en París

Londres, 22 de septiembre de 1885

Mi querida Laura:

Ayer, cuando quería escribirte, vino gente y perdí el correo. Por eso no puedo enviarte hasta hoy el cheque por £10; es todo lo que puedo ahorrar hasta que entre más dinero, lo cual espero que no tarde mucho. De Schorlemmer no he sabido nada, pero supongo que tú tienes noticias, ya que lo esperas, y por ser así, doy naturalmente un paso más y expreso la esperanza de que te traiga consigo en algún momento de la próxima semana. Lo tenemos todo preparado para ti.

Mientras vosotros teníais el domingo pasado en París un bonito alboroto, Tussy y Aveling tuvieron uno aquí, en East End; te enviaré el «Daily News», que ha traído el mejor informe y un artículo de fondo. Han estado aquí esta mañana; mi punto de vista es éste: si no logran atraerse a los radicales, que al parecer están muy interesados, para que emprendan la cosa, entonces le jeu ne vaut pas la chandelle. Los socialistas son insignificantes, los radicales son una potencia. Si se logra hacer de todo el asunto algo por lo que se dejen detener una docena de radicales, el gobierno cederá —aunque sólo sea por las inminentes elecciones. Pero si las víctimas son solamente socialistas, irán a la cárcel sin que se saque nada de ello.

Me gusta la manera sistemática y teóricamente correcta con que los franceses se disponen a poner en práctica el scrutin de liste. Cada partido presenta su propia lista completa. La consecuencia será que en todas partes el partido proporcionalmente más fuerte meta a todos los suyos, y los demás, a ninguno. Pero al mismo tiempo, cada partido realizará por sí mismo el escrutinio y sabrá cuáles son sus fuerzas. Y en las próximas elecciones saldrá el resultado necesario: los partidos que tengan intereses similares se unirán, según su fuerza relativa, en una lista común —si esto no ha ocurrido ya ahora en vísperas de la elección. El scrutin de liste obliga a radicales y socialistas a presentar una lista común, del mismo modo que obligará paulatinamente a oportunistas y monárquicos a unirse en una lista común, por lo menos en determinados departamentos. Pero es característico del génie français que esto sólo pueda alcanzarse como resultado de la experiencia práctica. Precisamente este carácter ideológico, absoluto, es el que da a la historia de la política francesa su forma clásica, comparada con la política confusa de otras naciones.

Estoy abrumado de pliegos de pruebas, revisiones, prólogos que hay que escribir, etc., etc., de modo que todavía no he tenido tiempo de mirar con seriedad tu traducción del «Manifiesto». En cuanto estén despachadas las cosas más urgentes, espero que a fines de esta semana, me pondré a ello, y entonces podremos discutirlo aquí. Me alegro de que por fin quieras dejar de poner tu luz bajo el celemín y nos ayudes a traducir algunas cosas buenas al francés, ya que nuestros franceses de nacimiento parecen incapaces de entender el alemán. Una vez metida en ello, seguirás por la ley de la inercia y, poco a poco, empezarás a amar la noria.

Es hora del correo, y por eso, adiós, hasta que te veamos por aquí y, según espero, traigas contigo el resto de tu traducción.

Nim te manda saludos.

Con cariño, tu

F. Engels