[Worthing, 11 de agosto de 1884]

Pág. 1: Beaulieu escribe siempre Schoeffle; ese señor se llama Schäffle.

Pág. 3: ¿Sistema capitalista en formación, hacia 1780-1800? La formación de este sistema se remonta al siglo XV; la gran industria naciente sólo inició su punto culminante.

Pág. 1 y 4: Maine no merece en modo alguno ser citado al lado de Maurer; no ha descubierto nada, no es más que un discípulo de los discípulos de Maurer. La propiedad comunal de la tierra en la India era conocida mucho antes que él y fue descrita por Campbell, etc.; la de Java, por Money, etc.; y la de Rusia, por Haxthausen. Su único mérito consiste en ser el primer inglés que ha adoptado los descubrimientos de Maurer y los ha hecho comprensibles para el gran público.

Pág. 5: Debe ser completamente reelaborada. Los ejemplos no se refieren al punto tratado. El retazo de tierra del campesino que se convierte en capital sería el capital-tierra, un asunto muy complicado que Marx sólo examina en el libro tercero. Su esclavista que produce para el mercado de Nueva Orleans es tan poco capitalista como el boyardo rumano que explota a campesinos de corvea. ¡Capitalista es únicamente el poseedor de medios de trabajo que explota al trabajador libre!

Diga usted más bien: El telar del pequeño campesino antes de la revolución, que servía para tejer ropa para la familia, no era capital; tampoco es aún capital cuando el campesino vende al comerciante las telas que pudo confeccionar durante las largas veladas de invierno; pero si emplea a un obrero asalariado para tejer mercancías para el comerciante y se embolsa la diferencia entre los costos de producción y el precio de venta de las telas, entonces el telar se ha transformado en capital. – El objetivo de la producción –producir mercancías– no imprime al instrumento el carácter de capital. La producción de mercancías es una de las condiciones previas para la existencia del capital; pero mientras el productor no venda más que su propio producto, no es capitalista; sólo llega a serlo en el momento en que emplea su instrumento para explotar el trabajo asalariado de otros. Esto vale también para la página 6. ¿Cómo es posible que usted no haya hecho esa distinción?

En lugar de su imposible esclavista (¡no sea usted tan vengativo!) podría usted decir: El señor feudal que hace cultivar sus campos por siervos y que, además, les arrebata sus prestaciones en huevos, aves, frutos, ganado, etc., no es capitalista. Vive del plustrabajo de otros, pero no transforma el producto de ese plustrabajo en plusvalía; no lo vende, lo consume, lo gasta, lo derrocha. Pero cuando ese señor feudal, como ocurrió en muchos casos en el siglo XVIII, se desprende de una parte de sus siervos, reúne sus retazos de tierra en una gran hacienda y la arrienda a aquel gran arrendatario tan apreciado por los fisiócratas; cuando ese gran arrendatario emplea a los ex siervos como trabajadores agrícolas asalariados para cultivar su hacienda, entonces la agricultura se ha transformado de feudalista en capitalista, y el arrendatario en capitalista.

Pág. 6: La forma inmediata de la circulación de mercancías es ciertamente su forma originaria; tiene, pues, que existir antes de que pueda surgir la forma 2. No es originaria si se la compara con el simple trueque; pero la circulación de mercancías presupone la existencia del dinero; el trueque sólo produce un intercambio ocasional, no una circulación de mercancías.

Pág. 7: La producción capitalista no es esta o aquella forma, mediata o inmediata, de la circulación de mercancías. Producción y circulación son dos cosas diferentes. Toda producción capitalista presupone la circulación de mercancías y se mueve en ella, pero ella es tan poco circulación como la digestión es circulación de la sangre. Usted puede suprimir toda esta frase, que no dice nada más.

Pág. 11: El pasaje subrayado me resulta incomprensible y es falso en todos los sentidos. Por término medio, el capitalista vende y puede vender el producto de 10 fr. por más de 10 fr. — Lo que usted deja de lado son «los costos de producción». Pero en la imaginación de los economistas, los costos de producción incluyen la ganancia; se componen: 1.º, de la suma que el producto ha costado al capitalista, y 2.º, de la ganancia; dicho de otro modo: 1.º, de la suma que repone el capital constante desembolsado; 2.º, de la suma que repone el salario pagado; 3.º, de toda la plusvalía o de una parte de la plusvalía que el plustrabajo de los obreros asalariados ha creado. Hay que tomar la frase de Beaulieu, su definición del valor (pág. 9, al final) y contraponerle las dos expresiones distintas del valor: o bien el precio de coste incluye la ganancia, y entonces las mercancías son «pagadas según el trabajo social contenido en ellas» — entonces el precio (el valor) encierra una plusvalía creada por el trabajo vivo por encima del salario pagado y apropiada por el capital. O bien el precio de coste no cubre la ganancia; entonces el valor no está determinado por el trabajo social contenido en el objeto, sino por el salario alto o bajo que se paga por ese trabajo — una vieja historia que ha sido refutada extensa y detalladamente por Ricardo.

Pág. 12, 13: La máquina y el algodón transfieren todo su valor, incluso el del desperdicio, al producto; y ahí reside el verdadero núcleo de su argumento. Si 115 libras de algodón sólo rinden 100 libras de hilado, el valor de esas 100 libras se carga con el precio de las 115 libras de algodón en rama. ¿Acaso el señor Beaulieu llama a eso plusvalía: el valor de las 15 libras desaparecidas en el material, pero que reaparecen en el valor?

Pág. 13: Si el capitalista prestara al obrero su máquina, etc., el producto pertenecería al obrero – pero en modo alguno es así.

