en Ginebra

Querido viejo: Londres, 30 de nov. de 1883

Me ha alegrado infinitamente volver a recibir líneas de tu mano. En ninguna parte había podido averiguar nada más concreto sobre cómo te iba, y ahora me alegra saber que al menos estás otra vez en pie, siquiera a medias.

Yo también llevo más de un mes en cama, para curarme una enfermedad en sí leve, pero muy molesta y prolongada, y por eso solo puedo escribir muy brevemente, pues me está prohibida toda postura que no sea completamente horizontal. Pero probablemente pronto podré levantarme también y ponerme a la muy acumulada labor.

En cuanto pueda proceder a ordenar los papeles de Marx, buscaré las cosas deseadas (!!!); pero todavía está todo en el mayor desorden, pues yo mismo tengo que ocuparme de todo. La señora Lafargue vive desde hace un año y más ya en París, y la hermana menor¹ se ha amueblado un par de habitaciones en las cercanías —en las cercanías, es decir, a media hora de aquí—, y como yo soy el único que ha de decidir sobre la importancia o falta de importancia de la ingente masa de papeles, etc., es comprensible que, con sus muchas ocupaciones literarias, me deje a mí la tarea de ordenar.

Espero también volver a encontrarte una vez más en algún sitio, viejo camarada de guerra —¡quién sabe si no otra vez, como antaño, en Durlach y Vöhrenbach, en plena campaña!—. Eso sería demasiado hermoso. Y esta farsa actual ya no puede durar mucho más, a no ser que el señor Bismarck, mediante una guerra general hacia la que evidentemente se encamina, cree nuevos aplazamientos y una perturbación momentánea del desarrollo revolucionario.

Por correo recibirás un giro por cinco libras esterlinas.

Pero ahora tengo que tenderme otra vez de espaldas. Que te vaya bien, viejo; procura reponer fuerzas y escribe de vez en cuando a tu

viejo y fiel F. Engels

¹ Eleanor Marx