en París

Londres, 29 de mayo de 1885

Mi querida Laura:

Así que una cosa está ahora clara: ¡el pobre Paul está en su trena, en Sainte‑Pélagie! Espero que no sea por cuatro meses… ¡y precisamente los cuatro mejores del año! Pero al menos tiene un consuelo: ¡ya no tendrá que andar atormentándose entre la caza furtiva y el robo con fractura (de la pestilencia)! También puede considerarse como una victoria duramente conquistada el que haya podido recuperar su vieja trena en compañía de un anarquista cascarrabias. Bueno, esperemos que Revillon y algunos otros diputados le calienten las orejas al gabinete liberal y consigan su liberación.

Harney partió ayer hacia Macclesfield y ha llegado bien. Realmente está mucho mejor, pero, naturalmente, los dolores no desaparecen todos de golpe, y en cuanto se siente algo más aliviado empieza a ir de un lado para otro en coches de alquiler; así lo hizo dos días antes de su partida, luego vino el viaje y, naturalmente, ha llegado en un estado bastante lamentable. Temo que no llegue nunca a restablecerse del todo, en parte porque es una dolencia demasiado antigua, y en parte porque es inconsecuente y hace caso a todo el que le propone un remedio. Para la pobre Nim fue una época difícil, y por ella me alegro de que haya terminado. Sam Moore tuvo que mudarse a casa de Pumps; esta vez creo que no le importó, porque andaba ansioso por exposiciones, galerías de pintura, academias de arte y cosas por el estilo, y así Pumps y él pasan el tiempo muy agradablemente. Hoy van a Lord’s a ver un partido de cricket.

Esta mañana he recibido el último pliego de corrección de mi prólogo al segundo tomo del «Capital»; ya ves, por tanto, que la noticia de que ya había aparecido vuelve a ser un pato periodístico. Puedes estar segura de que, en cuanto salga y recibamos ejemplares, ese mismo día se te enviará uno.

La tercera edición de «El 18 de Brumario» está en prensa; ya se han impreso dos pliegos.

La traducción italiana de «El origen» también está en prensa. Pero ya verás en seguida que difícilmente será posible traducirla de ahí al francés. Si Paul la utiliza sólo para comprender mejor el original, aún puede pasar; pero fuera de eso no le proporcionaría más que una copia muy aguada y un refrito, y yo no tengo la menor ambición de presentarme de esa forma ante el público francés. El hombre ha hecho lo que ha podido, y algunos pasajes están realmente bien. Pero no se puede esperar de él, que aprendió alemán en Benevento por su cuenta, que traduzca un alemán idiomático a un italiano idiomático equivalente. Y esa deficiencia no podía remediarla yo, porque mi italiano idiomático no es italiano, sino sólo milanés, y además ése ya casi lo he olvidado.

Espero que en París no vuelva a haber choques por banderas rojas y demás: la policía necesita algunas barricadas, y si las consigue, habrá una hermosa carnicería; el pueblo no tiene la más mínima probabilidad de triunfar. Aun cuando el gobierno vacile, los militares reaccionarios se encargarán de que todo esté sobre las armas y de intervenir.

Un consuelo para Paul: el día del entierro del gran viejo francés está, por así decirlo, «fuera de París».

Mientras leía pliegos de corrección, escribía a Harney, le preparaba paquetes y le escribía a un pastelero de Colmar que me pidió consejo sobre si podría encontrar trabajo en Londres (respuesta: decididamente, no), y despachaba otras muchas cosas, han dado las 5.20, de modo que tengo que terminar si aún quiero alcanzar el correo. Así que, con la esperanza de que Paul no sea demasiado desdichado ni esté demasiado tiempo donde está, y de que tú, a pesar de todo, conserves ese estado de salud anormal para París, pongo punto final.

Nim envía saludos.

Con afecto,
Tuyo
F. Engels