en París

Londres, 19 de mayo de 1885
Mi querido Lafargue:
El affaire Lissagaray me ha divertido mucho, y espero que lo echen de la “Bataille”. La ironía de la historia es inexorable, incluso para los chinches revolucionarios.

Ya me comen, ya me comen
Por do mas pecado habia!,

como dijo el buen rey Don Rodrigo, cuando las serpientes le devoraban su parte vital. Le Brousse al frente de un periódico sería demasiado divertido, no durará mucho, eso es justo lo que le faltaba para arruinarse.

El pensamiento de que la vida no es más que el modo normal de existencia de los cuerpos albuminoideos y de que, en consecuencia, la albúmina, si la química consiguiera alguna vez producirla, ha de mostrar fenómenos vitales, se encuentra en mi libro contra Dühring, donde lo he desarrollado en esbozo en las páginas 60 y siguientes. Sch[orlemmer] lo ha asumido y se ha metido en un asunto arriesgado al hacerlo; pues si tiene mala suerte, es él quien queda en ridículo, y si sale bien, será el primero en atribuírmelo a mí. — Por lo demás, vuestro Grimaux es un imbécil, si realmente ha dicho: nada nos indica cómo se produce ese primer movimiento por el cual un albuminoide se convierte en una célula orgánica viva. El simple no sabe, pues, que existe todo un ejército de seres vivos que distan aún mucho de la organización de una célula y que, como dice Haeckel, no son más que un “Plasson”, albuminoides sin traza alguna de organización, pero vivos, por ejemplo las protamebas, los sifones, etc. El pobre albuminoide ha trabajado probablemente millones de años para organizarse como célula. Vuestro Grimaux no ve, pues, ni siquiera de qué se trata. Sigue mostrando su ignorancia en fisiología al comparar el protoplasma primordial, fuente de toda vida sobre la tierra, con un producto tan especializado como el huevo de un vertebrado.

Desde hace 10 días tenemos aquí al pobre Harney, que sufre mucho de reumatismo articular crónico y también de gota. Nim está muy ocupada con él. Si el tiempo mejora, quiere marcharse el sábado a Macclesfield. El sábado esperamos también a Sam Moore con su traducción, que desgraciadamente aún no está terminada.

El tomo II está impreso, salvo mi prólogo, cuyas pruebas de imprenta espero de un día para otro. Los envíos a D[anielson] han llegado todos hasta ahora y hay 7 pliegos traducidos. Del tomo III tengo dictada más de la mitad, pero dos secciones me van a dar todavía mucho trabajo. La relativa al capital bancario y al crédito está en un desorden que aterraría a alguien más fuerte que yo, pero no hay nada que hacer. Ahora estoy con la renta del suelo. Es de una belleza maravillosa. Sin embargo, tendré aún mucho trabajo con ello, pues el manuscrito data de 1865 y hay que estudiar sus extractos de 1870-78 sobre los bancos y sobre la propiedad territorial en América y en Rusia. Y no son pocos. Este tomo III se hará esperar, pues, por lo menos un año más.

La pequeña ráfaga de viento en nuestras filas en Alemania probablemente se calmará por el momento; como el Reichstag se ha ido de vacaciones, los señores de la “fracción socialista” se han dispersado. La victoria moral ha sido para el “Sozialdemokrat” frente a la “fracción”. Pero esto no es el final, puede empezar de nuevo. Si no existiera la ley contra los socialistas, yo sería partidario de la escisión abierta. Pero mientras esté en vigor, nos priva de todas nuestras armas y otorga toda la ventaja al grupo pequeñoburgués del partido; y, en fin de cuentas, no es asunto nuestro provocar la escisión. La cosa era inevitable y tenía que llegar tarde o temprano; pero habría llegado más tarde o en condiciones más favorables para nosotros si Liebk[necht] no hubiera hecho tonterías tan increíbles. No sólo maniobró entre los dos grupos y favoreció siempre a los pequeñoburgueses, sino que estuvo más de una vez dispuesto a sacrificar el carácter proletario del partido por una aparente unidad en la que nadie cree. Parece que ahora sus propios protegidos, los representantes del lado pequeñoburgués, se han hartado de su doble juego. Liebk[necht] cree siempre lo que dice en el momento en que lo dice; pero cada vez que habla con otro, cree algo distinto. Aquí es enteramente revolución, allí enteramente miramiento. Eso no le impedirá, en el día decisivo, estar con nosotros y decirnos: ¡siempre os lo dije! Esto entre nosotros. Déle un abrazo a Laura de mi parte.

Con toda amistad, suyo
F. E.