en Borsdorf, cerca de Leipzig

Londres, 6 de junio del 84

Querido Bebel:

He recibido tu carta del 4 del corriente y me ocuparé del anexo. No dices si has recibido mi carta certificada del 21 de abril, con la que te devolví el sobre abierto de tu carta del 18 del mismo mes. Si hubiera sido interceptada, la sustracción de cartas quedaría doblemente probada.

Si todo sucediera según los deseos de los conservadores y liberales[^251] y según las secretas ansias también del filisteo progresista[^206], la ley contra los socialistas sería desde luego una institución eterna en Alemania y lo seguiría siendo. Pero eso sólo puede ocurrir si, por lo demás, nada ocurre en el mundo y todo permanece como ahora. A pesar de todos esos deseos filisteos, la ley estuvo a punto de fracasar si el amigo Bismarck no hubiera aplicado sus dos últimos y más fuertes resortes: la intervención directa de Lehmann[^206] y la amenaza de disolución[^207]. Así que ni siquiera hace falta una conmoción muy fuerte del *statu quo*, momentáneamente tan tranquilo, para poner fin a todo el asunto. Y ésta, en mi opinión, vendrá con seguridad antes de que transcurran los dos años.

Cierto es que Bismarck nos ha jugado por primera vez una mala pasada realmente seria al proporcionar a los rusos 300 millones de marcos en dinero[^212]. Esto ayuda al zar a superar la aguda penuria financiera durante un par de años y elimina, para el próximo período, el peligro más apremiante: el de verse en la necesidad de convocar estados para la concesión de dinero, como en 1789 en Francia y en 1846 en Prusia. Si la revolución en Rusia no ha de aplazarse un par de años, tendrán que producirse complicaciones imprevisibles o bien algunos golpes de trueno nihilistas. En ambos casos no es posible cálculo previo alguno. Lo único seguro es que esta última maniobra de préstamo no podrá repetirse.

En el interior, en cambio, se nos avecina, como tú mismo dices, el cambio de trono, y éste tiene que hacer que todo se tambalee. Vuelve a ser algo parecido a 1840, antes de la muerte del viejo Federico Guillermo III. La vieja y arraigada estancación política ha encadenado a sí tantos intereses que el filisteo en su conjunto no anhela nada más ardientemente que su eternización. Pero con el viejo monarca[^2] desaparece la clave, y todo el artificioso arco se derrumba; esos mismos intereses, colocados ante una situación completamente nueva, descubren de repente que el mundo hoy tiene un aspecto muy distinto del de ayer y tienen que buscar nuevos apoyos. El nuevo monarca[^2] y su nuevo entorno albergan planes largo tiempo reprimidos; todo el personal gobernante y susceptible de gobernar recibe una afluencia y se modifica; los funcionarios se desorientan en las nuevas circunstancias, la inseguridad del futuro, la incertidumbre sobre quién empuñará el timón mañana o pasado mañana hace vacilar la acción de toda la máquina gubernamental. Y eso es todo lo que necesitamos. Pero obtendremos más. Pues, en primer lugar, es seguro que el nuevo gobierno tendrá al principio veleidades liberalizadoras, pero luego pronto sentirá miedo de sí mismo, vacilará de un lado a otro y, por último, andará dando traspiés, viviendo al día y tomando, de caso en caso, resoluciones contradictorias. Prescindiendo de los efectos generales de semejante tambaleo, ¿qué será de la ley contra los socialistas cuando se aplique en esas condiciones? El más leve intento de ejecutarla «honestamente» basta por sí solo para hacerla ineficaz. O bien tiene que manejarse como ahora, según la pura arbitrariedad policial, o será quebrantada por todas partes. — Ése es lo uno. Lo otro es que entonces por fin vuelve a haber vida en el tenderete político burgués, que los partidos oficiales dejan de ser la masa reaccionaria única que son hoy (lo cual no es ganancia para nosotros, sino puro perjuicio), que reanudan la lucha seria entre ellos y también la lucha por el dominio político. Supone una diferencia enorme para nosotros el que no sólo los nacional-liberales, sino también los liberal-progresistas del príncipe heredero tengan la oportunidad de llegar al timón, o que, como ahora, la capacidad de gobierno termine en los conservadores libres. Jamás podremos apartar a las masas de los partidos liberales mientras éstos no tengan la ocasión de ponerse en ridículo en la práctica, de llegar al poder y mostrar que no sirven para nada. Seguimos siendo, como en 1848, la oposición del futuro, y por eso necesitamos que el más extremo de los partidos actuales esté en el timón antes de que podamos convertirnos, frente a él, en oposición presente. La estancación política, es decir, la lucha sin fin ni objetivo de los partidos oficiales, como ahora, no puede servirnos a la larga. Sí, en cambio, una lucha progresiva de esos partidos con un desplazamiento gradual del centro de gravedad hacia la izquierda. Eso es lo que está ocurriendo ahora en Francia, donde la lucha política se mueve como siempre en forma clásica. Los gobiernos que se suceden van desplazándose cada vez más a la izquierda; el ministerio Clemenceau está ya a la vista; no será el último gobierno burgués. Con cada desplazamiento a la izquierda caen algunas concesiones a los trabajadores (cf. la última huelga en Denain[^208], donde por primera vez no intervino el ejército), y, lo que es más importante, el terreno se despeja cada vez más para la lucha decisiva, la posición de los partidos se hace más clara y más pura. Considero este desarrollo lento, pero incontenible, de la República francesa hacia su necesaria consecuencia final: la oposición entre burgueses radicales que se las dan de socialistas y trabajadores realmente revolucionarios, como uno de los acontecimientos más importantes, y espero que no sea interrumpido; y me alegra que nuestros muchachos en París no sean todavía lo bastante fuertes (tanto más lo son en provincias) para dejarse arrastrar por la fuerza de la frase revolucionaria a golpes de mano. — Tan clásica y pura como en Francia no discurre, naturalmente, la evolución en la confusa Alemania; para eso estamos demasiado atrasados y sólo vivimos todo cuando ya ha caducado en otras partes. Pero, a pesar de toda la sordidez de nuestros partidos oficiales, una vida política de cualquier tipo nos es mucho más favorable que la actual muerte política, en la que no interviene otra cosa que la camarilla de intrigas de la política exterior.

