en Zúrich

Londres, 23 de mayo de 84

Querido Ede:

Espero que tu viaje de negocios haya sido finalmente coronado por el éxito. Se trata, según creo, en primer lugar, de apartar a esos señores de la vieja pista; si se logra, también el viejo camino volverá a ser practicable en algunos trechos. La estupidez de la policía hará el resto.

La «Jornada normal de trabajo» de Rodbertus la había encargado, pero está agotada. Si puedes enviarme el asunto —a crédito, naturalmente— me vendría bien, ya que en ella da la única redacción auténtica de sus propuestas de reforma para los obreros. — Los números del antiguo «Sozialdemokrat» te los envío ahora de vuelta certificados, pues he descubierto que Leßner los posee. La traducción que hay que concertar con Lafargue sigue en el aire, y por eso he tenido que retener aquí el original; ahora, naturalmente, puede volver.

Singer ha estado aquí; entre otras cosas, le he expuesto mi opinión sobre la táctica en las segundas vueltas. Opino, en efecto, que es un disparate querer establecer para esto una regla válida para todos los casos, que además nunca se observará en la práctica. Tenemos en la mano un gran poder, que queda totalmente inutilizado si en todos los casos se proclama la abstención electoral cuando ninguno de los nuestros está en la segunda vuelta. De hecho, en tales casos siempre se han producido por sí mismos pactos electorales, por ejemplo con el Centro: nosotros votamos allí por vosotros si vosotros votáis aquí por nosotros, y hemos conseguido más de un escaño. Naturalmente, en esto se cometen estupideces, pero siempre se cometen, y no es motivo para cometer una aún mayor. Incluso le dije que, por ejemplo, en lugares como Berlín, donde la lucha electoral se da casi enteramente entre nosotros y el Progreso, no quedan excluidos los pactos antes de la primera vuelta: vosotros nos cedéis estas circunscripciones, nosotros os cedemos aquéllas —naturalmente, sólo si se puede contar con que se respeten. Lo único que me parece torpe es esto: querer fijar de antemano en los congresos reglas de validez general para casos tácticos que pertenecen al futuro.

En el fondo, me alegro de que se haya prorrogado la ley contra los socialistas y no se haya disuelto el Reichstag por ese motivo. El filisteo liberal habría obtenido una gran victoria para los conservadores en las elecciones; para mantener la ley contra los socialistas, no sólo pasa por el fuego y el agua, sino también por el más profundo estercolero. Y entonces habría sido la consecuencia una nueva ley, aún más severa. Tal como están las cosas, es probable que se haya prorrogado por última vez, y cuando el viejo Guillermo estire la pata a causa de su cólico nefrítico, pronto dejará de existir en la práctica. Y el rotundo ridículo de los librepensadores alemanes y del Centro en la votación también vale algo, pero más aún el «derecho al trabajo» bismarckiano. Desde que este confusionario lo ha hecho suyo, tenemos perspectivas de librarnos de los llorones al estilo Geiser. Por lo demás, hay que ser Bismarck para cometer semejante estupidez, a la vista de un movimiento obrero que ni siquiera con leyes de excepción se puede aplastar. Por el momento, los nuestros hacen bien en meterse con él todo lo que se pueda, presionando para que lo lleve a la práctica; en cuanto el hombre se haya comprometido un poco más (cosa que con seguridad no hará tan pronto), toda esa patraña se disolverá en… régimen policíaco prusiano. Como programa electoral, la mera frase le ayudará condenadamente poco.

El derecho al trabajo lo inventó Fourier, pero en él sólo se realiza en el falansterio, y por tanto presupone la aceptación de éste. Los fourieristas —filisteos amantes de la paz, como se llamaba su periódico, la «Démocratie pacifique»— difundieron la frase precisamente por su sonido inofensivo. Los obreros parisinos de 1848 —en su absoluta confusión teórica— se la dejaron colgar, porque parecía tan práctica, tan poco utópica, tan realizable sin más. El gobierno la realizó —de la única manera en que la sociedad capitalista podía realizarla— en los absurdos talleres nacionales. Exactamente igual se realizó el derecho al trabajo durante la crisis algodonera de 1861-64 aquí en Lancashire, mediante talleres municipales. Y en Alemania también se realiza en las colonias de trabajadores, de hambre y palizas, por las que ahora se entusiasma el filisteo. Planteada como reivindicación aislada, el derecho al trabajo no puede realizarse de ninguna otra manera. Se exige a la sociedad capitalista que lo realice; ésta sólo puede hacerlo dentro de sus condiciones de existencia, y cuando se le exige el derecho al trabajo, se le exige bajo estas condiciones determinadas, se exige, por tanto, talleres nacionales, casas de trabajo y colonias. Pero si la reivindicación del derecho al trabajo debe incluir indirectamente la exigencia de la subversión del modo de producción capitalista, entonces es, frente al actual estadio del movimiento, un cobarde paso atrás, una concesión a la ley contra los socialistas, una frase que no puede tener otra finalidad que la de confundir y mantener en la confusión a los obreros acerca de los fines que deben perseguir y de las condiciones en las que únicamente pueden alcanzarlos.

En París, en las elecciones municipales, los nuestros han seguido de hecho la táctica que tú pedías, y no presentaron a Dereure más que contra Joffrin porque al principio no había ningún oportunista frente a él, de modo que la oposición era casi obligada. Sólo después apareció Simoneau; y entonces Guesde pidió inmediatamente que Dereure se retirara, pero no tuvieron el valor para ello, y así Dereure fracasó estrepitosamente. En cambio, Vaillant ha vencido al posibilista en su arrondissement, Reties era un borracho (poivrard) de la peor reputación y fracasó merecidamente. Y si Joffrin fracasó en la segunda vuelta, no es culpa de los nuestros, sino de los suyos. Por lo demás, será necesario enfrentarse siempre a los posibilistas hasta que se avengan a un entendimiento con los nuestros en las elecciones; mientras se presenten sin más como el partido obrero por excelencia (parti ouvrier par excellence), obligan a los nuestros a la oposición directa. Así pues, o lo uno o lo otro. Los señores lo tienen en su propia mano.

Por lo que respecta concretamente a Joffrin, su programa era tan tibio y miserable que hasta los radicales renunciaron a presentar un candidato contrario, ¡porque el programa de Joffrin era, en lo esencial, el suyo!

«Justice» se vuelve aquí más miserable cada semana. Tuyo

F. E.

También voy a ponerme a trabajar en el «Dühring». ¿Cuándo queréis aproximadamente empezar con la impresión? Una vez metido en ello, puedo despachar de golpe 6 u 8 pliegos, aunque precisamente al principio hay mucho que revisar.

La «Guerra de los campesinos» será completamente nueva, con excepción de la narración de la historia militar. Para ello he aprendido mucho en los últimos años, va a entrar un buen trozo de historia alemana. ¡Eso, en cuanto esté listo el «Dühring»!