en París

Londres, 13 de septiembre de 1885

Mi querida Laura:

He aquí que estamos de nuevo en Londres, y siempre es lo mismo: trabajos diversos de toda índole. La semana pasada tuve que revisar un extracto alemán de «El Capital» hecho por Kautsky, y hubo mucho que hacer en él. Otros dos manuscritos yacen en mi escritorio desde hace más de seis meses. Espero despacharlos aún esta semana. Por suerte para mí, sólo hubo pliegos de corrección de manera esporádica; de lo contrario, poco habría disfrutado de las vacaciones. En cualquier caso, ahora voy a dejar completamente de lado esta clase de trabajos, pues de otro modo no volveré a abordar mi tarea principal.

El barco de Tussy y Edward, el «City of Chicago», llegó a Nueva York el día 10, y el de Liebknecht, el «Servia», tiene que haber llegado ya entretanto, puesto que zarpó el 4 de septiembre. Les espera un trabajo duro: viajar de un lado a otro y pronunciar discursos. Liebknecht pasó cuatro días con nosotros en Eastbourne; está bastante gordo y arrastra una hermosa panza por delante; seguro que los yanquis lo aligeran un poco. Por lo demás, se mostraba muy alegre y seguro de sí mismo, como siempre: «todo marcha de fábula».

Te escribí que hacia el 18 de agosto recibí una postal de Schorlemmer desde el lago de Como; desde entonces no he vuelto a saber nada de él. En todo caso, ha de llegar a París ahora dentro de poco, y ha jurado traerte de allí a Londres junto con él y, si es posible, también a Paul. Espero de todo corazón que lo consiga; Nim ya se hace cábalas sobre los pocos preparativos necesarios, que realmente no exigirán grandes esfuerzos. ¡Ojalá el proceso de Paul no le impida venir!; la vieja tienda donde siempre compra tan a gusto calzoncillos a 1 chelín y 6 peniques el par aún existe, por si eso le sirve de aliciente.

Y si él no puede salir de allí, entonces tienes que concederte al menos un poco de tranquilidad y volver a visitar de una vez a tus viejos amigos de Londres. Ya sabes lo que decía Meyer: «cuando ella entra en la habitación, es como si saliera el sol»; ¡haz, pues, que el sol vuelva a salir una vez más sobre Londres!

Nim se hizo fotografiar en Eastbourne; el retrato está bien logrado y también pagado; quizá por eso todavía no han enviado las copias.

Dale por favor las gracias a Paul por su carta sobre la elaboración del vino; no sólo confirmó, sino que completó lo que ya había oído por otras fuentes. Es muy tranquilizador saber que en estos últimos días de la producción capitalista la filoxera ha echado a perder el Château Lafitte, el Lagrange y otros grands crus, ya que nosotros, que sabemos apreciarlos, no podemos conseguirlos, y los judíos y los advenedizos que los consiguen no saben apreciarlos. Puesto que ya no tienen misión alguna que cumplir, pueden irse a pique sin más; nuestros descendientes los renovarán rápidamente cuando se necesiten para grandes fiestas populares.

Lo que Mohr decía en 1870 en la circular a la Internacional, que mediante la anexión de Alsacia, etc., Rusia se había convertido en el arbitre de l’Europe, se vuelve ahora por fin palmario: Bismarck ha tenido que ceder por completo; hay que hacer lo que Rusia quiere. El sueño del Imperio alemán como guardián de la paz en Europa, sin cuyo permiso no puede dispararse ni un cañonazo, está destruido, y el filisteo alemán se ve tan esclavo del zar como en aquel tiempo en que Prusia era «la quinta rueda del carro europeo». Y ahora se abalanza sobre Bismarck, quien a fin de cuentas no hace sino aquello a lo que se le obliga. La furia es grande en Alemania, no sólo entre los filisteos, sino también en el ejército. Dice Liebknecht que desde 1866 jamás había habido una indignación semejante contra un acto del gobierno. Pero la cosa no se detendrá ahí. Cuando empiece el segundo acto del drama balcánico, estallará una guerra entre Rusia y Austria, y entonces ¡vogue la galère!: toda Europa arderá en llamas. A mí me pesaría mucho; indudablemente sería la última guerra, e indudablemente también ésta, como todo lo demás, acabará por redundar en nuestro favor. Pero probablemente retrasaría nuestra victoria, y el otro camino es más seguro. En lo que a esto respecta, apenas hay ciertamente otro camino que el de una revolución en Rusia, y mientras Alejandro siga la dirección de los paneslavistas, eso es bastante improbable. De hecho, el argumento decisivo de Giers frente a Bismarck fue: estamos entre paneslavistas y nihilistas; si mantenemos la paz, se unirán y la revolución palaciega será un fait accompli; por consiguiente, tenemos que marchar contra Constantinopla, y eso será para vosotros, Bismarck y Guillermo, menos perjudicial que una revolución rusa. Este invierno decidirá las cosas; por eso estoy obligado a terminar el tomo 3 para la próxima primavera.

He recibido varias visitas de Bax y hace poco una de Morris; Bax ve ahora el callejón sin salida en que se ha metido y querría salir de él a gusto, si ello fuera posible sin una retractación directa, y sin duda encontrará alguna escapatoria. Morris es un socialista sentimental redomado; se le podría enderezar fácilmente viéndole dos veces por semana con regularidad, pero ¿quién tiene tiempo para eso? Y si se le deja librado a sí mismo durante un mes, seguro que vuelve a perderse. Y aunque se tuviera tiempo para ello, ¿vale la pena todo el esfuerzo? Entretanto, Hyndman va consolidando cada vez más su posición, porque tiene un programa definido y una línea definida de acción política; Morris, en cambio, parece estar en contra de ambas cosas: su ideal es un club de debate en el que estén representados todos los matices. En medio de toda esta confusión, espero la ayuda de fondo de la edición inglesa de «El Capital»; 23 pliegos están impresos y corregidos, pero algo no marcha bien en la imprenta; no recibo pliegos nuevos y tampoco puedo averiguar nada, porque Sonnenschein está de vacaciones y nadie puede o quiere decirme dónde está el tropiezo.

Hoy hace un tiempo magnífico; ojalá se mantenga así hasta tu venida.

Con afecto, tuyo

F. Engels