en París

Mi querida Laura, Londres, 9 de febrero de 1886

Nuestras listas gentes de la Social Democratic Federation desdeñan dormirse sobre sus laureles. Ayer tuvieron que entrometerse a toda costa en un meeting de desempleados —que ahora los hay a centenares de miles— para predicar la Revolución, la revolución en general, y pedir que levantaran la mano todos los que estuvieran dispuestos a seguir al señor Champion adondequiera que los condujese —pero adónde, eso ni él mismo lo sabe. Hyndman, que sólo puede superar su cobardía personal aturdiéndose con sus propios bramidos, continuó por el mismo camino. Tú sabes, naturalmente, de quiénes se compone un meeting en Trafalgar Square a las tres de la tarde: turbas de pobres diablos del East End que vegetan en la frontera entre la clase obrera y el lumpenproletariado, y, además, una mezcla de matones y golfillos callejeros, lo que basta para convertir el conjunto en una masa bullente presta a cualquier «broma», desde la algarada hasta el tumulto salvaje, à propos de rien. Precisamente en el momento en que estos elementos estaban a punto de ganar la partida (Kautsky, que estaba allí, dice: la reunión propiamente dicha había concluido, empezó la trifulca y entonces yo me fui), los sabelotodo arriba mencionados condujeron a esos matones en una marcha por Pall Mall y Piccadilly hasta Hyde Park, a otro meeting verdaderamente revolucionario. Pero por el camino los matones se apoderaron del asunto, rompieron cristales de clubes y de escaparates, saquearon primero tiendas de vinos y panaderías y luego también algunas joyerías, de modo que nuestros señores revolucionarios en Hyde Park ¡tuvieron que predicar «le calme et la modération»*! Mientras ellos farfullaban lisonjas, en la calle Audley y hasta en Oxford Street continuaban la destrucción y el saqueo, hasta que al fin intervino la policía.

La ausencia de la policía demuestra que el alboroto era deseado; pero que Hyndman y Cía. cayeran en la trampa es imperdonable y los estampa definitivamente no sólo como necios impotentes, sino como canallas. Querían lavarse la vergüenza de su maniobra electoral y ahora han causado un daño irreparable al movimiento de aquí. Para hacer una revolución —y ello à propos de rien, cuando y donde a ellos les venga en gana—, en su opinión no se necesitaba otra cosa que los trucos miserables que bastan para «soliviantar» un movimiento hacia cualquier mezquina farsa: abarrotar meetings, mentir en la prensa y luego, con veinticinco hombres por los que aparentan ser apoyados, apelar a las masas para que se «alcen» de algún modo, a su leal saber y entender, contra nadie en particular y contra todos en general, dejando el desenlace al feliz azar. No sé si esta vez saldrán tan bien librados. No me sorprendería que los arrestaran aún esta semana. La ley inglesa es muy precisa a este respecto: uno puede desgañitarse cuanto quiera mientras no pase de ahí; pero en cuanto de ello se siguen «actos reales» de tumulto, se le exigen responsabilidades, y muchos pobres diablos cartistas, Harney, Jones y otros, han recibido dos años por menos. Además, n’est pas Louise Michel qui veut.

Por fin he recibido casi todo el manuscrito de la traducción inglesa del tomo I; el pequeño resto Edward me lo ha prometido para el domingo. Esta semana me pondré a ello —lo único que aún me lo impide es la revisión de una traducción (inglesa) de mi viejo libro sobre la clase obrera en Inglaterra, hecha por una americana, quien, asombrosamente, ha encontrado también un editor en América. Eso lo hago por las noches y —si no me interrumpen demasiado— lo terminaré esta semana. En cuanto vea claro y pueda fijar una fecha para el comienzo de la impresión, iré a ver a K. Paul, y, si no podemos ponernos de acuerdo con él, acudiré a otra parte; de más de un editor nos han hecho insinuaciones y ofrecimientos. Nuestra situación ha mejorado considerablemente a este respecto. Después, el tomo III, y no se tolerarán más interrupciones.

Nos pareció muy extraño que Bernstein hubiera recomendado a un sujeto como Quarck, y le preguntamos. Aquí está su respuesta, que te doy literalmente para que no se deslice ningún error: «No tengo conciencia alguna de haber recomendado a Quarck, ¿cómo iba a recomendar a un hombre a quien no conozco? Es posible que en una ocasión haya respondido a una consulta diciendo que el hombre no es correligionario, pero que no hay nada contra él, pero eso es solo posible… ¿No habrá ahí una confusión? Yo personalmente no conozco a Quarck en absoluto, y tampoco he mantenido correspondencia con él. Así que, como digo, no niego terminantemente haber dado alguna vez información sobre Quarck, pero no lo he recomendado.»

Perdona que vuelva a importunarte con este asunto, pero me gustaría que este extracto llegase a París en el original alemán. De lo demás le escribo a Paul. Por lo demás, le deseo mucha suerte a Deville en su nuevo ménage y espero que sus costumbres no se vean demasiado perturbadas por ello. En cuanto se acostumbre a las nuevas relaciones, promete convertirse en el mejor y más feliz de todos los maridos.

A la gente de aquí le va como de costumbre. Edward ha alquilado una sala en Tottenham Court Road, donde habla cada domingo dos veces ante un auditorio atento y, en general, que paga bastante bien —esto choca, ciertamente, con su oporto después de comer, pero aun así le hace bien, pues frustra el plan de Bradlaugh de arruinarlo como orador público; de vez en cuando viaja también a ciudades de provincias, para dar el domingo 3 conferencias y una el sábado por la noche. Bax se parece un poco a Paul, escribe a menudo en el «Commonweal» artículos encantadores, pero se vuelve completamente imposible cuando lo posee una idea. Para la agitación práctica, el pobre Bax es sumamente peligroso, ya que carece por completo de experiencia; arroja los pensamientos desde el gabinete de estudio, sin digerir, al local de la asamblea; tiene la sensación de que hay que hacer algo para poner la piedra en movimiento, pero no sabe qué; por lo demás, muy simpático, muy inteligente, muy laborioso, de modo que podemos confiar en que supere su celo.

Con afecto, tuyo
F. E.

Del inglés:

* calma y moderación.