Más rápidamente de lo que yo pensaba, el amigo Bismarck se ha bajado los pantalones y ha mostrado al pueblo reunido el trasero de su derecho al trabajo[^204]: ¡la ley de pobres inglesa del año 43 del reinado de Isabel, con su mejora de la Bastilla de 1834[^112]! ¡Qué alegría para Blos, Geiser y compañía, que ya desde hace tiempo dan vueltas y más vueltas al derecho al trabajo y parecían figurarse ya que habían cazado a Bismarck! Y, ya que estoy con este tema, no puedo callarte que la intervención de estos señores en el Reichstag —en lo que los malos informes periodísticos permiten juzgar— y en su propia prensa me convence cada vez más de que, al menos yo, no comparto ni lejanamente su mismo terreno y no tengo nada en común con ellos. Estos filántropos, presuntamente «cultos» y en realidad absolutamente ignorantes y empeñados en no aprender nada a la fuerza, a los que, contra mis largos años de advertencias y las de Marx, no sólo se ha admitido sino que se ha protegido hasta meterlos en escaños del Reichstag, me parece que se van dando cuenta cada vez más de que ellos constituyen la mayoría en la fracción, y de que justamente ellos, con su zalamería hacia cualquier migaja de socialismo de Estado que Bismarck les eche a los pies, son los más interesados en que la ley contra los socialistas se mantenga, y a lo sumo en que se la maneje con suavidad frente a personas tan bienintencionadas como ellos; cosa que, a su vez, únicamente personas como tú y yo impiden al gobierno, pues si se libraran de nosotros, les sería muy fácil demostrar que frente a ellos no hace falta ninguna ley contra los socialistas. La abstención y toda la intervención en el asunto de la ley de la dinamita[^205] fue también significativa. Mas, ¿cómo va a ser eso en las próximas elecciones[^206], cuando, según parece, caen en suerte a esta gente las circunscripciones más seguras?

Es una verdadera lástima que estés tan lejos durante los próximos meses críticos, en vísperas de las elecciones; de otro modo, tendríamos sin duda muchas cosas que comunicarnos de vez en cuando. ¿No puedes darme una dirección a la que puedan remitirse mis cartas? Además, espero que también de viaje me comuniques de cuando en cuando cosas interesantes.

Prescindiendo del, a mi juicio, continuo progresar y más firme cohesión de los elementos burgueses cultos del partido, no me asusta en absoluto la marcha de las cosas. Yo quisiera, a ser posible, evitar también una escisión mientras no dispongamos de campo libre. Pero si tiene que ser —y sobre esto tenéis que decidir vosotros—, pues que sea, y cueste lo que cueste.

Próximamente aparecerá un trabajo mío sobre el «Origen de la familia, la propiedad y el Estado»; te lo enviaré en cuanto salga.

Tu viejo  
F. Engels