en París

Londres, 17 de enero de 1886

Mi querida Laura:

Me alegro de que los diccionarios hayan llegado por fin. Me habían prometido, una buena semana antes de Navidad, despacharlos desde aquí.

Ayer recibí una tarjeta postal del Dr. Max Quarck, en la que me comunica que —puesto que se necesita un buen extracto de «El Capital»— quiere traducir el de Deville: «El señor Deville, a petición mía, acaba de otorgarme la autorización exclusiva para traducir su extracto al alemán»; el gran Quarck se lo ha ofrecido a Meißner y me ruega que le escriba un prólogo.

Ahora bien, si Deville ha hecho realmente tal cosa, he de decir que ha obrado con gran torpeza y, además, contraviniendo todos los compromisos internacionales que de hecho existen entre nosotros. ¿Cómo diablos ha podido meterse con un hombre del que nada sabía? Este Quarck pertenece a la media docena de joven literatos que oscilan sin cesar en la zona fronteriza entre nuestro partido y el socialismo de cátedra, muy preocupados por evitar todo riesgo que pudiera acarrearles una vinculación con nuestro partido y que, no obstante, quieren embolsarse todas las ventajas que pudieran derivarse de semejante vinculación. Hacen una viva propaganda en pro del imperio social de los Hohenzollern (que Quarck ha celebrado ditirámbicamente), en pro de Rodbertus contra Marx (¡Quarck tuvo la desfachatez de escribirme que honraba «El Capital» colocándolo en su biblioteca junto a las obras del gran Rodbertus!) y muy especialmente los unos en pro de los otros. El tipo es de una ineptitud tan acusada que hasta el propio

Liebknecht, que siente cierta debilidad por estos sujetos, coincide con
Kautsky en que no es capaz de escribir en la «Neue Zeit».

En este momento entra Kautsky con la carta de Paul; según eso,
Deville no ha contestado y Quarck miente. Me alegraría mucho de que
fuera cierto, porque así tendría completamente en mis manos al pequeño
canalla.

Pero vayamos ahora a la traducción misma. En primer lugar, un
extracto de «El Capital» para nuestros obreros alemanes ha de hacerse
según el original alemán, no según la edición francesa. En segundo lugar,
el libro de Deville es demasiado voluminoso para los obreros y, en la traducción, especialmente en la segunda mitad, resultaría tan difícil como el
original, puesto que contiene, en la medida de lo posible, extractos literales.
Esto sirve para Francia, donde la mayoría de los términos no son extranjerismos y donde hay un gran público lector que, si bien no es propiamente
obrero, siente sin embargo la necesidad de adquirir algún conocimiento en
este terreno —cuando resulta fácilmente asequible— sin leer el grueso
volumen. En Alemania, ese público debería leer el original. —En tercer
lugar, y esto es lo principal: si el libro de D[e]ville] aparece en alemán, no
sé cómo puedo responder, ante mis deberes para con Mohr, de haberlo
dejado pasar sin objeción como un resumen fiel. Mientras se publicó
sólo en francés, he guardado silencio, aunque antes de la publicación había
protestado enérgicamente contra toda la segunda mitad. Pero cuando se
llega al punto de presentarlo al público alemán, la cosa cambia por completo.
No puedo permitir que Mohr sea falseado en Alemania —y gravemente falseado— con sus propias palabras. Si entonces no se hubieran precipitado tan
insensatamente, si se hubiera revisado, como yo propuse, ahora no habría
nada que objetar. En todo caso, sólo puedo decir que me reservo plena
libertad de acción si el libro se publica en alemán; y tanto más obligado
estoy a hacerlo cuanto que se ha difundido la especie de que yo había
revisado el manuscrito.

No puedo preguntarle ahora a Kautsky por sus intenciones respecto al
libro de D[e]ville], pues han entrado todos para la cena del domingo y
tengo que terminar. K[autsky] mismo tiene que escribir. Por lo que sé,
K[autsky] y B[ernstein] se proponen hacer ellos mismos un nuevo extracto,
lo que en todo caso sería lo mejor, pudiendo aprovechar el trabajo de
Deville y reconocerlo con gratitud.

Tussy, Edward, los Pumps y los Kautsky os mandan a todos saludos
cariñosos, afectuosas recomendaciones y besos, y no sé cuántas cosas más.
Johnny y los otros pequeños, ídem.

Tuyo, afectísimo, pero hambriento,

F. E.