en Zúrich

Londres, 8 de octubre de 1885

Querido Ede:

Aquí te envío la introducción¹ a las «Revelaciones sobre el proceso de Colonia». Si quieres imprimirla antes como folletín en el «Sozialdemokrat», no tengo nada que objetar; sólo tienes que ponerte de acuerdo con Schlüter, que probablemente la aguarda con impaciencia. Dile que mañana recibirá las notas y correcciones al texto de Marx, así como las indicaciones acerca de los anexos de Stieber que han de reproducirse.

K[autsky] te enviará algunos números de la «Köln[ische] Ztg.», que contienen el primer informe racional sobre los acontecimientos búlgaros. El corresponsal está en Belgrado y es entendido en la materia, y como hasta ahora ningún interés de Bismarck ha provocado una orden de encubrimiento, puede considerarse que el informe es sincero. Así pues, los rusos han caído en su propia trampa; olvidaron que Alejandro de Battenberg, como teniente de la guardia prusiana, confía con razón en su «camarada» Guillermo.

Te preocupas demasiado por un «sucesor» en el «Sozialdemokrat». Eso es precisamente lo bueno, que no se te pueda reemplazar; si esos señores intentaran poner allí a uno de sus propios chapuceros, fracasarían, pues, en primer lugar, ninguno de esa calaña se iría al exilio voluntario, y, en segundo lugar, el partido le pondría fin pronto y no sostendría un periódico así. Si tú te vas, se va también el «Sozialdemokrat», y que ambas cosas coincidan es precisamente bueno. También es opinión de August que los establecimientos de Zúrich deben quedarse con nosotros sin falta, y también lo serán, pues para los otros no serían más que una carga. Por lo que tú, creo yo, has de velar es por que la imprenta y la librería sigan siendo nuestras; luego lo del «Sozialdemokrat» se arregla por sí solo, en el peor de los casos, tras la desaparición del actual, con un nuevo periódico. Pero tú les atribuyes demasiada capacidad ofensiva a esos señores.

La absolución de Chemnitz es magnífica. ¡Era, pues, demasiado incluso para los jueces sajones!

Las elecciones francesas son un gran progreso. Como dije antes, el escrutinio de lista ha aplastado a los oportunistas. Pero que los aplastaría hasta tal punto que la gran burguesía, la burguesía media y una parte de la pequeña burguesía se refugiarían en masa en los monárquicos, eso no era previsible, al menos no fuera de Francia. Los oportunistas han hecho el papel de «Directorio», han practicado una corrupción que deja muy por detrás la del Segundo Imperio. Pero sin garantizar al burgués la tranquilidad que le garantiza la monarquía. La recaída en el monarquismo, llamado aquí orleanismo, era tanto más natural cuanto que todo el centro izquierdo (Ribot, «Journal des Débats», etc.) no son sino orleanistas disfrazados de republicanos, de modo que se prefiere a los orleanistas auténticos y, cuando no queda otro remedio, se contenta uno con bonapartistas y legitimistas. Probablemente las segundas vueltas constatarán ya el contragolpe, el terror del burgués ante su propio éxito electoral, es decir, elecciones radicales. De lo contrario, pronto se llegará a los golpes.

En todo caso, esto es lo ganado: el desplazamiento de los partidos de centro, monárquicos contra radicales, los pocos diputados centristas obligados a optar por unirse a unos o a otros. Con esto la situación es revolucionaria. En la monarquía misma no cree seriamente nadie en Francia. Ya por la multitud de pretendientes. Pero un intento orleanista sería posible, y entonces las cosas llegarían a un estallido. En todo caso, la cuestión está planteada así: o bien la république en danger, o bien el establecimiento de una república «radical». Toda probabilidad es que triunfe esta última. Pero entonces los radicales no solo tendrán que cumplir sus propias promesas, sustituir la administración centralizada napoleónica por el autogobierno de los departamentos y municipios, tal como existió en 1792-1798, sino también apoyarse en los socialistas. No podemos desear una situación más favorable. Francia se mantiene fiel a la marcha lógico-dialéctica, peculiar de su desarrollo. Los antagonismos nunca se encubren por mucho tiempo, sino que siempre se dirimen. Y eso sólo nos puede convenir.

Que los socialistas tengan tan pocos votos (cosa de la que Lafargue se lamenta terriblemente) es de lo más natural. El obrero francés no tira su voto. Y como en Francia existen aún partidos vivos, y no, como en Alemania, sólo partidos muertos o moribundos, no es en absoluto político votar por un socialista sin perspectivas si con ello se coloca a un radical en minoría y a un oportunista en mayoría. Las candidaturas de recuento tienen precisamente en Francia su gran inconveniente, como también lo tendrán en algunos puntos de Alemania tan pronto como vuelva la vida a aquel barracón político. Cuando el desarrollo de las cosas en Francia permita a los socialistas convertirse en oposición oficial, es decir, cuando Clemenceau esté definitivamente al timón, obtendremos millones de votos en un instante. Pero no hay que pretender prescribir a los franceses que se desarrollen al modo alemán. Y eso es lo que hacen muchos, incluso de los mejores, en Alemania.

Naturalmente, sólo se podrá emitir un juicio definitivo una vez que hayan pasado las elecciones complementarias.

Tuyo,
F. E.

¹ «Contribución a la historia de la Liga de los Comunistas» – ? Karl Marx/Friedrich Engels: «Alocución de la autoridad central a la Liga, de marzo de 1850» y «Alocución de la autoridad central…»