Que prefieras no estar en el Reichstag, te lo creo de buena gana. Pero ya ves lo que ha hecho posible tu ausencia. Hace años ya me escribió Bracke: de todos nosotros, Bebel es el único que posee verdadero tacto parlamentario. Y eso lo he visto siempre confirmado. Así que probablemente no quedará más remedio que, en la primera oportunidad, vuelvas a ocupar tu puesto, y me alegraría mucho que salieras elegido en Hamburgo y con ello te vieras librado de tus dudas por obra de la necesidad.

La labor de agitación y la parlamentaria se vuelven seguramente muy aburridas a la larga. Es como con los anuncios, la publicidad y los viajes en el negocio: el éxito llega lentamente, y para algunos no llega en absoluto. Pero no hay otra manera, y quien está metido en ello tiene que seguir hasta el final, o de lo contrario todo el esfuerzo anterior se pierde. Y bajo la ley contra los socialistas, este único camino que ha quedado abierto es absolutamente indispensable.

El informe sobre el Congreso de Copenhague estaba siempre redactado de modo que yo pudiese leer suficientemente entre líneas y rectificar a partir de ahí las comunicaciones de Liebknecht, teñidas de rosa como siempre. En todo caso, vi que los tibios sufrieron una dura derrota, y creí, por cierto, que ahora plegarían velas. Pero parece, pues, que no es así en esa medida. Sobre esta gente nunca nos hemos engañado. Ni Hasenclever ni Hasselmann debieron haber sido admitidos nunca, pero la precipitación de Liebknecht por lograr la unificación, contra la que nosotros protestamos entonces con todas nuestras fuerzas, nos cargó con un asno y, durante una temporada, también con un canalla. Blos era en su día un muchacho valiente y corajudo, pero desde su matrimonio, etc., las preocupaciones por el sustento lo han ablandado rápidamente. Geiser fue siempre un dormilón lleno de presunción, y Kayser un viajante de comercio fanfarrón. De Rittinghausen ya en el 48 no había nada; es socialista sólo pro forma, para imponer con nuestra ayuda su gobierno directo del pueblo. Tenemos cosas mejores que hacer.

Lo que dices de Liebknecht, seguramente lo has pensado ya desde hace tiempo. Le conocemos desde largos años. Su popularidad es para él condición de existencia. Tiene, pues, que mediar y echar tierra a los asuntos para aplazar la crisis. Además es optimista por naturaleza y lo ve todo de color de rosa. Eso le mantiene tan lozano y es una de las causas principales de su popularidad, pero también tiene su lado sombrío. Mientras solo me carteé con él, no solo me lo contaba todo según su propia versión color de rosa, sino que también nos ocultaba todo lo desagradable, y cuando se le interpelaba, respondía con tal ligereza, a tontas y a locas, que uno se irritaba siempre sobre todo por eso: ¡ese hombre nos cree tan tontos que nos vamos a dejar atrapar con eso! Acompañaba a esto una actividad infatigable, ciertamente muy útil en la agitación corriente, pero que a nosotros nos cargó aquí con una montaña de escritos inútiles, un perpetuo fabricar proyectos que se reducía a cargar trabajo a otros; en fin, comprenderás que con todo eso era sencillamente imposible una correspondencia realmente formal y objetiva como la que mantengo desde hace años contigo y también con Bernstein. De ahí las perpetuas riñas y el título honorífico que una vez me confirió aquí en broma: que yo soy el tipo más grosero de Europa. Mis cartas a él ciertamente fueron a menudo groseras, pero la grosería estaba condicionada por el contenido de las suyas. Nadie lo sabía mejor que Marx.

Además, Liebknecht, pese a sus muchas y valiosas cualidades, es un maestro de escuela nato. Cuando alguna vez un obrero dice en el Reichstag Mir en lugar de Mich, o pronuncia larga una vocal breve latina y los burgueses se ríen, se desespera. Por eso necesita tener gente «culta», como el memo de Viereck, que nos pondrían en ridículo con un discurso en el Reichstag peor que dos mil «Mir» equivocados. Y además no sabe esperar. El éxito inmediato, aunque con ello se sacrifique uno mucho mayor más tarde, es lo primero para él. Eso lo experimentaréis en América cuando lleguéis después de Fritzsche y Viereck. Su envío fue un disparate tan grande como la precipitada unificación con los lassalleanos, que os habría caído en el regazo seis meses más tarde por sí sola... pero como banda desorganizada, sin los líderes corrompidos.

Ya ves que te hablo, en confianza, con toda franqueza. Pero creo también que harías bien en oponer una firme resistencia a la facundia persuasiva de Liebknecht. Entonces cederá. Cuando se le coloca realmente ante la decisión, toma sin duda el camino correcto. Pero preferiría hacerlo mañana mejor que hoy, y mejor dentro de un año que mañana.

Si en efecto algunos diputados votaron a favor de las leyes de Bismarck, respondiendo así a la patada en el trasero con un beso en el suyo, y si la fracción no expulsó a esa gente, entonces yo también estaría, ciertamente, en la tesitura de desvincularme públicamente del partido que tolera eso. Hasta donde yo sé, eso sería por lo demás imposible según la disciplina de partido vigente, que obliga a la minoría a votar con la mayoría. Pero eso lo sabes tú mejor que yo.

Toda escisión, bajo la ley contra los socialistas, la consideraría yo una desgracia, ya que se ha cortado todo medio de comunicación con las masas. Pero puede sernos impuesta, y entonces hay que mirar los hechos cara a cara. Así que si ocurre algo así —estés donde estés—, ten la bondad de informarme, y además de inmediato, pues yo recibo mis periódicos alemanes siempre con mucho retraso.

Blos, ciertamente, cuando, expulsado de Hamburgo, se fue a Bremen, me escribió una carta muy lastimera, y yo le contesté de manera muy tajante. Pero ahora mis papeles yacen desde hace años en la más espantosa confusión, y me costaría un día entero de trabajo encontrar esa carta. Sin embargo, tengo que poner orden alguna vez, y si es necesario, te enviaré la carta en original.

Tu apreciación de la situación de los negocios se confirma en Inglaterra, Francia y América. Se trata de una crisis intermedia como la de 1841-42, pero en una escala muchísimo más colosal. El ciclo decenal no se ha desarrollado con claridad hasta 1847 (a causa de la producción de oro de California y Australia y, con ello, de la plena instauración del mercado mundial). Ahora, cuando América, Francia y Alemania empiezan a quebrantar el monopolio del mercado mundial detentado por Inglaterra, y cuando, por tanto, la sobreproducción comienza de nuevo, como antes del 47, a hacerse sentir más rápidamente, ahora reaparecen también las crisis intermedias quinquenales. Es la prueba del agotamiento completo del modo capitalista de producción. El período de prosperidad ya no alcanza su pleno desarrollo; a los 5 años ya se vuelve a producir en exceso, y aun durante esos 5 años las cosas, en conjunto, marchan de manera mediocre. Lo que no prueba de ningún modo que no vayamos a tener en 1884-87 otra temporada de negocios muy animada, como la de 1844-47. Pero entonces vendrá, con toda seguridad, el crack principal.

11 de mayo. Quería escribirte algo más acerca de la situación general del comercio, pero ya se me ha pasado la hora del correo certificado. Queda, pues, para la próxima.

Tuyo
F. E.