en París
(Extracto)
[Londres] 7 de mayo de 1886

... Le felicito por la victoria del domingo, que de hecho confirma que los obreros parisinos reniegan del radicalismo.[16] ¡Son tontos estos radicales! Pero es la tontería fatal que se apodera de todo partido burgués en cuanto se acerca a la entrada en el gobierno y, en consecuencia, pierde su carácter de partido de oposición. Esperan con impaciencia llegar al gobierno, aunque saben que aún no ha llegado el momento; juegan en secreto a gobernar, es más, incluso se sienten responsables de las tonterías y errores del gobierno en ejercicio. Por otro lado, chocan con el partido obrero[1c], que, precisamente a causa de estas tonterías del gobierno, que no pueden desautorizar más que a medias, se hace cada día más fuerte. El partido obrero ya no se contenta con bellas palabras y promesas; exige hechos que no se pueden ofrecer; quieren retenerlo y se ven obligados a actuar contra él; y entre el gobierno que aún no se tiene y las masas que cada vez se les escapan más, se ven obligados a tildar a los monárquicos de conspiradores, a presentarlos como un peligro real, a clamar: ¡Unámonos para salvar la república!; en una palabra, a convertirse en oportunistas[21]. Todo partido que quiere llegar al gobierno antes de que las circunstancias le permitan realizar su propio programa, está perdido; pero la impaciencia por empuñar el timón es tan grande en los partidos burgueses que todos naufragan en ese escollo antes de que llegue su hora. Para nosotros, eso no hace más que acortar la duración del desarrollo.

Por otra parte, nuestro movimiento en París ha alcanzado tal estadio que puede incluso digerir sin daño pequeños tropiezos. Sin duda, el ritmo del desarrollo futuro depende en gran medida de la dirección de los jefes de los distintos grupos; pero una vez que las masas han entrado en movimiento, son como un organismo sano que tiene la fuerza de eliminar los gérmenes patógenos y, en pequeñas cantidades, incluso el veneno.

De: «Le Socialiste», 24 de noviembre de 1900.