en Leipzig

Tiebel's Hütte, Londres, 25 de febr. de 86

Para la difusión de tu discurso sobre Rusia, aquí nada se puede hacer, pues, como sabes, los grandes periódicos nos están vedados, y la mensual «Commonweal» es demasiado pequeña para entrar en algo semejante. Eso tenéis que hacerlo vosotros mismos allí, poniéndoos en contacto, por ejemplo, con el corresponsal del «Standard», como Longuet en París con la señora Crawford, corresponsal del «Daily News». Los periódicos ingleses saben que el Reichstag no tiene nada que decir, y por eso casi nunca lo mencionan, a lo sumo con brevísimos telegramas. Si no te hubieras atenido tanto al punto de vista de Färber sobre el perjuicio a los capitalistas alemanes, sino que hubieras sacado a relucir el actual enredo oriental y se lo hubieras echado a Bismarck, como quien tiene completamente en el bolsillo a los rusos por cuestión de dinero, difícilmente habrían logrado silenciarlo. Pero lo que dices sobre la inutilidad de los papeles rusos, lo sabe la gente de aquí por sí misma.

Con los simpáticos literatos alemanes, que merodean la zona neutral fronteriza entre nosotros y los socialistas de cátedra y de Estado y quieren embolsarse todas las ventajas que se pueden pescar de nuestro partido, pero saben protegerse limpiamente de todas las desventajas del trato con nosotros — de ésos también he tenido ahora un nuevo ejemplo de los miserables canallas que son. Un impertinente Max Quarck —¿nomen est omen?— me escribe diciendo que ha recibido de Deville en París la autorización exclusiva para traducir el resumen que éste ha hecho de «El Capital», y que yo debería recomendarlo a Meißner y escribirle un prólogo. Eso era mentira, según me han confirmado de París y según él mismo escribió el mismo día a Kautsky. ¡Y ahora viene el desvergonzado truhán y exige que yo le pida disculpas por haberme mentido! ¡Que vuelva esa gentuza, y verá!

En Francia os sale competencia. Los tres obreros Basly, Boyer, Camelinat, a los que se ha sumado Clovis Hugues, se han constituido frente a los radicales como fracción obrera socialista de la Cámara, y cuando los radicales quisieron arrancarles subrepticiamente un voto de censura en un mitin de electores el domingo pasado, les propinaron una paliza tan formidable que los radicales, en el mitin convocado por ellos mismos, no osaron abrir la boca. Estos tres obreros franceses producirán más efecto en Europa que vosotros veinticinco, porque ocupan una Cámara que no es un club de debate como el Reichstag, y porque se han quitado de encima la cola pequeño-burguesa y mansa que a vosotros os cuelga como un peso de plomo a los pies. Clemenceau se encuentra ahora ante la última decisión, pero es casi seguro que se inclina decididamente del lado burgués, y entonces será ministro, pero estará acabado.

Tuyo,
F.E.