en Zúrich

Londres, 11 de nov. de 84

Querido Ede:

¡La pregunta de tu carta acerca del artículo de Marx sobre Proudhon¹ se resolvió con mi prefacio,² en el cual hice referencia directa a él! Hazme saber ahora cómo pensáis organizar el conjunto; puedo recibir a diario las pruebas del prefacio y así ajustar en él la referencia al mencionado artículo, al extracto de la «Contribución a la crítica»³ y, eventualmente, al «Discours».

Con razón has destacado en el «Sozialdemokrat» que nosotros somos los únicos adversarios serios del Centro. Sólo nuestro avance en las fortalezas del Centro —Múnich, Maguncia, Colonia, Aquisgrán, Düsseldorf, Essen, etc.— puede hacer saltar esta amalgama artificialmente mantenida de tendencias contrapuestas y obligarlas a definirse, a mostrar cada una sus colores. Y entonces se verá que la fracción verdaderamente católica no es más que el ala católica de la reacción, como en Bélgica y Francia lo es toda la reacción. Y a nadie le resultaría más fatal esta desintegración del Centro que al señor Bismarck, quien puede hacer un maldito buen uso de un partido así, de todo el mundo.

Sobre el desarrollo de las segundas vueltas me entero de poco y con retraso. Espero ahora que muchas resulten bien, porque en este momento, cuantos más elementos nuevos entren en la fracción, tanto mejor. Los peores (los instruidos) ya han sido elegidos; los que aún vienen son en su mayoría obreros, y éstos sólo pueden mejorar la sociedad.

¡¡La ley antisocialista!! está sentenciada. El Estado y la burguesía se han puesto en ridículo de manera mortal ante nosotros. Pero no por ello dejan de seguir viviendo tan campantes, y quien creyera que por eso tendría que caer la ley, podría llevarse un buen chasco. El viejo John Russell aquí siguió siendo primer ministro durante veinte años después de estar políticamente muerto. Para derogar una ley siempre hace falta tomar una decisión, y difícilmente se decidirán a tomarla. En el mejor de los casos, habrá artículos penales que nos costarán mayores sacrificios que la propia ley antisocialista.

Ahora tendremos que presentar propuestas legislativas positivas. Si se las formula con decisión, es decir, sin miramientos a los prejuicios pequeñoburgueses, serán muy buenas. Pero si hay cuadriláteros al estilo de Geiser y Viereck, entonces es malo. La jornada normal de trabajo (10 horas, descendiendo gradualmente a unas 8), la legislación fabril interior e internacional (en la que la interior podrá ir más lejos que la internacional), revisiones radicales de la legislación sobre responsabilidad civil, accidentes y enfermedades, invalidez laboral, etc., ofrecen material y ocasión suficientes. Nous verrons.

Las elecciones de 1884 son para nosotros lo que 1866 para el filisteo alemán. Entonces éste se convirtió de golpe, sin ayuda suya, incluso contra su voluntad, en «gran nación». Ahora nosotros nos hemos convertido, pero por nuestro propio y duro trabajo y pesados sacrificios, en «gran partido». Noblesse oblige. No podemos atraer hacia nosotros a la masa de la nación sin que esta masa se desarrolle gradualmente. Fráncfort, Múnich, Königsberg no pueden volverse de repente tan marcadamente proletarias como Sajonia, Berlín, los distritos industriales de Berg. Los elementos pequeñoburgueses entre los dirigentes encontrarán momentáneamente aquí y allá en las masas el trasfondo que hasta ahora les faltaba. Lo que hasta ahora era corriente reaccionaria en individuos aislados puede reproducirse ahora —localmente— como momento necesario de desarrollo en las masas. Esto haría necesaria una táctica modificada, para seguir conduciendo a las masas sin dejar por ello que los malos dirigentes suban a la superficie. También esto está por ver.

Mañana emprenderé la muy enrevesada redacción final del tercer capítulo del libro II de «El Capital». En cuanto acabe con ello, espero encontrar tiempo para reelaborar la «Guerra de los campesinos», que esta vez aparece como punto de inflexión de toda la historia alemana, por lo cual ha de recibir importantes añadidos históricos al comienzo y al final. Sólo la narración de la lucha misma quedará aproximadamente como está. Creo que es más importante imprimir primero la «Guerra de los campesinos» que el «Dühring»,⁴ en el que cambiaré poco, sólo añadiré notas o apéndices. ¿Cómo pensáis organizar la impresión?

Cualquiera que sea la suerte de la ley antisocialista, en mi opinión el periódico y la imprenta de Zúrich tendrán que subsistir. La libertad, incluso la que teníamos antes de 1878, no nos la devolverán. A los Geiser y los Viereck se les dejará plena libertad, con el bonito pretexto de que llegan tan lejos como pueden. Para nosotros, en cambio, la necesaria libertad de prensa sólo podremos tenerla en el extranjero. Por lo demás, también es posible que se hagan intentos de recortar el sufragio universal; la cobardía vuelve estúpido, y el filisteo es capable de tout! Por lo pronto, naturalmente, nos harán cumplidos a diestra y siniestra, y no en todos caerán en terreno pedregoso. En especial, podría tener ganas el amigo Singer de demostrar a la gente que, a pesar de su barriga o precisamente por ella, no es un ogro devorador de hombres.

K. Kautsky habrá recibido mi carta de ayer.

Tuyo,
F. E.

¹ «Sobre P.-J. Proudhon». — ² «Prefacio a la primera edición alemana del escrito de Karl Marx “Miseria de la filosofía”». — ³ Karl Marx: «Contribución a la crítica de la economía política». — ⁴ «La revolución de la ciencia por el señor Eugen Dühring».