en Zúrich

Estimado señor Bernstein, Londres, 27 de febrero de 1883

He tenido últimamente una pequeña disputa con Viereck, que me ha obligado a romper con él. Dado que es posible que venga al congreso de Zúrich y en esa ocasión, en conversación privada, mencione el asunto, me interesa que, en ese caso, no circule solamente su versión. Le autorizo, por tanto, a leer esta carta a toda persona a quien Viereck hable del asunto, pero en todo caso a Bebel y a Liebknecht.

Ya antes de Navidad me envió Viereck, o más bien su mujer, una tarjeta de visita de un ingeniero Deinhardt, de Múnich, con tres preguntas de naturaleza químico-físico-industrial y me rogó que, a ser posible, le consiguiera información. Envié la tarjeta a Schorlemmer, en Manchester, quien, a partir de las preguntas, caló acertadamente al diligente e importuno inventor y, junto a una respuesta sumamente concisa, añadió un «lema». He aquí la tarjeta tal como fue devuelta a Viereck:

«1. ¿Se ha empleado ya el ozono en las fábricas de papel inglesas, junto al cloro y el cloruro de cal, para el blanqueo de trapos? — ¡No!

2. ¿Posee el ozono, frente a otros blanqueantes, ventajas dignas de mención en el funcionamiento industrial, desde el punto de vista técnico o financiero? — ¡No!

3. ¿Se oponen dificultades considerables a la producción y utilización de ozono en el funcionamiento industrial? — ¡Sí!

C. Deinhardt, ingeniero (tarjeta impresa).

Lema: ¡Apage inventor!»

En esta forma se devolvió la tarjeta. Si Viereck no quería mostrar el lema a su Deinhardt, no tenía más que copiar las preguntas y respuestas en una hoja de papel o en una tarjeta postal, y el asunto quedaba concluido.

Entonces recibo el n.º 7 (17 de enero) de la «Süddeutsche Post» (que Viereck me envía a cambio del «Labour Standard») y leo en la sección de correspondencia lo siguiente:

«Al señor ingeniero Deinhardt, de esta ciudad. El autor de la “revolución electrotécnica” nos escribe que, a pesar de la información contraria del señor profesor Schorlemmer, de Manchester, debe mantener que la obtención de ozono se llevaría a cabo mediante la dinamo, etc.»

¿Qué significaba esto? ¿Cómo llegó esta comunicación puramente privada al periódico, en lugar de al verdadero buzón de correos? ¿Y cómo pudo Viereck atreverse a utilizar públicamente en su periódico la comunicación privada hecha por Schorlemmer —al, como el propio Viereck demuestra, extremadamente importuno Deinhardt— por pura amabilidad hacia Viereck? O Viereck no sabía lo que hacía, o lo hizo por venganza a causa del «lema».

Ahora bien, en las 3 preguntas y respuestas no se habla en absoluto de si la obtención de ozono se lleva a cabo mediante la dinamo; la dinamo ni siquiera se menciona. Al hacer decir indirectamente a Schorlemmer que niega, en general, que la obtención de ozono se realice con la dinamo, Viereck comete, pues, una falsificación directa, hace afirmar a Schorlemmer cosas que nunca ha afirmado. Esto, en verdad, no puede ser indiferente para un químico de reputación más que europea, cuando se le hace decir públicamente, en la ciudad universitaria de Múnich, donde también hay químicos y físicos que posiblemente lo lean, cosas que nunca ha dicho sobre cuestiones químico-físicas.

Envié, pues, como era mi maldita obligación, el periódico a Schorlemmer, quien me remitió una carta para Viereck: «Si alguien (cito de memoria) publica sin permiso una comunicación privada, eso es incorrecto. Pero si, además, desfigura esa comunicación, eso es nada menos que indecente.» Schorlemmer exige, por tanto, para esclarecer el asunto, la publicación de toda la tarjeta con preguntas, respuestas y lema.

A continuación, una larga carta de Viereck para mí: Deinhardt le había bombardeado con tres cartas a propósito del ozono (¡de modo que el apage inventor era de lo más oportuno!). Ahora, mi carta, enviada junto con lo anterior, le ponía la pistola en el pecho (no es cierto, él puede mostrarla, yo sólo exigía plena satisfacción para Schorlemmer en forma cortés), pero aún era superada por la carta de Schorlemmer y la exigencia en ella planteada. El lema no podía publicarlo (esta petición, naturalmente, no iba en serio en absoluto) y el resto sólo si Schorlemmer retiraba las expresiones insultantes de su carta. De momento, aún no veía que hubiera cometido un error, pero nuestra exigencia, planteada en «esta forma absolutamente incalificable», debía negarse a cumplirla. «¡Ni siquiera sabía yo que el señor profesor Schorlemmer lee la “Süddeutsche Post”, y en modo alguno puedo suponer que usted le haya enviado este número ad hoc?! Pues la posibilidad de que usted pudiera convertirse en delator mío la tengo… por descartada y sólo me habría alegrado si usted me hubiera proporcionado los pasos necesarios para calmar al muy excitado profesor.» …su público se compone en sus ⁷/₈ de correligionarios… no se le debía exigir nada que «un hombre de honor no pueda cumplir», etc.

Así pues: se abusa del nombre de Schorlemmer y se desfigura su declaración, confesadamente, porque se espera que él no se entere. Y si yo se lo comunico, yo, el único a través del cual él se ha visto envuelto en el asunto, me convierto en «delator» para con Viereck. No es Schorlemmer el agraviado, sino Viereck, porque Schorlemmer califica la conducta de Viereck aún muy suavemente. De la falsificación cometida contra Schorlemmer se guarda silencio.

Nuestras respuestas puede ahora Viereck leérselas a cualquiera. Le enviamos una declaración, no dirigida a él, sino a la redacción, y por tanto destinada a la publicación, así como la exigencia de que hiciera imprimir a continuación las preguntas y respuestas. ¿Qué hace Viereck? Primero, una cortés disculpa en la sección de correspondencia: «lamentamos sobremanera el enojoso malentendido» y arreglaremos el asunto. — ¿Y luego? — En el n.º 17, 9 de febrero: «Sobre la revolución electrotécnica. El señor profesor Schorlemmer, de Manchester, a petición, da la siguiente información, que por la presente publicamos para esclarecer un (!) malentendido (!)»: (Siguen las preguntas y respuestas.)

El esclarecimiento del «malentendido» desemboca en el total oscurecimiento del asunto; la satisfacción para Schorlemmer, en intento de burla y nuevo abuso de su nombre. Desde entonces devolví la «Süddeutsche Post» sin abrir. Nueva tarjeta postal de Viereck, con la que se habría merecido este insultante (¡todo es insultante!) modo de rechazo, etc. Lo que yo le respondí —también por tarjeta postal— puede leerlo él mismo, si tiene ganas. «Con semejante cerdo hay que romper por completo», me escribe Schorlemmer. Y así se ha hecho.

Su
F. Engels