en París
(extracto)

[Londres] 16 de febrero de 1886

Mi querido Lafargue:

¡Enhorabuena! La sesión de la Cámara francesa del 11 es un acontecimiento histórico. El hielo —la omnipotencia parlamentaria de los radicales— está roto, y poco importa que hayan sido tres o treinta los que se han atrevido a romperlo. La fuerza de los radicales descansaba precisamente en esta falsa suposición de los obreros parisienses, en esa creencia de que se ponía en peligro a la República si se iba más lejos que los radicales, o de que al menos se hacía el juego a los oportunistas si se escindía al «partido revolucionario».

Esto significa la derrota definitiva del socialismo utópico en Francia. Pues los radicales eran todos «socialistas» en el viejo sentido de la palabra; lo que sobrevivía de las tesis de Louis Blanc y de Proudhon les servía de ropaje socialista; representan el socialismo utópico francés, despojado de toda utopía y reducido, por consiguiente, a la frase pura y desnuda. Este viejo socialismo francés fue hecho pedazos el 11 de febrero por el socialismo internacional de nuestro tiempo. ¡«Miseria de la filosofía»!

Para vuestra propaganda en París y en Francia en general, es este un acontecimiento de la mayor importancia. Las consecuencias se mostrarán muy pronto; los radicales —tanto si se separan definitivamente de los obreros como si esperan y les hacen concesiones más o menos estériles— perderán su influencia sobre las masas, y con esta influencia desaparecerán también los últimos restos de la dominación del socialismo tradicional y los cerebros se volverán receptivos para las nuevas ideas…

Z… no me dejó ninguna duda de que Clemenceau y toda su pandilla –tal como están ahora enredados en las intrigas del ministerio– han contraído la enfermedad parlamentaria; ya no son capaces de reconocer con claridad lo que ocurre fuera del Palais Bourbon y del Luxembourg; para ellos ese es el punto de apoyo del movimiento, y la Francia extraparlamentaria solo tiene una importancia secundaria. Esto me ha mostrado lo que valen estos señores.

En resumen, he visto que las palabras «flectere si nequeo superos, Acheronta movebo» no son lo suyo. Se sientan con sus traseros en el mismo plano inclinado por el que ya se han deslizado Ranc, Gambetta y Cía. Tienen miedo al Aqueronte proletario.

Le he dicho a Z…: Mientras los radicales se dejen asustar, como en las elecciones, por el grito de: «¡La República está en peligro!», no serán más que criados de los oportunistas y les sacarán las castañas del fuego. ¡Pero dad a cada obrero un fusil y 50 cartuchos, y la República no volverá a estar nunca en peligro!