en Zúrich

Londres, 24 de marzo de 1884

Querido Ede,

Con toda urgencia, un poco de chismorreo. Hoy hemos terminado por fin en Maitland Park, y ¡¡la vieja casa ha sido devuelta a su propietario!!, en cambio yo sigo metido hasta el cuello con los libros y papeles y no puedo emprender nada serio hasta que todo esté ordenado.

La manifestación del 16 de marzo ha provocado dos descalabros: el de Hyndman y el de Frohme.

Hyndman había sido designado orador sin haberlo aceptado directamente –según se dice, por mediación de Rackow. Como no se fiaba del éxito, declaró en «Justice» que «un obrero» debía hablar, que él se limitaría a escuchar. En ese mismo número de «Justice» aparecía un aviso sumamente desvergonzado del último número de «To-Day» –casi una semideclaración de guerra. Luego intrigó Hyndman contra el envío de delegados al Congreso de Roubaix: que eran una minoría y que no había que inmiscuirse en las disputas internas francesas. Pero el martes siguiente, en la reunión del Comité de la Democratic Federation, fue completamente derrotado: sus hombres más seguros se pronunciaron en su contra; no pudo expresar los verdaderos motivos de su actitud; la participación en la manifestación y en el congreso fue acordada con entusiasmo; y Hyndman, que ahora hubiera hablado con gusto en Highgate, se había cortado él mismo la retirada, mientras que Aveling había aceptado con alegría la invitación que se le hizo para hablar. Así les va siempre a estos astutos camastrones de pequeña camarilla: su propia picardía los arruina.

Según dicen, Frohme habló bastante bien en Highgate, pero en el Verein lo hizo de manera espantosa. Os envío la «Deutsche Londoner Zeitung», en la que el cronista filisteo deja traslucir ingenuamente su alegría porque Frohme le haya hablado enteramente desde el alma con sus espantosos lugares comunes. Después parece que se armó un gran escándalo en el Verein; aquello fue demasiado; pusieron a Frohme verde, y éste parece que declaró no haber visto en Londres a un solo socialista, y mucho menos a una persona. Así que no volverá por aquí en mucho tiempo. A mí, afortunadamente, me ha dejado en paz.

Muchas gracias por el «Deutsche Tageblatt», que también devuelvo. Volver sobre las sandeces de B. Becker sería concederle demasiado honor. Lo que escribe el expresidente de la Humanidad y lo que imprime el «Tageblatt» es completamente indiferente y hasta en Berlín está ya olvidado desde hace tiempo. Semejante impotente malignidad se asfixia a sí misma. Pero ¡qué prensa ésta que imprime tales cosas! Los figaristas parisienses mentían mejor, y aun así sólo inmediatamente después de la Comuna, en tiempos de pánico general.

El artículo sobre marzo era, a pesar de todo, muy bueno; los puntos esenciales se destacaban de forma totalmente correcta. También el del número siguiente sobre el sermón campesino del Volksparteiler, sólo que la apelación al «concepto» de democracia es endeble. Este concepto cambia con el demos de turno y, por tanto, no nos hace avanzar ni un paso. Lo que había que decir es, a mi modo de ver, lo siguiente: también el proletariado necesita formas democráticas para la toma del poder político, pero éstas son para él, como todas las formas políticas, meros medios. Pero si hoy se quiere la democracia como fin, hay que apoyarse en los campesinos y en la pequeña burguesía, es decir, en clases que están en vías de desaparecer y que, frente al proletariado, en cuanto pretenden mantenerse artificialmente, son reaccionarias. Además, no hay que olvidar que la forma consecuente de la dominación burguesa es precisamente la república democrática, la cual, no obstante, ha llegado a ser demasiado peligrosa a causa del ya alcanzado desarrollo del proletariado –pero, como muestran Francia y América, sigue siendo posible como mera dominación burguesa. El «principio» del liberalismo como «algo determinado, históricamente devenido» no es, pues, en realidad más que una inconsecuencia; la monarquía constitucional liberal es la forma adecuada de la dominación burguesa 1. al comienzo, cuando la burguesía aún no ha acabado del todo con la monarquía absoluta, y 2. al final, cuando el proletariado ya hace demasiado peligrosa la república democrática. Y sin embargo, la república democrática sigue siendo siempre la última forma de la dominación burguesa: aquella en la que se va a pique. Con esto termino esta perorata.

Nim envía saludos; ayer no vi a Tussy.

Tuyo,
F. E.