¿en Borsdorf, cerca de Leipzig?

Londres, 30 de abril de 1883

Querido Bebel:

Tu pregunta de si me trasladaría a Alemania, a Suiza o a cualquier otro lugar del continente se responde simplemente con esto: que no voy a ningún país del que se me pueda expulsar. Y esto sólo está seguro uno en Inglaterra y en América. A este último país iré, a lo sumo, de visita, si no tengo más remedio. Así que me quedo aquí.

Además, Inglaterra tiene otra gran ventaja. Desde el fin de la Internacional, aquí no hay absolutamente ningún movimiento obrero, salvo como cola de la burguesía, de los radicales y para pequeños fines dentro de la relación de capital. Así que solo aquí tiene uno tranquilidad para proseguir el trabajo teórico. En cualquier otro sitio habría tenido que participar en la agitación práctica y perder enormemente el tiempo. En la agitación práctica no habría rendido más que cualquier otro; en los trabajos teóricos no veo hasta ahora quién pueda sustituirnos a Marx y a mí. Lo que han intentado los más jóvenes en este terreno es poco, y la mayoría de las veces vale menos que nada. Kautsky, el único que estudia con aplicación, tiene que escribir para vivir, y ya por eso no puede rendir nada. Y ahora, a los 63 años, con la espalda cargada de trabajo propio y la perspectiva de un año de trabajo en el tomo II de «El Capital» y de un segundo año para la biografía de Marx, junto con la historia del movimiento socialista alemán de 1843 a 1863 y de la Internacional de 1864 a 1872, tendría que estar loco para cambiar mi tranquilo asilo de aquí por lugares donde habría que participar en asambleas y en la lucha periodística y donde, ya con eso, necesariamente se me nublaría la mirada clara. Sí, si volviéramos a estar como en 1848 y 1849, volvería a montar a caballo, si fuera necesario. Pero ahora… estricta división del trabajo. Incluso del «Sozialdemokrat» tengo que retirarme en lo posible. Piensa solo en la enorme correspondencia que antes compartíamos Marx y yo, y que desde hace más de un año tengo que despachar yo solo. Pues los muchos hilos de todos los países que voluntariamente confluían en el gabinete de trabajo de Marx, queremos conservarlos intactos, en la medida de mis fuerzas.

En cuanto al monumento para Marx, no sé qué se va a hacer. La familia se opone. La sencilla lápida que se hizo para su esposa y que ahora lleva también su nombre y el de su pequeño nieto, sería, a sus ojos, profanada si se la sustituyera por un monumento que aquí en Londres apenas se distinguiría de los pretenciosos monumentos filisteos que la rodean. Un cementerio londinense tiene un aspecto muy distinto de uno alemán. Allí hay tumba pegada a tumba, sin espacio para un árbol entre ellas, y el monumento no puede sobrepasar la anchura ni la longitud del estrecho espacio comprado.

Liebknecht habló de una edición completa de los escritos de Marx. Muy hermoso todo, pero, al igual que con el plan de Dietz para el tomo II, la gente olvida que el tomo II está negociado desde hace tiempo con Meißner, y que una edición de las otras cosas, más pequeñas, tendría que ofrecérsele primero también a Meißner, y luego solo podría aparecer en el extranjero. Ya antes de la Ley contra los socialistas se decía siempre que ni siquiera el «Manifiesto Comunista» podía imprimirse en Alemania, salvo como pieza leída en vuestro proceso.

El manuscrito del tomo II está terminado antes de 1873, probablemente ya antes de 1870. Está escrito en caracteres alemanes; desde 1873 Marx solo utilizó caracteres latinos.

Es demasiado tarde para certificarla, así que esta carta ha de ir así; no obstante, la sello con mi sello.

A Liebknecht le escribo esta noche a Berlín.

Tuyo,
F. E.