en Ginebra

Londres, 15 de octubre de 1884  
Querido viejo:

Ayer te envié mi opúsculo sobre el origen de la familia, etc., y hoy he sacado un giro postal de cinco libras. Espero que recibas ambas cosas al mismo tiempo.

Que Bebel haya estado contigo este verano lo he sabido por ti con alegría. Tu juicio sobre él es enteramente el mío. Es la cabeza más clara de todo el partido alemán y, además, de una confianza a toda prueba e imperturbable. Lo que rara vez se encuentra es que su gran talento oratorio —todos los filisteos lo reconocen, y además de buen grado, y Bismarck le ha dicho a su asociado en la fábrica de papel, Behrens, que Bebel es el único orador en todo el Reichstag— no lo haya vuelto superficial en modo alguno. Eso no ha vuelto a ocurrir desde Demóstenes. Todos los demás oradores han sido cabezas superficiales.

No te preocupes por mi salud; padezco una afección local, a veces molesta, pero de ningún modo de efectos generales y ni siquiera necesariamente incurable, que, en el peor de los casos, me inhabilita para el servicio militar; quizá pueda, sin embargo, volver a montar a caballo dentro de unos años. No he podido escribir desde hace 4 meses, pero sí dictar, y estoy casi por completo terminando con el libro II de *El Capital*; he revisado también la traducción inglesa del libro I (en la medida en que está terminada, unas tres cuartas partes del total). También he encontrado ahora medios gracias a los cuales he vuelto a estar en pie en cierta medida y espero progresar aún más pronto. La contrariedad radica más bien en que, desde que perdimos a Marx, debo hacer sus veces. Yo he hecho toda mi vida aquello para lo que estaba hecho, a saber, tocar el segundo violín, y creo haberlo hecho de manera bastante pasable. Y estaba contento de tener un primer violín tan fenomenal como Marx. Pero si ahora, de repente, en cuestiones de teoría debo ocupar el puesto de Marx y tocar el primer violín, no puede ocurrir sin pifias, y nadie lo siente más que yo. Y cuando los tiempos se tornen algo más movidos, entonces se nos hará muy vivamente sensible lo que hemos perdido con Marx. Esa visión de conjunto con la que, en el momento dado, cuando había que actuar con rapidez, acertaba siempre con lo correcto y se lanzaba de inmediato sobre el punto decisivo, no la tiene ninguno de nosotros. En tiempos tranquilos bien podía ocurrir que los acontecimientos me dieran la razón a mí, frente a él, alguna que otra vez, pero en momentos revolucionarios su juicio era casi infalible.

La hija menor de Marx¹ se ha casado con un irlandés muy bueno, el Dr. Aveling; vienen a verme todos los domingos. La otra hija², a la que tú conoces, está también ahora conmigo y te envía los más cordiales saludos. Todavía habla mucho y con gusto del día que pasó contigo en Ginebra.

Espero que tu salud siga marchando bien; pero si volviera a sucederte algo, házmelo saber enseguida; la vez pasada estuve mucho tiempo sin sospechar lo más mínimo, y eso no puedes permitírtelo de nuevo.

Buscaré tus cartas, etc., tan pronto como pueda dedicarme a los papeles. Desde mayo no he estado físicamente en condiciones de hacerlo, y ahora hay que despachar tantos trabajos urgentes que no puedo ni pensar en ello. Son más de 6 grandes cajas llenas por ordenar; incluso los libros no están todavía ordenados de modo que pueda hacer un uso pleno y libre de ellos.

Así pues, consérvate bien; valiente te mantienes tú solo. Y recibe un cordial saludo de

Tu viejo

F. Engels

Borkheim te envía saludos; me escribió hace 8 días, y sigue siendo la misma historia de siempre con él. Sin cambios.