Londres, 17 de nov. de 85

Querido Bebel,

Aún unas pocas palabras, antes de que vayas al Reichstag.

A un largo escrito de Schumacher en defensa de su actitud en la cuestión de la subvención a los vapores, le he contestado de manera igualmente extensa, manteniendo mi viejo punto de vista frente a él: Si, por consideración a los presuntos prejuicios de ciertos electores, no se quiere votar incondicionalmente contra la ayuda estatal a la burguesía a costa de los obreros y los campesinos, en mi opinión, ello solo es admisible si se concede la misma suma de ayuda estatal directamente para los obreros, tanto urbanos como rurales, y ante todo para cooperativas de obreros agrícolas en dominios del Estado.

Para evitar malentendidos, le he rogado que, si hace uso de esta carta ante otros camaradas, comunique siempre la carta entera.

Liebknecht se adelanta de repente con mucho valor. El «recogimiento» en la cárcel, la lectura del medio olvidado «Capital» y la perspectiva, que desde la derecha se le aclara, de sentarse entre dos sillas, parecen haber surtido un efecto sumamente provechoso. Mucho me alegra, con tal de que dure. En el momento decisivo, seguro que estará en el lugar adecuado; pero hasta entonces a los demás nos causa un tremendo quebradero de cabeza con sus disimulos, que él toma por diplomacia y en lo que ciertamente nos supera con mucho a todos.

La guerra europea empieza a amenazarnos seriamente. Esos miserables jirones de viejas naciones, serbios, búlgaros, griegos y demás chusma bandolera, por quienes el filisteo liberal se entusiasma en interés de los rusos, no se conceden unos a otros ni el aire que respiran y tienen que degollarse mutuamente con sus ávidos cuellos. Eso sería magnífico y le estaría bien empleado al filisteo soñador de nacionalidades, a no ser porque cada una de estas tribus enanas dispone de la guerra o la paz en Europa. El primer disparo ha caído en Dragoman, pero nadie puede decir dónde y cuándo caerá el último.

Nuestro movimiento avanza tan espléndidamente, en todas partes las circunstancias trabajan para él de manera tan favorable, y finalmente necesitamos tanto todavía algunos años de tranquilo desarrollo y fortalecimiento, que no podemos desear de ningún modo una gran catástrofe política. Esta relegaría nuestro movimiento a segundo plano durante años, y después probablemente tendríamos que empezar de nuevo desde el principio, como después de 1850, y muy tarde.

Por otra parte, la guerra podría provocar una revolución en París y esta más tarde reavivar indirectamente el movimiento en el resto de Europa; entonces los franceses —seguramente muy chovinistas en esas circunstancias— serían los conductores, para lo que su grado de desarrollo teórico es el que menos los capacita. Precisamente para los franceses, que desde 1871 se han ido desarrollando muy bien políticamente con la consecuente lógica inconsciente que les es propia, unos cuantos años de tranquilo dominio de los radicales serían impagables. Pues todos esos radicales han hecho suyo el socialismo corriente, mezcolanza de L. Blanc, Proudhon, etc., y para nosotros tendría un valor enorme que tuvieran ocasión de matar esas frases mediante la práctica.

En cambio, una gran guerra, si estalla, pondrá en campaña seis millones de soldados y costará una masa de dinero hasta ahora inaudita. Eso traerá un derramamiento de sangre, una devastación y, al final, un agotamiento como jamás se ha visto. Por eso todos esos señores le tienen tanto miedo. Y se puede predecir: si llega esta guerra, será la última; será el derrumbamiento completo del Estado de clase, político, militar, económico (también financiero) y moral. Puede conducir a que la máquina de guerra se rebele y se niegue a seguir degollándose mutuamente por esos miserables pueblos balcánicos. Es la voz del Estado de clase: ¡après nous le déluge!*; pero después del diluvio llegamos nosotros, y solo nosotros.

Así pues, seguimos en lo de siempre: suceda lo que suceda, al final todo se convierte en un medio para llevar a nuestro partido al poder y poner fin a toda la vieja farsa. Pero confieso que deseo que eso ocurra sin esa carnicería; no es necesaria. Pero si tiene que ser, solo espero que mi viejo mal corporal no me impida, en el momento preciso, volver a montar a caballo.

Tu viejo

F. E.

* Después de nosotros, el diluvio.