en Plauen bei Dresden

Querido Bebel, Londres, 11 de octubre de 1884

He de pedirte muchas disculpas por no haber contestado hasta hoy tus dos cartas del 8 de junio y del 3 del corriente. Pero desde principios de junio sólo he podido sentarme al escritorio y escribir con dolores y contra la prohibición del médico. Desde hace casi 18 meses me encuentro impedido en mis movimientos por un extraño padecimiento, bastante oscuro para los médicos, enajenado de toda mi antigua forma de vida, que implicaba mucho movimiento, y particularmente imposibilitado para escribir. Apenas desde hace unos 10 días, mediante dispositivos mecánicos, he logrado recobrar en cierta medida la libertad de movimientos, y cuando estos dispositivos estén bien ajustados, pienso que pronto volveré a ser más o menos el de antes; aparte de las molestias que he tenido que soportar, el asunto no tiene mayor importancia y espero que poco a poco desaparezca por completo.

Entre tanto, si no podía escribir, al menos podía dictar: he dictado todo el libro II de *El Capital* a partir del manuscrito y lo he dejado casi listo para la imprenta, además he revisado los primeros pliegos terminados de la traducción inglesa, y aparte he examinado otras muchas cosas, de modo que he despachado un bonito montoncito de trabajo.

De mi trabajo recién aparecido recibirás un ejemplar al mismo tiempo que esta carta; aún alcanzo a enviarlo.

La agitación electoral me da vueltas en la cabeza todo el día. Nuestra gran prueba trienal es un acontecimiento de importancia europea, frente al cual palidecen los viajes de angustia de todos los emperadores. Recuerdo muy bien cómo en 1875 las victorias electorales de los nuestros repercutieron en Europa y expulsaron de la escena al anarquismo bakuninista en Italia, Francia, Suiza y España. Y justamente ahora vuelve a ser muy necesario un efecto semejante. Los anarquistas de caricatura a lo Most, que de Rinaldo Rinaldini ya han descendido a la altura de Schinderhannes, recibirían al menos para Europa un golpe de maza semejante, ahorrándonos mucho esfuerzo y trabajo. En América, donde las sectas se eternizan, podrían luego extinguirse lentamente y en paz – pues también allí Karl Heinzen se mantuvo vivo 25 años después de estar muerto y enterrado en Europa. Los franceses de provincias, que se están desarrollando muy valientemente, se verían considerablemente alentados, y las masas parisienses recibirían un nuevo impulso para emanciparse de su posición de apéndice de la extrema izquierda. Aquí en Inglaterra, donde el proyecto de reforma confiere nuevo poder a los obreros, el impulso llegaría justo a tiempo para las próximas elecciones de 1885 y podría brindar a la Social Democratic Federation – compuesta sólo de literatos por un lado, de restos de viejas sectas por otro y de público sentimental por el tercero – la oportunidad de convertirse realmente en un partido. En América sólo hace falta un acontecimiento semejante para que los obreros de habla inglesa comprendan por fin qué poder está en sus manos, con tal de que quieran utilizarlo. Y en Italia y España sería un nuevo golpe para la frase anarquista, que sigue proliferando doctrinalmente. En una palabra, las victorias que alcancéis repercutirán desde Siberia hasta California y desde Sicilia hasta Suecia.

Pero ¿cómo resultará la nueva «fracción»? De los nuevos candidatos prometedores, muchos me son completamente desconocidos, y la mayoría de los «cultos» no me son conocidos de manera muy ventajosa. Bajo la ley contra los socialistas, a los socialistas burgueses o de tinte burgués les resulta demasiado fácil satisfacer a los electores y dar rienda suelta a su afán de anteponerse a sí mismos. También está en el orden de las cosas que tales personas sean presentadas y elegidas en distritos electorales relativamente poco desarrollados. Pero también se inmiscuyen en los viejos distritos, que merecen mejores representantes, y encuentran apoyo en personas que deberían saberlo mejor. No tengo claro cómo resultará la fracción; menos aún, qué hará. La división en el campo proletario y en el campo burgués se va haciendo cada vez más pronunciada, y si los burgueses alguna vez se arman de valor para derrotar por mayoría a los proletarios, puede provocarse la ruptura. Creo que hay que tener presente esa posibilidad. Si ellos provocan la ruptura – para lo cual, sin embargo, aún necesitarían beberse un poco de coraje – no es tan grave. Siempre he sido de la opinión de que, mientras exista la ley contra los socialistas, nosotros no debemos provocarla; pero si se produce, ¡pues entonces adelante, y entonces yo me engancho contigo en el mismo tiro.

Me alegra que el timo colonial no prenda. Era la carta más hábil que Bismarck ha jugado, calculada justo para el filisteo, rebosante de esperanzas ilusorias y con costes que sólo lentamente se realizarían pero que también serían horrendamente gravosos. Bismarck con colonias me recuerda al loco (realmente idiota) último duque de Bernburg, que a principios de los años cuarenta decía: Yo también quiero tener un ferrocarril, aunque me cueste mil táleros. Lo que son mil táleros en comparación con los costes de un ferrocarril, eso son las ideas de Bismarck y sus co-filisteos sobre un presupuesto colonial en comparación con los costes reales. Pues en este caso tengo a Bismarck por lo bastante estúpido como para creer que Lüderitz y Woermann soportarán los costes.

A propósito de Bismarck. Un amigo nuestro se encontró en una asamblea de ingenieros con el asociado de Bismarck en la fábrica de papel de Varzin (Behrens), y éste le contó mucho sobre el comportamiento grosero de Bismarck. El genuino junker prusiano, que a lo sumo puede forzarse a tener modales soportables excepcionalmente en el salón, pero que por lo demás da rienda suelta a su brutalidad. Aunque eso ya lo conocéis. A un inspector de fábrica que, a preguntas suyas, le dijo que su salario era de mil táleros, le respondió: «bueno, entonces usted depende del soborno». Pero lo interesante fue que Bismarck le había dicho a ese Behrens que el único orador en el Reichstag que merece ese nombre y al que siempre todos escuchan, es August Bebel.

Cuanto más a menudo me escribes sobre la situación en Alemania, especialmente también sobre el desarrollo industrial, tanto más a gusto lo recibo. No siempre respondo detalladamente, pues aquí tomo sólo lecciones, y con tanto mayor gusto cuanto que tus noticias son las únicas que puedo aceptar incondicionalmente como fidedignas. En general, la industria alemana sigue siendo lo que era: elabora los artículos que a los ingleses les resultan demasiado mezquinos y a los franceses demasiado ordinarios, pero por fin en gran escala; sus fuentes de vida siguen siendo 1. el robo de modelos del extranjero y 2. la regalía de la plusvalía propiamente dicha al comprador, único medio por el cual se vuelve competitiva, y la extracción de una plusvalía abusiva mediante la presión sobre el salario, de lo cual sola vive. Pero con ello la lucha entre obrero y capitalista se estanca en algunos lugares (donde el salario anormal ya se ha vuelto consuetudinario), pero en la mayoría se vuelve más aguda, porque la presión aumenta sin cesar. En todo caso, desde 1848 data una revolución industrial en Alemania, de la que los señores burgueses aún se acordarán. Ahora, que te vaya bien.

Tu viejo

F. E.