Pág. 13, 14: «Crea una ventaja que se llama ganancia»: compare usted con el primer párrafo de la pág. 270, donde el señor Beaulieu demuestra que no es el capitalista quien se beneficia de los progresos técnicos, sino el consumidor. Le reprocha a Marx haber olvidado la competencia; y Marx ha demostrado en todo el capítulo sobre la manufactura y la gran industria que la maquinaria sólo sirve para rebajar el precio de los productos, y que la competencia produce este efecto; es decir, que la ventaja consiste en producir más productos en el mismo tiempo, de modo que el trabajo materializado en cada producto es tanto menor y, en esa misma proporción, el valor de cada producto disminuye. El señor Beaulieu olvida decirnos en qué sentido el obrero asalariado obtiene una ventaja al ver crecer su productividad, cuando el resultado de esa productividad acrecentada no le pertenece y cuando su salario no está determinado por la productividad del instrumento.

Págs. 14, 15: La justificación de la ganancia que Beaulieu realiza aquí contiene la quintaesencia de la economía vulgar, su justificación de la explotación del obrero por el capitalista. El creador del capital exige una indemnización «legítima» por esa creación (es decir, el «salario de la abstinencia», véase Marx), y esa indemnización debe ser pagada por el obrero explotado en forma de trabajo no pagado. ¡Usted asiente a ello al decir que «la ganancia es el hijo legítimo del trabajo vivo»! El «salario de dirección» se presenta y se mide según el salario que recibe un gerente asalariado – un salario con el que ningún capitalista se daría por satisfecho. Véase al respecto El Capital, 3.ª edición alemana, págs. 171, 172 (no tengo aquí la edición francesa); encontrará usted allí todas esas frases refutadas en pocas palabras. La prima de seguro contra el «riesgo» se cubre, en realidad, con cargo a la plusvalía, pero se añade a la ganancia: el capitalista reserva cada año una suma de … para lo que él llama el «ducroire» (del italiano del credere, es decir, para cubrirle contra créditos o fianzas deshonestos). Por último, la remuneración de las transacciones comerciales especialmente hábiles, de los inventos aún no divulgados, sólo se da en casos excepcionales y puede arrojar entonces una ganancia extraordinaria; pero aquí se trata de la ganancia media ordinaria, común a todos los industriales. Por lo demás, usted encontrará tratado este tipo de ganancia en El Capital, 3.ª ed. alemana, págs. 314-17.

Al tomar en serio esas frases de Beaulieu, al declarar que ellas «hacen de la ganancia el hijo legítimo del trabajo vivo» (¡no del trabajo del obrero, sino del trabajo del capitalista!), acepta usted – en nombre de Marx y en representación de Marx – esas doctrinas de la economía vulgar que él ha combatido siempre y en todas partes; por tanto, tiene usted que modificar sus exposiciones de manera que ni siquiera puedan dar la impresión de tener tal significado. De lo contrario, caería usted en la trampa.

… Su afirmación de la pág. 16 de que «cuando los productos … la ganancia capitalista es nula o casi nula» contradice los hechos. En ese caso, ¿dónde queda la explotación de los obreros? ¿De qué se queja usted entonces? ¿Y de qué viven, banquetean y se enriquecen los capitalistas? ¿Dónde diablos ha sacado usted esa idea, que ni siquiera los economistas vulgares han formulado jamás y que tampoco se encuentra en Beaulieu? ¡Y usted llama a eso una ley general! Lo único cierto en ello es que el capitalista, con una máquina que produce 100 metros de tela con el mismo gasto de trabajo que el trabajo manual requiere para 1 metro, puede distribuir su ganancia entre los 100 metros, en lugar de concentrarla en uno solo; de ahí resulta que cada metro sólo está gravado con 1/100 de la ganancia, pero la ganancia por la suma del trabajo empleado puede seguir siendo la misma e incluso aumentar.

Pág. 16: Marx protestaría contra «el ideal político y social» que usted le atribuye. Cuando se habla de un «hombre de ciencia», de la ciencia económica, no se debe tener ningún ideal; se elaboran resultados científicos, y si, además, se es un hombre de partido, se lucha por ponerlos en práctica. Pero si se tiene un ideal, no se puede ser un hombre de ciencia, pues se tiene una opinión preconcebida.

En una palabra, el artículo surtirá efecto si elimina usted los principales errores que le he señalado. Pero para su réplica, que debería ser aún mucho más seria, soy decididamente de la opinión de que usted debe releer El Capital, teniendo al lado el libro de Beaulieu, de principio a fin, y tachar todos los pasajes que se refieran a la economía vulgar. Digo El Capital, y de ningún modo el libro de Deville, que, a causa de los graves errores en la parte descriptiva, no basta en modo alguno.

– Y además: no olvide usted que esos señores Beaulieu y los demás dominan la literatura económica pertinente hasta en sus detalles mucho más que usted, y que éste es un terreno en el que usted no puede combatirlos con armas iguales; es su oficio conocer todo eso, no el de usted. No arriesgue, pues, demasiado en este terreno.

Le he hablado con franqueza y espero que no me lo tome a mal. El caso es demasiado serio; si se pasa usted de la raya, todo el partido sufriría las consecuencias.

Aquí nos morimos de calor, pero a pesar de todo uno se siente muy bien. Todos les envían, a Laura y a usted, mil saludos. Por desgracia, nuestra provisión de Pilsener se está acabando, ¡y tardan dos días en llegar nuevas de Brighton! Se vive aquí en la más pura selva.

Suyo enteramente,
F. E.