en Engelskirchen  

Londres, 1 de diciembre de 1884

Querida Lottchen,

Esta mañana, poco antes de las diez, recibí tu telegrama. Desde hace algún tiempo estaba preparado para esta noticia, desde que Hermann me había escrito con detalles sobre el estado de Emil, y especialmente desde que tu cuñado Colsman me visitó la semana antepasada. Hablamos mucho de Emil; Colsman estaba completamente informado de la situación médica, ya no había esperanza, la decisión estaba tomada, el desenlace era sólo cuestión de semanas. Y sin embargo, no la había esperado tan pronto. Ha ocurrido, y tenemos que resignarnos a ello.

Es un capítulo en tu vida, querida Lottchen, como no volverás a vivir ninguno; una raya que tacha toda una suma de dicha conyugal, a la que se ha puesto fin de manera irreparable. Sé cuán desolado y vacío debe parecerte el mundo en este instante; sé que, en lo más íntimo de tu corazón, deseas que las cosas se dispongan de modo que pudieras ir a descansar al lado de tu Emil de inmediato. Es natural, es el deseo de todo aquel que vela el féretro de un esposo amado. Pero piensa que también mi madre tuvo que pasar por esto. Fue feliz durante 41 años, y entonces enviudó. Y pocas mujeres han amado a sus maridos con más ternura que ella a mi padre. Y sin embargo, en sus hijos y rodeada de sus hijos y nietos revivió, y vivió otros 14 años entre nosotros, por lo menos sin ser desdichada. Y ella era mayor que tú, y todos sus hijos adultos y ya establecidos, mientras que tú aún tienes varios, para con los cuales hay que cumplir deberes que sólo una madre puede cumplir realmente y que pesan tanto más cuanto que ahora se han quedado sin padre.

Desde siempre mantuve con Emil una relación particularmente íntima, y por más que nuestras concepciones divergieran, teníamos en común el ocuparnos ambos de cuestiones científicas, aun sin atender a la utilidad práctica directa. Pero hay una cosa que nunca olvidaré. Cuando, después de la muerte de mi padre, tuve que afrontar aquí las circunstancias más difíciles, en un estado de salud corporal tan deteriorado que era incapaz de tomar una sola decisión necesaria con sano juicio y libre capacidad de pensamiento, fue Emil quien, con mirada clara, resolución firme y pleno dominio de la situación, me sacó de aquel atolladero y llevó a feliz término la negociación de Manchester, de la que dependía todo mi porvenir. Si ahora estoy aquí en Londres, siendo un hombre independiente, se lo debo en no pequeña medida a Emil.

Mi estado de salud, todavía precario, no me impediría cruzar el Canal esta misma noche para rendir el último tributo a mi querido hermano. Pero existe la posibilidad, e incluso la probabilidad, de que mi presencia pudiera provocar vejaciones policiales, y a eso no quisiera exponeros ni a ti ni a todos vosotros en un momento así por nada del mundo. Pues hace unos meses acosaron a un químico de fama mundial, inglés naturalizado, miembro de la Academia de Ciencias de aquí, en su ciudad natal de Darmstadt, simplemente por haber asistido al entierro de Marx, y le acosaron hasta el punto de que se marchó de inmediato. ¿Qué he de esperar yo? Bien tendré que considerarme de nuevo, por el momento, como refugiado político.

Ahora bien, querida Lottchen, una cosa sé: vosotras, las mujeres, sois más valientes y fuertes que nosotros los hombres. Lo que vosotras pasáis cuando es necesario, nosotros no lo imitamos. Tú, con tu maravilloso dominio de ti misma, que tantas veces te he envidiado, también superarás esta durísima prueba, el dolor que todos compartimos contigo y del que, sin embargo, a ti te toca la mayor parte.

Da un beso de mi parte a todos tus hijos. Con sincero cariño,

tu fiel y viejo

Friedrich