en Zúrich

Londres, 15 de mayo de 1885

Querido Ede:

También yo tengo que escribirte de nuevo unas líneas, pues de lo contrario te me pones demasiado melancólico. Tú y Kautsky parecéis sopharos mutuamente tanta tristeza que podría hacerse con ello todo un concierto en tono menor; es exactamente como el trombón en Wagner, que siempre entra en acción cuando ocurre alguna desgracia. Siempre olvidáis, cuando llega una mala noticia, el viejo refrán: no se come nada tan caliente como se cocina.

La impresión de toda la colisión entre «fracción y redacción» es, pues, general e inevitable: la fracción se ha puesto en ridículo. Y si la fracción insistiera en hacerlo otra vez, no hay que impedírselo. Si hubieras impreso inmediatamente, como se te pedía, el primer rescripto, habría quedado aún más en ridículo, y la «tormenta de indignación» habría llegado de todos los rincones. Ciertamente, no se te podía exigir eso en el primer momento, pero no es menos seguro que no tenemos ningún interés en impedir que la fracción se muestre tal como es. Tal como están las cosas, ahora «fracción y redacción» se enfrentan como potencias equiparadas —ante el público—; tal es el resultado de la última y larga declaración de compromiso, y se puede esperar a ver qué más sucede.

Tuve aquí a Singer el domingo y le corté en seco todas sus retóricas: la primera declaración de la fracción, dijo, no iba dirigida tanto contra los artículos del periódico como contra el (pretendido) intento de provocar una tormenta de indignación contra la fracción. Eso, dije yo, el público no puede saberlo. Cuando ustedes hacen una declaración pública, esta solo puede referirse a hechos públicamente conocidos. Pero si arremeten contra el periódico por cosas que no han aparecido en absoluto en él, el público dice con razón: ¿qué pretenden esos señores sino suprimir la libre expresión de la opinión? Eso tuvo que admitirlo. Luego dije yo que, a juzgar por el estilo que conozco muy bien, la mayoría de los artículos mal vistos eran de Liebknecht. —Singer: Completamente cierto, y por ello también se lo hemos hecho pagar cumplidamente a Liebknecht en la fracción. —Yo: Pero censurar públicamente al periódico por imprimir cosas que provenían de la propia fracción, eso no es admisible. Eso debían arreglarlo ustedes entre sí. En lugar de ello, atacan públicamente a la redacción por asuntos que son puros interna de la fracción. ¿A quién se supone que ha de atenerse entonces la redacción? A esto tampoco supo qué responder. En resumen, se han puesto ustedes en ridículo con un paso irreflexivo, y quien ha resultado vencedor ante el público es la redacción. Esto también tuvo que admitirlo indirectamente. Como me limité sencillamente a los puntos decisivos y reduje a cero todos sus chismes personales, de los que traía muchos, en diez minutos habíamos terminado.

Con esto, naturalmente, el asunto no está zanjado. Pero ahora conocemos el lado débil de esos señores. Si yo fuera redactor del «Sozialdemokrat», dejaría, por parte de la redacción, que la fracción hiciera y deshiciera a su antojo, es decir, en el Reichstag, dejando la crítica al respecto a los camaradas de partido, en virtud de la consabida «libre expresión de la opinión», y declararía a Liebknecht de una vez por todas que él ha de responder de sus artículos ante la fracción misma, para que con eso cese al menos en esa medida su doble juego. Si, por lo demás, el periódico sigue siendo redactado en la decidida orientación seguida hasta ahora, eso es todo lo que necesitamos. Es mucho más importante que se mantenga el punto de vista teórico frente a las tonterías que se imprimen en Alemania, que no que se critique el modo de actuar de la fracción. Los propios elegidos hacen ya todo lo posible por ilustrar a los electores sobre el carácter de los elegidos. Y, por lo demás, la historia cotidiana da motivo suficiente para poner de relieve el punto de vista, incluso dejando la fracción a la fracción y a los camaradas de partido. Pero lo que más les irrita es precisamente el punto de vista, y eso no se atreven a atacarlo públicamente.

Ahora el Reichstag se va pronto a casa. Entretanto, esos señores —aunque casi todos son proteccionistas secretos— han visto cómo funciona el proteccionismo. Esa es ya una primera decepción. Y aún vivirán unas cuantas más. Eso no cambia su carácter pequeñoburgués, pero sí ha de volver insegura su actuación y dividirlos entre sí en lo tocante a las cuestiones pequeñoburguesas sobre las que han de pronunciarse en pro o en contra. A esta calaña no hay más que darle un poco de margen, y ya se encargan ellos de volverse inofensivos mutuamente.

En resumen, nuestra política es, creo, temporizar. Ellos tienen a su favor la ley contra los socialistas, y si durante su vigencia solo encuentran ocasión de mostrarse tal como son, en lo principal no necesitamos nada más. Mientras tanto, tenemos que mantener cada posición hasta el extremo, sobre todo en la prensa, lo cual no siempre exige resistencia directa. El rodear el obstáculo es también un medio de defensiva con réplicas ofensivas. Por el momento tenemos mucho en contra. Bebel está enfermo y, según parece, desanimado. Tampoco yo puedo ayudar como quisiera hasta que haya terminado con los manuscritos de Marx. Así que el peso de la lucha recae sobre ti y sobre Kautsky. Pero no olvides la vieja regla: por encima de la actualidad del movimiento y de la lucha, no hay que olvidar el futuro del movimiento. Y ese nos pertenece. El tercer tomo de «El Capital» fulminará a todos esos tipos de un solo golpe.

Tuyo,
F. E.