en Ginebra

Londres, 2 de abril de 1885
Querido viejo:

Para que no creas que te he olvidado, te he girado un envío postal de cinco libras y espero que recibas el dinero enseguida. A mí me va pasablemente hasta ahora; ciertamente, aún no estoy otra vez en condiciones de prestar servicio de guerra y dudo que pueda volver a montar jamás un caballo, pero para el trabajo de paz aún estoy ágil y dispuesto. El segundo tomo de «El Capital» está impreso en sus 2/3 partes y aparece en unos 2 meses; el tercero está en pleno trabajo. Este tercero, que contiene los resultados concluyentes, y por cierto cosas absolutamente brillantes, revolucionará de una vez por todas toda la economía y hará un ruido enorme.

Entre tanto, vuelve a haber algo de vida en el tenderete. La caída de Ferry hace el comienzo, luego le llega el turno a Gladstone, y en cuanto el asno de Guillermo¹ espiche, seguirá Bismarck. La situación más favorable para nosotros es cuando, en el momento de la revolución, los elementos más radicales de la burguesía están en el timón en todas partes: Clemenceau en Francia, Dilke y Chamberlain aquí y Richter en Alemania, para que ellos mismos se arruinen de antemano y la revolución se haga contra ellos, no para ellos. Esto parece querer llegar, si es que en París no ocurren precipitaciones.

Como no es posible de otra manera bajo la ley contra los socialistas, un número de nuestros hombres han enviado al Reichstag a una partida de verdaderos filisteos, que empiezan a sentirse importantes porque son la mayoría de la fracción. Hay que esperar ahora a ver hasta dónde llegan; a remolque se les puede aguantar durante un tiempo, pero al frente, no. Saben que no tienen a las masas detrás de sí, pero saben también que las masas, por el momento, tienen las manos fuertemente atadas. Una cosa es segura. Si toman la sartén por el mango, yo sigo la marcha solo hasta cierto punto, después se dice: bon jour messieurs². Por desgracia, debido a la sobrecarga de trabajo, no puedo largarme como quisiera, pero quizá sea bueno dar a los señores un poco

1 Guillermo I. – * despedirse

de margen. La historia de la subvención a los vapores ha terminado aún hace poco de manera llevadera, después de que algunos se pusieran en ridículo de lo lindo. Ahora quieren irle al cuello al «Sozialdemokrat» de Zúrich. Ahí la cosa ya se pone más seria. Pues ya es bastante con aguantar que los señores del Reichstag lo pongan a uno en ridículo, pero ante toda Europa... eso sí que no puede ser. Si Bebel estuviera sano, todo esto importaría poco, pero está nervioso, agotado y, encima, tiene que trabajar duramente para su familia.

Pero todo esto volverá a su cauce cuando el viejo Guillermo largue velas. El príncipe heredero es un mozo débil, indeciso, hecho enteramente para que le corten la cabeza; su mujer, ambiciosa, tiene su propia camarilla; en pocas palabras, habrá todo tipo de cambios que sumirán en la confusión la vieja economía, harán confusos e inseguros a los funcionarios, y la burguesía se verá forzada a derribar por fin un pedazo de los viejos trastos y a desempeñar un papel político, como es su maldita obligación. Solo que vuelva la vida al tenderete político interior, no necesitamos nada más. Pero la cochina burguesía está tan decaída, que lo que debería hacer voluntariamente como clase en su propio interés, solo lo hace forzada, forzada por circunstancias históricas que se le imponen. Y mientras viva el viejo asno, no se verá forzada a moverse, y por eso espero que espiche, y de muerte natural, para que el sucesor sea libre en la elección de qué estupidez quiere cometer primero. Y con este piadoso deseo quiero terminar, en vista de que se acerca el cierre del correo. Borkheim estuvo algo más indispuesto durante el invierno, pero ahora está otra vez mejor, es decir, en su estado habitual.

Saludo fraternal.

Tu viejo

F. E.