en París

Londres, 28 de abril de 1886

Mi querida Laura:

La traducción inglesa de «El Capital» es un trabajo terrible.
Primero traducen ellos. Luego yo reviso la traducción y hago
mis propuestas a lápiz. Luego vuelve a ellos. Luego, discusión
de las cuestiones controvertidas. Luego tengo que leerlo todo otra vez para dejarlo estilística y técnicamente listo para la imprenta y
cuidar de que todas las citas, que Tussy ha consultado en los originales ingleses,
estén correctamente insertadas. Hasta ahora he despachado 300 páginas
sobre el texto alemán y pronto tendré listas otras 100 aproximadamente.
Pero aún hay un escollo. Edward ha omitido en la traducción de su
parte unas 50 páginas, que espero recibir hacia finales de la semana.
En cuanto las tenga, sacudiré a K. Paul de su modorra.
Ese astuto escocés, que todavía se figura que no conocemos nuestra favorable posición en el mercado,
aplica la táctica de esperar a ver, pero una buena mañana comprobará
que se ha equivocado lamentablemente. Porque somos nosotros
quienes podemos permitirnos esperar, y estamos decididos a esperar hasta
que estemos del todo listos para mandar a componer, digamos, en una
semana. Y como tenemos una oferta por escrito de otra firma,
podemos mantenernos firmes en nuestras condiciones.

Esto ha de servirte de disculpa por mi última carta breve,
así como por el retraso que desde entonces se ha producido. Las cosas están
de tal modo que a mediados de mayo hemos de empezar la impresión para que
podamos salir hacia finales de septiembre. Y para eso estamos en condiciones, aunque
me tendrá muy ocupado por lo menos hasta bien entrado junio.

Vuestro billet-doux a Bismarck causa gran revuelo en Alemania.
Bebel escribe: «La declaración de Laura y Eleanor M. es famosa;

la mayor parte de la prensa alemana se hace eco de ella, pero se guarda
muy bien, por supuesto, de reproducirla. Otto estará furibundo, para
ataques de ese género es muy susceptible».

El efecto de la nueva posición de partida en Francia se aprecia con claridad en
el debate sobre la ley contra los socialistas en Berlín. Liebknecht
difícilmente se habría atrevido a volver a expresarse con tanta fuerza a su mejor y antigua usanza
si estos acontecimientos de París y
Decazeville no lo hubieran puesto de nuevo un poco en ebullición. Esta
competencia es inapreciable para nuestra gente en Alemania. La escisión y
las divergencias de opinión en París dieron a su grupo de filisteos
un pretexto para menospreciar a los franceses de haut en bas, como si ellos
mismos no se hubieran enzarzado durante años en escisiones, disputas y divergencias
de opinión; y empezaron a hablar como si
ellos, la sección pequeñoburguesa alemana del partido, fueran los dirigentes de todo
el movimiento. Este hermoso montoncito de chovinistas ha recibido ahora una buena
tunda. Por desgracia, uno de los resultados de la ley contra los
socialistas es que la difusión de periódicos como «Socialiste» y
«Cri du Peuple» se hace casi del todo imposible y, por tanto, hay que tomar la información diaria y
corriente sobre Francia de los abominables periódicos burgueses. He enviado los «Cris» e «Intransigeants»
que tú me has mandado a Bebel y Liebknecht, pero
seguramente no los harán circular más y acaso no les lleguen siempre.

Me parece muy extraño que no oiga nada de una apelación contra
la sentencia de Villefranche. En mi opinión, hay dos posibilidades
de apelación: 1. la incompetencia probada del tribunal,
2. la sentencia como tal; y luego pourvoi en cassation sobre la base de estas
dos cuestiones litigiosas. Me parece que bien vale la pena seguir el asunto,
aunque sólo sea para poner al descubierto la infamia de los tribunales
y mantener alerta a la opinión pública.

No hay casi esperanzas de que Roche salga elegido el próximo domingo.
Como llevo cosa de una semana sin leer los «Cris», no sé qué
otros candidatos, aparte de Gaulier, están en liza. Pero la elección
traerá en cualquier caso un gran avance y bastará para
asustar todavía más a los radicales.

Aquí todo es un batiburrillo. Bax y Morris se enredan cada vez más en
las redes de algunos fraseurs anarquistas y escriben con creciente

intensidad disparates. La transformación del «Commonweal» en un «semanario»
—absurdo bajo todos los aspectos— ha dado a Edward una oportunidad de liberarse
de la responsabilidad por este órgano ahora imprevisible.
Bax, con dialéctica hegeliana a medio digerir à la recherche de
propuestas extremas y paradójicas, y Morris, que al modo de los toros
embiste con la cabeza contra el «parlamentarismo», tendrán que aprender por la experiencia
qué clase de personas son sus amigos anarquistas. Sería ridículo esperar que la clase obrera
tome la más mínima nota de estos diversos caprichos, que por cortesía
se llaman socialismo inglés, y es una suerte que así sea.
Estos señores tienen bastante con poner en orden sus propias cabezas.

Schorlemmer, que está aquí, y Nim se han llevado a la pequeña Lily al
Zoo. Pumps se va por unos días a Manchester. En
nuestras charlas nocturnas hablamos mucho de que has
prometido venir a Londres. ¿Cuándo será?
Schorlemmer dice que mencionaste algo de que Paul vendría al mismo tiempo.
Tanto mejor. Con todo, ya va siendo hora de que esas buenas
intenciones empiecen a transformarse en planes y proyectos más o menos reales;
la estación propicia para ello no es muy larga en este bendito clima.

¿Has leído en el último «Sozialdemokrat» el asunto referente a Kalle
y la comunidad de mujeres? Ese tipo se ha lucido
de lo lindo. Pasa por ser una lumbrera entre los nacionalliberales
y posee grandes fábricas de productos químicos (colorantes) en Wiesbaden.

Saludos de Schorlemmer y Nim.

Con afecto, tu

F. Engels

Espero que Paul me disculpe si no le escribo con tanta frecuencia como quisiera.