en Viena  

Londres, 26 de noviembre de 1885  

(Le ruego me permita este tratamiento sencillo; ¿para qué dos personas como nosotros habrían de andar todavía con florituras?) Ante todo, mi más cordial agradecimiento por la amable manera en que usted se acuerda de mí. He sentido mucho no haber podido permanecer más tiempo con usted aquí; le aseguro que me ha hecho un bien infinito conocer por fin a una escritora alemana que no ha dejado de ser una mujer sencilla —yo había tenido la desgracia de conocer, en ese aspecto, sólo a berlinesas afectadas y «jebildete», de esa clase a las que no se les quisiera volver a poner la cuchara de cocina en la mano únicamente porque al final causarían con ella aún más desastre que con la pluma. Y así espero que, dentro de no demasiado tiempo, vuelva usted a cruzar el estrecho brazo de mar, y entonces yo pueda pasear con usted un poco por Londres y sus alrededores, y nos contemos toda clase de chascarrillos para que la conversación no se ponga demasiado seria.

Que Londres le haya disgustado, lo creo de buena gana. A mí me pasó lo mismo hace años. Uno se acostumbra sólo con dificultad al aire turbio y a la gente, por lo general también turbia, al encerramiento, a la separación de clases en la vida social, a la vida en espacios cerrados que impone el clima. Hay que aflojar un poco los espíritus vitales traídos del continente, dejar que el barómetro del goce de vivir baje de unos 760 a 750 milímetros, hasta que uno se aclimata poco a poco. Luego, gradualmente, se va haciendo uno a la cosa, encuentra que también tiene sus lados buenos, que la gente en general es más recta y más confiable que en otras partes, que para el trabajo científico no hay ciudad tan adecuada como Londres, y que la ausencia de vejaciones policiales compensa muchas cosas. Conozco y amo París, pero si tuviese que elegir, preferiría vivir permanentemente en Londres antes que allí. París sólo se disfruta bien cuando uno mismo se vuelve parisino, con todos los prejuicios del parisino, con interés en primer lugar sólo por las cosas de París, con la costumbre de creer que París es el centro del mundo, el todo en todo. Londres es más feo, pero sin embargo más grandioso que París, verdadero centro del comercio mundial, y ofrece también mucha más diversidad. Pero Londres permite además una completa neutralidad frente al entorno entero, tal como es necesaria para la imparcialidad científica e incluso artística. Por París y Viena se entusiasma uno, a Berlín se la odia, frente a Londres se permanece en una indiferencia y objetividad neutrales. Y eso también tiene su valor.

A propósito de Berlín. Me alegro de que a ese nido de desgracias le esté saliendo por fin ser una ciudad mundial. Pero ya Rahel Varnhagen decía hace 70 años: en Berlín todo se vuelve ruppig, y así parece que Berlín quiere mostrar al mundo lo ruppig que puede ser una ciudad mundial. Envenene usted a todos los berlineses «cultos», haga aparecer allí por arte de magia un entorno al menos soportable y reconstruya todo el nido de arriba abajo; entonces quizá pueda salir de ahí algo decente. Pero mientras se siga hablando ese dialecto allí, difícilmente.

«Die Alten und die Neuen», por el que le doy las gracias de corazón, lo he leído entretanto. Las descripciones de la vida de los obreros de la sal son de nuevo tan magistrales como las de los campesinos en «Stefan».[3] También las de la vida de la sociedad vienesa son en gran parte muy hermosas. Viena es, por cierto, la única ciudad alemana que tiene una sociedad; Berlín sólo tiene «ciertos círculos» y todavía más inciertos, razón por la cual allí sólo la novela de literatos, de funcionarios y de actores encuentra terreno. Si la motivación de la acción en esta parte de su obra resulta a veces un tanto demasiado apresurada, usted puede juzgarlo mejor que yo; muchas cosas que a nuestros ojos parecen tales, vistas desde el carácter peculiarmente internacional de Viena, mezclado con elementos meridionales y de Europa oriental, pueden resultar allí del todo naturales. En ambos terrenos encuentro también la acostumbrada y aguda individualización de los caracteres; cada uno es un tipo, pero al mismo tiempo un individuo determinado, un «Este», como decía el viejo Hegel, y así debe ser. Ahora bien, en gracia a la imparcialidad tengo que poner algún reparo, y así llego a Arnold. Éste es en verdad demasiado virtuoso, y cuando al final perece en el derrumbe de la montaña, uno sólo puede conciliar eso con la justicia poética diciendo acaso: era demasiado bueno para este mundo. Pero siempre es malo cuando el poeta se entusiasma con su propio héroe, y en este error me parece que ha incurrido usted aquí en cierta medida. En Elsa hay todavía una cierta individualización, aunque ya con idealización, pero en Arnold la persona se disuelve aún más en el principio.

De dónde proviene esta carencia se siente, sin embargo, en la novela misma. Era evidentemente para usted una necesidad tomar partido públicamente en este libro, dar testimonio ante todo el mundo de su convicción. Eso ya está hecho, lo ha dejado usted atrás y no necesita repetirlo en esta forma. No soy en modo alguno enemigo de la poesía de tendencia como tal. El padre de la tragedia, Esquilo, y el padre de la comedia, Aristófanes, fueron ambos fuertes poetas de tendencia, no menos Dante y Cervantes, y lo mejor de «Intriga y amor» de Schiller es que constituye el primer drama político de tendencia alemán. Los rusos y noruegos modernos, que producen excelentes novelas, son todos poetas de tendencia. Pero opino que la tendencia debe brotar por sí misma de la situación y la acción, sin que se señale expresamente, y el poeta no está obligado a poner en las manos del lector la solución histórica futura de los conflictos sociales que describe. A esto se añade que, bajo nuestras condiciones, la novela se dirige predominantemente a lectores de círculos burgueses, es decir, no directamente pertenecientes a nosotros, y en ese caso la novela socialista de tendencia, a mi juicio, cumple plenamente su cometido cuando, mediante la descripción fiel de las relaciones reales, rompe las ilusiones convencionales dominantes sobre ellas, sacude el optimismo del mundo burgués, hace inevitable la duda sobre la eterna validez de lo existente, incluso sin ofrecer directamente una solución, aún sin tomar partido ostensiblemente, según las circunstancias. Con su conocimiento exacto y su representación maravillosamente fresca y viva tanto del campesinado austríaco como de la «sociedad» vienesa, se le ofrece material en abundancia; y que usted sabe tratar también a sus héroes con la fina ironía que documenta el dominio del poeta sobre su criatura, lo ha demostrado en «Stefan».

Pero debo terminar, de lo contrario acabaré por resultarle demasiado aburrido. Aquí todo sigue su rutina habitual; Karl y su mujer[1] aprenden fisiología en las clases nocturnas de los Aveling y, además, trabajan con diligencia; yo estoy también muy metido en el trabajo; Lenchen, Pumps y su marido[2] van esta noche al teatro a ver una obra sensacional, y mientras tanto, la vieja Europa se dispone a entrar de nuevo un poco en movimiento, lo que ya va siendo hora. Sólo espero que me deje tiempo para terminar el tercer tomo de «El Capital»; después, ¡puede empezar!

Con cordial amistad y sincera veneración, suyo  

F. Engels