Londres, 14 de marzo del 83

Mi telegrama a la señora Bebel —la única dirección que tengo— os habrá comunicado la horrible pérdida que ha sufrido el partido socialista revolucionario europeo. Todavía el viernes pasado nos había dicho el médico¹ —uno de los primeros de Londres— que había todas las perspectivas de volver a ponerlo tan sano como nunca antes, con tal de mantenerle las fuerzas mediante la alimentación. Y precisamente desde entonces volvió a comer con más apetito. Entonces, hoy a mediodía, pasadas las dos, encontré la casa inundada en lágrimas: estaba terriblemente débil; Lenchen me llamó para que subiera, se hallaba medio dormido, y cuando subí —ella no había abandonado la habitación ni dos minutos— estaba completamente dormido, pero en el sueño eterno. La cabeza más grande de la segunda mitad de nuestro siglo había dejado de pensar. Sobre la causa inmediata de la muerte no me permito emitir juicio alguno sin asesoramiento médico, y todo el caso era tan complicado que harían falta pliegos para que incluso los médicos lo describieran adecuadamente. Esto, al fin y al cabo, ya no es tan importante. Yo he pasado bastantes angustias estas últimas seis semanas y sólo puedo decir que, en mi opinión, primero la muerte de su mujer y luego, en un período muy crítico, la de Jenny, han hecho lo suyo para contribuir a desencadenar la crisis final.

A pesar de haberlo visto esta noche tendido en su lecho, con la rigidez cadavérica en el rostro, no puedo en absoluto concebir que esa cabeza genial haya dejado de fecundar con sus poderosos pensamientos el movimiento proletario de ambos mundos. Lo que todos nosotros somos, lo somos gracias a él; y lo que el movimiento actual es, lo es por su actividad teórica y práctica; sin él seguiríamos aún hundidos en la inmundicia de la confusión.

Tuyo,
F. Engels

¹ Donkin