en París

(Extracto)

[Londres, hacia el 25 de enero de 1885]

...Sabe usted qué esfuerzos ha emprendido desde hace años el gobierno ruso para forzar a Inglaterra y a Francia —pero sobre todo a Inglaterra— a la extradición de los heroicos nihilistas. Si estos dos países se ganasen para semejante causa, el resto de Europa tendría que seguir este ejemplo. Cabría entonces incluso la esperanza de arrastrar a América a este movimiento.

Ahora bien, la “Pall Mall Gazette” del 15 de enero publicaba un artículo de una tal señora Novikov, entregada en cuerpo y alma al zarismo, que apelaba de nuevo a Inglaterra para que no siguiera concediendo asilo a los Hartmann, Stepniak y todos aquellos que “organizan el asesinato en Rusia”. Los ingleses, se dice allí, están ahora expuestos a los mismos atentados con explosivos; el refugio que conceden a los dinamiteros rusos lo concede América a los dinamiteros irlandeses. Lo que Inglaterra exige de América es exactamente lo que Rusia exige de Inglaterra.

Esto ya es bastante claro. Pero hay más todavía. En la mañana del 24 de enero todos los periódicos dieron a conocer el texto del tratado[!?] concertado por vía diplomática entre Petersburgo y Berlín, en el que se estipula la extradición de emigrados políticos y que se pretende extender a Alemania y luego a toda Europa.

Y en esa misma tarde del 24 de enero, Londres es presa del terror por una triple explosión, atentados dirigidos contra el legislativo en la Cámara de los Comunes, contra el judicial en Westminster Hall y contra el ejecutivo en la Torre. Esta vez ya no se trata de volar por los aires retretes públicos[!?] ni de asustar a los viajeros del ferrocarril subterráneo. Se trata aquí de un ataque concentrado contra los tres grandes poderes del Estado, simbolizados por los edificios donde tienen su sede.

¿Se trata aquí del acto de unos fenianos sobreexcitados? ¿No es más bien el gran golpe que el zarismo necesita para obligar a Inglaterra a sumarse a su liga contrarrevolucionaria? Si la dinamita es de origen ruso, si ha sido manejada por agentes rusos, entonces, pregunto yo, ¿podía estallar en un momento más oportuno para arrojar al aterrorizado y contrito John Bull a los pies de Alejandro III?...

del 31 de enero de 1885.