gobernante tiene todas las manos ocupadas. Con la muerte del viejo Wilhelm se inicia para ella un período de inseguridad y de vacilaciones, y por eso hay que crear de antemano una situación –en su opinión– lo más firme posible. De ahí la repentina furia persecutoria, exacerbada aún por la rabia ante la total ineficacia de toda la labor realizada hasta ahora contra nosotros y por la esperanza de pequeños disturbios y, con ello, de un nuevo recrudecimiento de la ley.² Y por eso vosotros tenéis que pagar nueve meses a la sombra.

Espero que consigas fortalecerte con tus viajes de verano lo suficiente como para que los nueve meses no te perjudiquen la salud. Para el partido, este forzoso retiro tuyo será un gran perjuicio; los mansos tendrán que ver por fin, ciertamente, que toda su mansedumbre no les protege de la chirona, pero su naturaleza difícilmente cambiará, y todo lo que dificulta a nuestras masas la organización –y, por tanto, también la expresión organizada de su voluntad– les facilita a ellos la maniobra de presentarse como los auténticos representantes del partido. Y cuando te sepan a ti tras cerrojos y rejas, se les hinchará la cresta aún más. Mucho dependerá entonces de Liebk[necht]... pero ¿de qué dependerá él? Vendrá dentro de catorce días y, desde luego, me contará enormes chismorreos del partido, es decir, todo lo que de ellos considere oportuno contarme. De una cosa puedes estar seguro: mi opinión sobre el movimiento alemán en su conjunto, sobre la táctica a seguir, así como sobre las personas que en él intervienen, incluido el propio L[iebknecht], será después, como antes, invariablemente la misma. Por lo demás, me alegro mucho de volver a verlo, aunque sé por experiencia que toda argumentación mía con él es trabajo perdido; a lo sumo, tendrá en cuenta mi opinión en América, donde Tussy Aveling le dará también de vez en cuando un empujón para mantenerlo en la senda correcta. En cuanto al resultado pecuniario del viaje, tengo algunas dudas. Desde que el movimiento americano ha cobrado realidad, tiene que dejar de ser cada vez más una fuente de dinero para Alemania. Sólo pudo serlo mientras fue puramente académico. Pero ahora, cuando los obreros angloamericanos han sido sacudidos de su letargo, se trata de apoyarlos mediante la palabra y la prensa en sus primeros pasos, aún vacilantes,

⁾ cfr. el presente tomo, pp. 511/512

de formar entre ellos un núcleo verdaderamente socialista, y eso cuesta dinero. Sin embargo, esta vez todavía caerá alguna cosa.¹⁶³⁾

Esta entrada de los americanos en el movimiento y la reavivación del movimiento francés por los tres diputados obreros y Decazeville²⁷⁴⁾ –esos son los dos acontecimientos histórico-universales de este año. En América se hacen toda clase de tonterías –aquí los anarquistas, allí los Knights of Labor¹⁶⁸⁾–, pero eso no importa: la cosa está en marcha y se desarrollará rápidamente. Aún habrá muchas decepciones –los titiriteros de los viejos partidos políticos ya se preparan para poner bajo su dirección secreta al naciente partido obrero– y se meterán patas colosales, pero, a pesar de todo, allí las cosas irán más deprisa que en cualquier otro sitio.

En Francia, los 108 000 votos por Roche¹⁶⁹⁾ han demostrado que el hechizo radical está roto y que los obreros de París empiezan a despegarse de los radicales,¹⁷⁰⁾ y además en masa. Para asegurar este éxito, esta posición recién ganada, los nuestros han conseguido que la organización temporal para la elección de Roche se transformara en una permanente,¹⁷¹⁾ y así se han convertido en los maestros teóricos de los obreros que se apartan de los radicales. Esta gente se llama toda socialista, pero ahora están aprendiendo, por amarga experiencia, que su desvaída quincalla de Proudhon y de L. Blanc es pura porquería burguesa y pequeñoburguesa, y por eso se muestran bastante accesibles a la teoría marxiana. Esto es consecuencia de que los radicales estén a medias al timón; si llegan a estarlo del todo, toda la masa obrera desertará, y yo sostengo: la victoria del radicalismo, es decir, del desvaído viejo socialismo francés en la Cámara, significa la victoria del marxismo, primeramente en el Consejo municipal de París. ¡Oh, si Marx hubiera podido vivir aún para ver cómo se confirma en Francia y en América su tesis de que la república democrática hoy no es otra cosa que el campo de lucha en que se libra la batalla decisiva entre burguesía y proletariado!

Aquí, a pesar de todo y de todo, sigue sin pasar casi absolutamente nada. Ni siquiera puede decirse que exista una secta socialista como en tiempos de Owen. Tantas cabezas, tantas sectas. La Social Democratic Federation¹⁷²⁾ tiene por lo menos un programa y cierta disciplina, pero absolutamente nada detrás de sí en las masas. Los jefes son aventureros políticos de la más arrastrada especie, y su periódico “Justice”, una única y colosal mentira acerca del poder y la significación histórico-universales de la Federation. Esto lo olvida incluso el bueno de Ede a veces, y cita el periódico en el momento inoportuno, con lo cual perjudica al movimiento real aquí presente más de lo que él puede reparar;

le es casi imposible comprender de qué manera explota aquí “Justice” eso. La League¹⁷³⁾ está en crisis. Morris, el puro sentimentaloide, la buena voluntad incorporada, que se tiene en tan alto concepto a sí mismo que se convierte en la mala voluntad, absolutamente incapaz de aprender nada, ha caído en la fraseología de la revolución y se ha hecho víctima de los anarquistas. Bax tiene mucho talento y comprende algo... pero a la manera de los filósofos se ha destilado un socialismo aparte, que él tiene por la verdadera teoría marxiana, y con eso causa no poco daño. Sin embargo, en él esto es una enfermedad infantil y ya se le pasará; lástima sólo que este proceso se lleve a cabo ante el público. Aveling está tan atareado con sus trabajos para la querida existencia, que tampoco él puede aprender mucho; es el único a quien veo con regularidad. La aparición del “Capital” en lengua inglesa tendrá aquí, empero, un efecto enormemente esclarecedor.

Pero con esto tengo que terminar, si quiero acabar a tiempo. Son las 6:45, en seguida traen el té, y a las 8 sale el último correo. Así que pásalo bien, y no me guardes rencor por mi largo silencio y, sobre todo, está convencido de que todo chismorreo que pudiera referirse a ti rebota en mí sin efecto alguno.

Tuyo,
F. E.

Sigo aquí con seguridad hasta el 28 del corriente;¹⁷⁴⁾ más adelante, lo mejor es que escribas a Londres.