en Berlín

Londres, 12 de abril de 1886

Querido Bebel:

Gracias por el debate sobre la ley contra los socialistas; me ha alegrado mucho. Es algo que está a la altura del movimiento y produce esa impresión de principio a fin. También Liebknecht ha vuelto a ser el de siempre; ¡la competencia francesa parece surtir buen efecto! El espectáculo de toda la banda —jauría, quería decir— apiñándose a tu alrededor, ladrándote y aullándote, para ser rechazada a latigazos, es muy hermoso. ¡Qué suerte que, aparte de vosotros, sólo Vollmar pronunciara unas palabras y Singer, atacado personalmente de manera ordinaria, tuviera que responder con vehemencia, mientras la masa de los mansos callaba!

El miedo de los señores al magnicidio es demasiado ridículo. ¿Acaso no han cantado todos ellos, o sus padres:

Ha tenido jamás alguien tan mala pata
como el alcalde Tschech,
que a este hombre gordo
no pudo acertar a dos pasos?

Por aquel entonces, la burguesía alemana tenía todavía fuerza vital, y la diferencia se manifiesta también en que en 1844 surgió la canción de la baronesa von Droste-Vischering, mientras que ahora el Kulturkampf se libra con las armas más aburridas y los brazos más débiles.

Los socialistas de aquí han sido absueltos. Te envío el Standard de hoy, archiconservador (contiene un Cri du Peuple), con la crónica de la última vista. Ahí puedes ver cómo actúa un juez en Inglaterra (¡aunque no en Irlanda!). Traducido del lenguaje jurídico, el discurso dice: La ley sobre discursos sediciosos es aplicable a los acusados, pero la ley está caduca y es prácticamente inválida; de lo contrario, tendríais que condenar a todos los portavoces radicales y a los ministros, de modo que solo tenéis que preguntar: ¿quisieron o no los acusados los saqueos del 8 de febrero? Y Cave es uno de los 16 jueces supremos de Inglaterra.

La sentencia es una buena publicidad para Hyndman, pero llega demasiado tarde. Ha sabido arruinar sin remedio su organización; en Londres se está durmiendo, mientras que en las provincias las organizaciones particulares se mantienen a la expectativa y neutrales frente a las escisiones de aquí. Summa summarum, ambas organizaciones —federation y League— juntas no llegan a 2.000 miembros cotizantes, y sus periódicos no alcanzan juntos los 5.000 lectores; entre ellos, la mayoría son burgueses simpatizantes, clérigos, literatos, etc. Tal como están aquí las cosas, es una verdadera suerte que estos elementos inmaduros no logren penetrar en las masas. Primero tienen que fermentar en sí mismos, luego podrá salir bien.

Por lo demás, ahora marcha otra vez como en tiempos de la Internacional. Sólo esta mañana ha llegado un montón de periódicos alemanes, franceses, españoles, belgas, y eso me quita un tiempo que debería dedicarse a la traducción inglesa de El Capital. Si este trasto aguanta sólo hasta que pueda terminar el tercer tomo, luego que se desate lo que quiera, por lo que a mí respecta.

Decazeville marcha espléndidamente. Por la crónica que te he enviado hoy (Cri du Peuple) sobre el mitin del domingo pasado (ayer hace ocho días), verás con qué habilidad estos parisinos, tachados de fanfarrones revolucionarios, pueden predicar la calma y la legalidad en la huelga, sin menoscabar en nada la actitud revolucionaria. Pero demuestra cuánto más adelantados están los franceses, en virtud del suelo revolucionario que pisan, pues allí no existe en absoluto toda una serie de sutilezas y reticencias que en Alemania aún siembran confusión en tantas cabezas. El que se proceda legal o ilegalmente según las circunstancias es allí algo sobreentendido, y nadie ve en ello una contradicción. Para París es significativo que el Cri du Peuple haya recaudado hasta ayer 35.000 francos para Decazeville. El Intransigeant de Rochefort, en cambio, aún no llega a los 11.000.

A Bismarck, que parece haber estado muy furioso, pero que evidentemente hablaba dirigiéndose al príncipe heredero, Laura y Tussy le responderán probablemente a su ridícula difamación de Marx. De los demás discursos, el de Hänel es jurídicamente el mejor; pone de relieve la absurda exigencia de que los ciudadanos no solo deben someterse exteriormente a la ley, sino también interiormente; que se exija algo así, que la mera intención y su manifestación abierta puedan ser declaradas punibles colocándolas fuera de la ley, demuestra hasta qué punto han desaparecido en Alemania todas las concepciones jurídicas de la burguesía. Allí, ciertamente, solo tuvieron vigencia para la burguesía opositora; en realidad, imperó siempre la carencia de derechos del Estado policial, que en otros países sólo puede imponerse con vergüenza y como golpe de fuerza (siempre exceptuando a Irlanda).

Fin por la hora fijada para el correo certificado (las 5).

Tuyo,
F. E.