en París

Londres, 31 de marzo de 1884

Mi querida Laura,

Aunque esta mañana no hubiera llegado la carta de Paul, tenía previsto dedicar la tarde de hoy a escribirte. Por el momento, me veo tan perturbado y molestado que no sólo mi tiempo, sino incluso mi habitación y mi escritorio ya no me pertenecen.

¡El lunes pasado ajustamos cuentas con el número 41 de Maitland Park Road, pagamos a Willis y le entregamos la llave. Los muebles que quedaron están en manos de Gittens; ofrecieron 12 libras y 10 chelines, pero nos aconsejaron venderlos; intentaremos sacarles 15 libras para quitarnos el asunto de encima; esto se liquidará aún esta semana.

Luego me ocupé de los libros y estaba ya casi listo —dos días más y la pesada labor habría concluido— cuando, ¡figúrate!, el casero manda a los pintores a pintar el exterior de la casa; y aquí estamos, con tres tipos en casa que holgazanean por todas partes, todas las ventanas abiertas, gente que a las horas más inoportunas irrumpe de repente en las habitaciones y, para coronarlo todo, un cortante viento del este que sopla no sólo fuera, sino también dentro. No es de extrañar que haya cogido un reumatismo en toda regla.

Aunque esos holgazanes siguen ocupando la casa, por suerte el viento del este nos ha abandonado y, en mayor o menor medida, también el reumatismo; para hoy me han prometido que puedo quedarme en mi habitación, con la condición de que mañana la desaloje. ¡Disfrutemos, pues, de este hoy mientras dure!

Nim dice que ahora que hemos ajustado cuentas con la vieja casa se le ha quitado un peso del corazón, que por fin puede volver a dormir tranquila; para ella era una pesadilla que ni siquiera un ocasional trago de «Irish» para conciliar el sueño lograba ahuyentar. Nuestro hogar ha cambiado mucho; dos de mis estanterías de libros han bajado a la planta baja, el piano está en el rincón entre la chimenea y la puerta de dos hojas (en el cuarto delantero), el otro rincón lo ocupa una librería de Mohr, mientras que su gran librería (antes detrás de su sofá) ocupa ahora el lugar del cuarto trasero donde antes estaba el piano.

En cuanto se vayan los pintores, terminaré de clasificar el último montón de libros y luego intentaré enviaros la última caja de libros; contiene un montón de cosas bonitas sobre la Revolución francesa, Loustallot, «Feuille Villageoise», «Prisons de Paris pendant la Révolution» 79°, etc., etc.

He acordado con Meißner que el libro segundo (¿El proceso de circulación del capital?) se publique primero y por separado; en cuanto concluya el trabajo más pesado, puedo empezar. Luego seguirá el libro tercero, junto con las «Teorías sobre la plusvalía», un extenso trabajo crítico que acabo de encontrar y que constituye una parte del primer manuscrito de «El Capital» (1862). La traducción inglesa? avanza lentamente; Sam tiene demasiado que hacer con asuntos judiciales y es demasiado escrupuloso para seguir dándose prisa «sin reparar en la calidad».

El movimiento aquí se muestra cada semana más y más vacío. «Justice» me desespera con su total incapacidad para abordar correctamente una sola cuestión. El mes que viene, «To-Day» subsistirá sólo gracias a Davitt y Paul, quien, como sin duda habrás leído con alegría en «Justice», es la principal autoridad viva en materia de propiedad campesina en Francia. Estos tipos no pueden ni siquiera hacer justicia a un hombre sin intentar ponerlo en ridículo.

Por lo que puedo juzgar en este momento, Bax y Aveling son los únicos de los que se puede sacar algo; pero Bax no tiene más que a Kant en la cabeza, y Aveling, para poder vivir, ha de tener muchos hierros en el fuego y es un completo principiante en todo lo que atañe a la economía política. Seguro que Paul verá a Bax en Roubaix; él y un obrero? han sido delegados por la Democratic Federation, muy contra la voluntad de Hyndman, quien últimamente ha intentado repetidas veces imponerles sus planes y artimañas personales, sufriendo por ello derrotas vergonzosas: así, se opuso a enviar delegados a Roubaix porque quería mantener abierta la posibilidad de un vínculo con Brousse y Cía. Ese tipo no llegará lejos: es demasiado impaciente.

Me temo que Paul quedará decepcionado con el delegado alemán a Roubaix, a menos que venga Liebknecht; pero aunque haya prometido venir, no es probable. Los otros no hablan francés, salvo quizá Bernstein, y seguro que los diputados no lo enviarán, pues la mayoría lo odia y, si pudieran y tuvieran el valor, lo relevarían en Zúrich.

Gracias al gran aumento de pequeños burgueses —mastuerzos ilustrados—, nuestros «dirigentes» en Alemania se han convertido en una pandilla lamentable.

De todos modos, espero que Roubaix ante el público sea un gran éxito; ayudará enormemente; entre tanto, adjunto un cheque de 10 libras y te envío un montón de besos de parte de Nim y de tu viejo inválido que te quiere,
F. Engels