en Zúrich

Londres, 5 de junio de 84

Querido Ede:

He pasado ocho días en la costa. Me he hecho un corte bastante serio en el índice derecho, así que sólo puedo escribir poco y mal. Kautsky, pues, habrá de esperar, ya que el «Sozialdemokrat» es más importante que la «Neue Zeit» y, en lo que atañe a esta última, la cosa está de tal manera que da igual si añado o no mi granito de mostaza. Por lo demás, considero todos los pasos de Kautsky, en la medida en que me los ha comunicado y en que puedo juzgar la situación, perfectamente correctos.[249]

Con el «Sozialdemokrat» la cosa es distinta. Desde que los señores Heuler[2] se han constituido formalmente en un partido y son mayoría en la fracción, desde que han reconocido y explotan ese poder suyo creado por la ley contra los socialistas, considero deber nuestro por partida doble mantener firmemente todos los puestos de poder que ocupamos, hasta el límite extremo; ante todo, el puesto de poder en el «Sozialdemokrat», que es el más importante.

Esta gente vive de la ley contra los socialistas. Si mañana hubiera libertad de debate, yo sería partidario de lanzarse al ataque inmediato, y entonces acabarían pronto liquidados. Pero mientras no reina la libertad de debate, mientras ellos controlan toda la prensa impresa en Alemania y su número (como mayoría de los «dirigentes») les brinda la posibilidad de explotar a placer el chismorreo, la intriga y la calumnia solapada, debemos, a mi juicio, evitar todo lo que pueda achacarnos una ruptura, es decir, la culpa de la ruptura. Esa es la regla general en la lucha dentro del propio partido, más imperativa ahora que nunca. La ruptura debe disponerse de tal modo que seamos nosotros quienes continuemos con el viejo partido y que ellos se salgan o sean expulsados.

Además, el factor tiempo. Ahora todo les es favorable. Una vez consumada la ruptura, no podemos impedir que nos calumnien y difamen en Alemania, que se presenten como los representantes de las masas (¡puesto que las masas los eligen!). Nosotros sólo disponemos del «Sozialdemokrat» y de la prensa del extranjero. Ellos pueden hacerse oír; nosotros, sólo a duras penas. Si, encima, propiciamos nosotros la ruptura, toda la masa del partido dirá, no sin razón, que hemos sembrado la discordia, que hemos desorganizado al partido justo en el momento en que, con grandes trabajos y peligros, empieza a reorganizarse. Si podemos evitarlo, entonces, en mi opinión –y sigo pensándolo–, la ruptura debería aplazarse hasta que algún cambio en Alemania nos dé un poco más de espacio, un poco más de codo.

Si, a pesar de todo, la ruptura se vuelve inevitable, que no sea una ruptura personal, ningún camorra suelta (o que pueda presentarse como tal) entre tú y los de Stuttgart, por ejemplo, sino que debe producirse en torno a un punto de principio bien determinado, es decir, aquí, en torno a una violación del programa. Por muy pútrido que sea el programa, con un poco de estudio hallarás en él suficientes puntos de apoyo. Pero sobre el programa no tienen jurisdicción alguna los diputados de la fracción. Además, la ruptura ha de prepararse de manera que, por lo menos, Bebel esté de acuerdo con ella y se sume a ella de inmediato. Y, en tercer lugar, has de saber qué quieres y puedes hacer cuando la ruptura se produzca. Dejar que el «Sozialdemokrat» caiga en manos de esa gente sería el ridículo más espantoso del partido alemán ante el mundo entero.

La impaciencia es aquí lo peor que hay; las decisiones del primer momento, dictadas por la pasión, se le antojan a uno siempre enormemente nobles y heroicas, pero, como sé muy bien, por haberlo vivido cien veces en carne propia, suelen conducir a estupideces.

Así pues: 1) dilatar la ruptura todo lo posible; 2) si se vuelve inevitable, dejar que la provoquen ellos; 3) entre tanto, prepararlo todo; 4) no hacer nada sin contar al menos con Bebel y, a ser posible, también con Liebknecht, el cual vuelve a ser del todo razonable (quizá demasiado razonable) en cuanto ve que la cosa es inevitable; y 5) ¡mantener el puesto de poder en el «Sozialdemokrat» *envers et contre tous*, hasta el último cartucho! Esta es mi opinión.

La «condescendencia» de esos señores, a fe mía, podéis devolvérsela multiplicada por mil. No se os ha caído la boca al suelo y, de verdad, frente a esos burros, sabréis desplegar suficiente altanería e ironía como para amargarles esa postura. Con gente tan ignorante y que se envanece de su ignorancia, no hay que discutir seriamente, sino hacer burla de ellos, cogerse sus propias palabras para ponerlos en ridículo, etcétera.

Y no olvides que, si llega el estallido, yo tengo las manos muy atadas por compromisos de trabajo colosales, y no dispondré del tiempo para sumarme a los golpes como bien quisiera.

I contra todos

También me gustaría que, en vez de las quejas generales sobre esos cándidos filisteos, me dieses algunos detalles: qué es lo que critican y qué es lo que exigen. *Nota bene*: ¡cuanto más tiempo negocies con ellos, tanto más material para su propia condena te han de suministrar!

Escríbeme hasta qué punto debo entrar en estas cuestiones en mi correspondencia con Bebel; tendré que escribirle uno de estos días y quiero aplazarlo hasta el lunes 9 del corriente, fecha en que puedo tener tu respuesta.

Saluda a Kautsky.

Tu

F. E.