en Plauen, cerca de Dresde

122, Regent’s Park Road, N.W.

Londres, 22 de junio de 1885
Querido Bebel:

Respondo enseguida a tu carta del 19, recibida esta mañana, para que te alcance aún antes del viaje más largo.

De los últimos acontecimientos, por lo menos en lo que atañe a las manifestaciones públicas, me he mantenido al corriente, y así he leído las diversas impertinencias de Geiser y Frohme, así como tus respuestas breves y contundentes.

Toda esta basura se la debemos en la mayor parte a Liebknecht, con su predilección por los sabelotodos cultos y las personas de posición burguesa, con las que uno puede darse importancia ante el filisteo. Es incapaz de resistirse a un literato o a un comerciante que coquetean con el socialismo. Pero ésas son precisamente en Alemania las gentes más peligrosas, y contra las que Marx y yo hemos combatido sin cesar desde 1845. Una vez que se las ha admitido en el partido, donde se introducen por todas partes, hay que estar continuamente disimulando, porque su punto de vista pequeñoburgués entra a cada momento en conflicto con el de las masas proletarias o porque pretenden falsearlo. No obstante, estoy convencido de que Liebknecht, cuando llegue realmente la hora de la decisión, estará de nuestro lado y afirmará por añadidura que eso fue lo que dijo siempre, y que nosotros le impedimos asestar el golpe antes. De todos modos, es bueno que haya recibido un pequeño escarmiento.

La escisión llegará con toda certeza, sólo que sigo opinando que no debemos provocarla bajo la ley de los socialistas. Si nos cae encima, entonces no habrá más remedio. Hay que prepararse para ello, y creo que son tres los puestos que, en cualquier caso, debemos mantener: 1) la imprenta y librería de Zúrich; 2) la dirección del «Sozialdemokrat»; 3) la de la «Neue Zeit». Son los únicos puestos que aún conservamos, y bastan también bajo la ley de los socialistas para que podamos comunicarnos con el partido. Todos los demás puestos en la prensa los tienen los señores filisteos, pero no compensan ni con mucho aquellos tres. Podrás impedir muchas cosas tramadas contra nosotros y, en mi opinión, deberías hacer todo lo posible para que esos tres puestos nos queden asegurados de una u otra manera. Cómo empezarlo, tienes que saberlo mejor que yo. Ede y Kautsky, como es comprensible, se sienten muy sacudidos en sus puestos de redactores y necesitan ánimo. Que se intriga intensamente contra ambos es evidente. Y son un par de personas muy decentes y valiosas: Ede es, en teoría, una cabeza muy abierta, además ingenioso y pronto en la réplica; pero le falta aún la confianza en sí mismo, cosa hoy realmente rara y, frente a la general megalomanía hasta del más pequeño burro con estudios, una verdadera suerte relativa; Kautsky ha aprendido en las universidades una masa espantosa de estupideces, pero se esfuerza al máximo por desaprenderlas; ambos pueden soportar la crítica sincera, han captado bien lo esencial y son de fiar. Ante la espantosa nueva generación de literatos que se pega al partido, dos personas así son auténticas perlas.

Lo que dices de nuestros representantes parlamentarios en general, y de la imposibilidad de crear una representación realmente proletaria —en tiempos de paz como los actuales—, es del todo mi opinión. Los parlamentarios necesariamente más o menos burgueses son un mal tan inevitable como los agitadores profesionales, procedentes de obreros puestos en entredicho por la burguesía y por tanto desempleados, que el partido se carga encima. Esto último ya estaba muy extendido entre los cartistas en 1839-48, y ya entonces pude observarlo. Si hay dietas, éstos se situarán al lado de los diputados predominantemente burgueses y pequeñoburgueses, o sea, «instruidos». Pero todo eso se superará. En nuestro proletariado tengo la misma confianza ilimitada que ilimitada desconfianza hacia la completamente degenerada estrechez pequeñoburguesa alemana. Y cuando las épocas se vuelvan algo más animadas, la lucha se agudiza de tal modo que se la puede llevar con amore¹, y el enfado por la mezquindad y el filisteísmo con los que ahora tienes que bregar en detalle —y que yo conozco también por vieja experiencia— desaparece en las grandes dimensiones del combate, y entonces también tendremos la gente adecuada en el Parlamento. Pero, claro, a mí me resulta fácil hablar; tú, entre tanto, tienes que comerte toda la sucia bazofia, y eso no es ninguna broma. En todo caso, me alegro de que físicamente estés otra vez sobre los pies. Cuida tus nervios para tiempos mejores; aún los necesitamos.

De «El Capital», libro III, he dictado en lo esencial el manuscrito hasta obtener una escritura legible. En cinco o seis semanas este primer trabajo estará casi terminado. Luego viene la redacción final, muy difícil, que exigirá mucho trabajo. Pero es brillante, golpeará como una tempestad. Del libro II espero a diario los primeros ejemplares. Recibirás uno enseguida.

Tu viejo

F. E.

23 de junio. Hoy se ha hecho demasiado tarde para certificar, por tanto se enviará mañana.
24 de junio. Periódicos de Berlín recibidos con agradecimiento.

¹ con pasión