en Zúrich

Londres, 21 de junio de 1884

Querido Kautsky:

Espero que hayas regresado ya de tu viaje a Salzburgo y que puedas comunicarme pronto algo sobre el desenlace del asunto de la Neckarstrand de Stuttgart a causa de la «Neue Zeit»; según lo que me escriben Ede y también August, entre tanto se les ha puesto un poco de sordina a los señores sabios. También sería hora de que supiera algo definitivo sobre la suerte de mi manuscrito. Ede me escribió unas líneas a lápiz, prometió más, cumplió = 0.

Vuestro manuscrito reposa todavía aquí y no ha sido atendido hasta ahora, por la siguiente razón. Después de terminar el manuscrito, estaba como sobre ascuas hasta que empecé a trabajar en el libro II de «El Capital». Así ocurrió. Me había propuesto hacer por las noches las revisiones de vuestra obra, así como de la traducción inglesa (del libro I de «El Capital»). Pero había hecho la cuenta sin la huéspeda. Desde la Pascua había trabajado con intensidad, a menudo de 8 a 10 horas ante el pupitre, y como consecuencia de la postura corporal que ello implica, volvió a presentarse una parte de mi viejo mal —esta vez de forma crónica, no en la forma anterior, subaguda—. Así pues, queda prohibido sentarse al pupitre, sauf quelques exceptions. Remedio heroico, pues: contraté a Eisengarten para dictarle el manuscrito, y trabajo con él desde principios de la semana de 10 a 5 diariamente, recostado en el sofá, reponiéndome visiblemente (palabra tonta, no se ve nada, sólo se siente), aunque, naturalmente, despacio. El asunto marcha mejor de lo esperado. Eisengarten es inteligente y trabajador, y hace la cosa con gusto, sobre todo porque está estudiando precisamente a fondo la 3.ª edición del libro I. Pero los manuscritos son en gran parte de tal índole que cada noche tengo que revisar a fondo lo dictado para obtener una redacción aunque sea provisionalmente sostenible. Esto me absorbe de momento todo el tiempo disponible. Creo, sin embargo, que pronto mejorará, porque ahora llegamos al Urevangelio anterior a 1870, donde habrá menos que retocar. Además, no podría revisar bien vuestro manuscrito estando acostado. Pero si tenéis prisa, me tomo el tiempo necesario y lo despacho de un tirón. Pero esto solo podría ocurrir, o mejor dicho, ser necesario, si pronto terminaseis el conjunto. Entonces se hará también —si no se ha hecho ya antes— el prefacio sobre Rodbertus.

Por lo demás, no voy a volver una por una a tus quejas sobre los ilustrados; conozco a estos buenazos desde hace 40 años bajo diversas formas, y ya le he expuesto ampliamente mi opinión a Ede al respecto. Lo principal es no dejarse avasallar, pero conservando toda la calma.

Los dinamiteros han descubierto al fin lo correcto. Se trata de extirpar de raíz la vieja sociedad, y resulta que esa raíz es, en realidad, la cola. Imbuidos de esta profunda verdad, han descubierto al fin por dónde hay que coger la cosa por el extremo debido, y… ¡han volado por los aires un *Schiffwinkel*!

A propósito me viene a la memoria que detrás de la «explosión» de Ginebra-Carouge no había nadie más que el *mouchard* italiano Carlo Terzaghi, a quien ya desenmascaramos en «Alliance de la Democratie Socialiste».

Aquí se juntan los anarquistas austríacos expulsados con las vulgares y antiguas agencias de mendicidad alemanas. Uno me ha timado pidiéndome un subsidio, pero fue desenmascarado y hoy, al volver, se le ha echado a la calle a toda prisa.

El libro segundo de «El Capital» dará aún más quebraderos de cabeza que el primero, al menos al principio. Pero son investigaciones magníficas, que por primera vez aclararán a la gente qué es el dinero y qué es el capital, y muchas otras cosas.

Pero ahora tengo que volver a tumbarme. Por lo demás, dejando aparte el mal local, estoy perfectamente bien y mi cabeza funciona estupendamente.

Recuerdos a Ede.

Tuyo
F. E.
Domingo 22.

Posdata: Hyndman piensa comprar aquí todo el pequeño movimiento. Ha hecho todo lo posible para arruinar «To-Day». Bax, que adelantó el dinero, se ha equivocado en sus cálculos y pronto se ha quedado sin blanca. Hyndman, que es rico y dispone también de los medios del muy rico entusiasta del arte, aunque políticamente inepto, Morris, o bien tomará «To-Day» bajo su tutela, o la dejará morir. En ambos casos, piensa quedarse solo con el reino. Yo me alegro de haberme mantenido frío ante todo ese barullo. Hyndman es listo y buen hombre de negocios, pero superficial y un John Bull de pura cepa, y tiene una ambición que va mucho más allá de su talento y de sus realizaciones. Bax y Aveling tienen la mejor voluntad, también aprenden algo, pero todo está desbaratado, y estos literatos, por sí solos, no pueden conseguir nada. Las masas todavía no se suman. Cuando la gente se haya depurado un poco, la cosa mejorará.