en Engelskirchen

Londres, 11 de noviembre de 1884

Querido Hermann:

Las tristes noticias sobre la enfermedad de Emil³, que me trajo tu carta del 25 de septiembre, no me resultaron del todo inesperadas. Él mismo me había escrito de cuando en cuando sobre su estado de salud y sobre la necesidad en que se hallaba de tener que pasar el invierno en el sur, y también tus cartas anteriores contenían no pocas insinuaciones que me tenían preocupado. Si ahora finalmente se le han presentado tubérculos —lo que no es precisamente frecuente a nuestra edad—, eso es, ciertamente, una señal muy mala, pero espero que, a pesar de todo, aún pueda permanecer algún tiempo entre nosotros y en un estado que no le haga la vida del todo una carga. Una alegría ha experimentado aún, según he visto hace poco en el periódico: la inauguración del ferrocarril del valle del Agger, por el que ha trabajado incesantemente durante tantos años. Aunque este pequeño ramal no es ni mucho menos lo que él ambicionaba, es mejor que nada y traerá al valle y a Engelskirchen una vida por completo distinta de la que hasta ahora tenía.

Te habría escrito antes, pero se interpuso la boda de Hermann⁴, momento en que no sabía muy bien dónde estabas, y desde entonces he estado a menudo interrumpido y sobrecargado de trabajo. Además, en los últimos 18 meses he tenido ocasión de recordar en persona propia y con fuerza la fragilidad del cuerpo humano. Lo que fue en realidad, probablemente nunca lo sabré; basta decir que ahora el asunto parece arreglarse y que va derivando en un defecto de tipo herniario (no se trata de un trozo de intestino que se descienda, sino de líquido abdominal). He dado con un bandagista muy competente, que ha tratado muchos casos de esta clase, por lo demás bastante raros, y que ha construido para ello un aparato muy práctico, nada molesto; después de largos ensayos, estoy ya con él en bastante buen estado y puedo por fin volver a moverme y, lo que me resultaba casi del todo imposible, trabajar en el escritorio. Si la cosa sigue así, me alegraré; aparte de la flojera de músculos y ligamentos, natural después de estar tanto tiempo tendido e inmóvil en el sofá, ya no siento nada y me voy convirtiendo poco a poco en el de antes.

Espero que, por lo demás, todos vosotros estéis bien. Rudolf⁵ parece también que va saliendo a flote. Parece que en más de un aspecto ha heredado la constitución de nuestro padre, quien también hasta los cuarenta años anduvo siempre con problemas de estómago, pero luego se puso del todo sano y probablemente viviría aún si no se lo hubiera llevado la fiebre tifoidea.

Hazme saber pronto, por favor, cómo siguen Emil y los demás, y qué hace Hedwig*. Sin duda, Hermann estará de vuelta pronto de su viaje de bodas.

Un abrazo muy cordial a todos los hermanos, a Emma°, a tus hijos y a ti mismo,

tu

Friedrich