Mi querido Lafargue:

Gracias por el retrato — ¡qué cara de descontento se me hace poner en Francia, país donde, según dicen, de vez en cuando se ríe; tal vez se reirán de mí. Nim dice que en él parezco diez años más viejo; pero eso es probablemente una adulación.

Los levantamientos de mayo de 1849 fueron provocados por la negativa de la mayoría de los gobiernos alemanes a someterse a la Constitución que la Asamblea Nacional de Francfort había acordado para toda Alemania. Esta Asamblea, que jamás dispuso de poder material y que había omitido toda medida para procurárselo, perdió finalmente el último resto de influencia moral justo en el momento en que había logrado plasmar sobre el papel su Constitución, bastante romántica. No obstante, esta Constitución era entonces el único estandarte bajo el cual se podía intentar un nuevo movimiento, con la intención de deshacerse de ella tras la victoria; en consecuencia, en los pequeños países se quería obligar a los gobiernos a reconocerla; de ahí resultaron los levantamientos de Dresde (3 de mayo) y, unos días después, en el Palatinado bávaro y en el Gran Ducado de Baden, donde el gran duque huyó cuando el ejército se declaró por el pueblo.

El levantamiento de Dresde fue sofocado tras una resistencia heroica —cuatro días de combate— con ayuda de tropas prusianas (en Prusia la reacción había triunfado mediante el golpe de Estado de noviembre de 1848, Berlín estaba desarmada y se había declarado el estado de sitio). Pero para someter el Palatinado y a los sublevados de Baden se necesitó un ejército. Así pues, en Prusia se empezó a movilizar la Landwehr. En Iserlohn (Westfalia) y en Elberfeld (Prusia renana) los hombres se negaron a ponerse en marcha. Se enviaron tropas, que encontraron las ciudades con barricadas y fueron rechazadas. Iserlohn fue tomada, catorce días más tarde, tras dos días de resistencia; Elberfeld no ofrecía tantas posibilidades de defensa, y cuando las tropas convergieron sobre ella desde todos los lados, los defensores, en número de unos mil, decidieron abrirse camino hacia los países sublevados del sur; por el camino fueron completamente derrotados, aunque a un gran número de ellos les fue posible, apoyados por los habitantes, abrirse paso. Yo era ayudante del comandante Mirbach en Elberfeld; pero éste, antes de ejecutar su plan, me envió con un encargo a Colonia, es decir, al campo enemigo, donde me escondí en casa de Daniels; en realidad, no quería tener en su cuerpo a un comunista conocido, para no asustar a la burguesía en las localidades que debía atravesar; concertó un encuentro conmigo en el Palatinado, al que, sin embargo, no llegó, porque cayó prisionero (un año más tarde fue absuelto por el tribunal de Elberfeld). Mirbach había participado en las campañas de Grecia de 1825 a 1829 y en la de Polonia de 1830 y 1831; más tarde volvió a Grecia, donde murió.

Entre tanto, el levantamiento en el sur había ganado terreno, pero se cometió el error funesto —no atacar. Las tropas de los pequeños Estados vecinos no buscaban sino un pretexto para sumarse al levantamiento; estaban decididas a no combatir contra el pueblo. Se tenía, pues, el pretexto de que era preciso avanzar para proteger a la Asamblea de Francfort, cercada por soldados prusianos y austríacos. Marx y yo nos habíamos dirigido a Mannheim, tras la supresión de la “Neue Rheinische Zeitung”, para proponer esa marcha a los dirigentes. Pero se presentaron toda clase de objeciones: que el ejército estaba desorganizado por la huida de los antiguos oficiales, que faltaba de todo, etc., etc.

En los primeros días de junio, los prusianos avanzaron por un lado y los bávaros por el otro —reforzados precisamente por esas tropas de los pequeños Estados que con más audacia habríamos podido ganar, pero que ahora eran arrastradas por las oleadas de los ejércitos reaccionarios— contra los territorios sublevados. Una semana bastó para barrer el Palatinado —se hallaban allí 36.000 prusianos frente a 8.000 o 9.000 insurrectos, y las dos fortalezas del país quedaron en manos de la reacción. Se replegaron hacia las tropas badenses, unos 8.000 hombres de tropas de línea y 12.000 integrantes de cuerpos francos; se vieron acosados por un cuerpo de 30.000 hombres de tropas reaccionarias. Se libraron cuatro grandes combates, en los que los reaccionarios se impusieron gracias a su superioridad numérica y a la violación del territorio de Wurtemberg, lo que les permitió rodearnos en el momento decisivo. Después de diez semanas de lucha, los restos del ejército insurrecto tuvieron que retirarse a Suiza.

En el curso de esta guerra fui ayudante del coronel Willich, comandante de un cuerpo franco de carácter netamente proletario; participé en tres combates menores y en la última batalla decisiva del Murg.

Creo que esto basta para hacer un breve resumen, si usted insiste absolutamente en escribir un comentario a la hermosa obra del ciudadano Clarus.

Espero que su interesante forúnculo se vea pronto libre de su contenido purulento. Lave la herida con una solución de ácido carbólico al 2% en un 98% de agua; es excelente para matar las células purulentas.

Saludos cordiales a Laura.

Suyo, con toda amistad,
F.E.