en Tubinga
(Borrador)

[Londres] 26/3/85

Muy señor mío:

Difícilmente creo que pueda corresponder a su deseo. Ciertamente, de toda la actividad no solo literaria, sino también política de Marx podría usted formarse una imagen bastante clara del hombre Marx; ahora bien, es verdad que esa actividad está ahí, patente para el mundo, pero precisamente no para el mundo alemán, ya que el material correspondiente ha aparecido en su mayor parte en el extranjero. Por otra parte, una caracterización por mi parte tendría que ser necesariamente breve, es decir, no solo deficiente, sino también más o menos asertórica y, de paso, «ameno-literaria», resultando así peor que ninguna. Además, no puedo pretender que usted me crea a pie juntillas en mi juicio, y en fin, no sabría qué resultaría de lo escrito, incluso en el caso de la indudable bona fides por parte suya. Pero si usted parte de la presunción de que Marx era en todo y por todo precisamente lo contrario de un filisteo alemán, no andará muy descaminado.

Si el momento para una crítica de Marx se da precisamente ahora, cuando en pocos meses aparece el libro II de «El Capital» y el III está en preparación, es cosa que usted debe decidir. En todo caso, tiene usted razón en que la crítica y la llamada «ciencia» no han mostrado hasta ahora más que una «falta general de juicio», y con ello a nadie han regocijado más que al mismo Marx. Todavía lo veo reír ante el suspiro de desesperación del señor Schäffle: que llevaba ya diez años estudiando «El Capital» y aún no lo había comprendido.

Engels a Johann Philipp Becker
en Ginebra

Londres, 2 de abril de 1885
Querido viejo:

Para que no creas que te he olvidado, te he girado un envío postal de cinco libras y espero que recibas el dinero inmediatamente. A mí me va pasablemente; todavía no estoy otra vez apto para el servicio de campaña y dudo de si podré volver a montar a caballo alguna vez, pero para el trabajo de paz aún sirvo con soltura. El segundo tomo de «El Capital» está impreso en sus dos terceras partes y aparecerá en unos dos meses; el tercero está en plena elaboración. Este tercero, que contiene los resultados finales, y por cierto cosas brillantísimas, revolucionará definitivamente toda la economía y causará un ruido enorme.

Entretanto, vuelve a haber algo de vida en el cotarro. La caída de Ferry marca el comienzo; Gladstone viene luego a su turno, y en cuanto el burro de Guillermo estire la pata, le seguirá Bismarck. La situación más favorable para nosotros es que, en el momento de la revolución, estén en el timón en todas partes los elementos más radicales de la burguesía, Clemenceau en Francia, Dilke y Chamberlain aquí, y Richter en Alemania, para que se arruinen a sí mismos de antemano y la revolución se haga contra ellos, no a favor de ellos. Esto parece querer llegar, siempre que en París no ocurran precipitaciones.

Como no es posible de otra manera bajo la ley antisocialista, una cantidad de redomados filisteos de los nuestros han sido enviados al Reichstag y empiezan a sentirse, porque son la mayoría de la fracción. Hay que esperar a ver hasta dónde llegan; a remolque se los puede aguantar durante algún tiempo, pero a la cabeza, no. Ellos saben que no tienen a las masas detrás de sí, pero también saben que las masas, por ahora, están muy atadas de manos. Una cosa es segura. Si se hacen con la sartén por el mango, yo sigo solo hasta cierto punto, y luego se dice: bon jour messieurs. Por desgracia, debido a la acumulación de trabajo, no puedo largarme como quisiera; pero tal vez sea bueno dejar que esos señores se hagan un poco-