en Zúrich
[Londres, después del 21 de julio de 1884]

Querido Ede,

Lo adjunto puedes, si quieres, enviárselo a Auer; lo he dispuesto así a propósito.

En cuanto a la distribución de los distritos electorales, también yo me he irritado a menudo por ello; pero eso viene de que en cuestiones puramente tácticas se quiere proceder según principios generales, y eso es lo que se hace siempre en los congresos: entonces la cosa queda tan bonitamente aclarada. Las candidaturas dobles, ciertamente, no sirven por regla general para nada; pero si se cuenta con que los mejores hombres pasan en los distritos inseguros más fácilmente que otros, y se les coloca allí por esa razón, entonces hay que permitirles las candidaturas dobles o arriesgarse a que no salgan elegidos en absoluto. Por tanto, si no se quieren en absoluto candidaturas dobles, hay que colocar también a los mejores hombres en los distritos más seguros. Ahora bien, es curioso que ese envío a distritos inseguros no le ocurra nunca a Liebknecht, sino sólo a Bebel, y que, por ejemplo, en las anteriores elecciones, si no me equivoco, L[iebknecht] tuviera dos distritos bastante buenos. ¡En fin!, son las inevitabilidades. Tampoco hay que olvidar que en la lucha siempre hay altibajos, y por esa razón no hay que darle demasiada importancia cuando las cosas van alguna vez cuesta abajo.

En todo caso, lo seguro es que mientras tengamos el «S[ozialdemokrat]», los señores oportunistas pueden hacer lo que quieran; e incluso si llegaran a hacerse con el dominio de la fracción (lo que, por lo demás, sólo sería posible si Bebel no fuera reelegido), con eso ni mucho menos tendrían ganada la partida. ¿Qué van a hacer contra las masas? Ellas mismas los empujan siempre hacia adelante, quieran o no. Y si los Sabios varones consiguieran hacerse dueños también del «S[ozialdemokrat]», eso no duraría tanto como el primer período lánguido del «S[ozialdemokrat]», que, en efecto, al principio encontró apoyo incluso entre los mejores de los «dirigentes», pero fue echado por tierra por las masas.

En lo que toca a la Gran Ciencia del famoso no ateo, será muy grato que encuentre cuanta ocasión sea posible para pavonearse. En «Amant de la Lune» de Paul de Kock aparece también un erudito misterioso de esa clase; cuando por fin, tras la mayor fatiga y trabajo, se descubrió su ciencia, se halló que consistía en un par de trucos con corchos de botella. ¡Cuánto esfuerzo ha costado ya hasta ahora que el famoso hombre se aviniera a darnos sólo algunas muestras de su ciencia! ¡Y tan hermosas! ¡Y ya ha llegado a la clarividencia! ¿Qué más queremos? — ¡cela marche!

Saludos a K[autsky], también de Schorl[emmer].

Tuyo
F. E.

Dile al Manz que me ha escrito que un retrato exactamente igual al mío está haciéndose para él; lo tendrá en cuanto esté terminado; pues yo no puedo andar personalmente persiguiendo estas cosas en el desmesurado Londres y dependo, por tanto, de otras personas.