en Viena

| Londres, 10 de feb. de 1883

Estimado señor Kautsky:

Por fin encuentro tiempo para contestarle y agradecerle sus diversos envíos. No tiene usted idea de los estorbos de todo tipo que me han impedido no sólo trabajar, sino incluso despachar la correspondencia más urgente. Desde la enfermedad de Marx, toda la carga recae sobre mí solo, y las consultas, etc., se duplican por añadidura. A ello se suma que por la noche no puedo escribir bien, porque me daña la vista y me perturba el sueño. Todo lo que hay que escribir depende así de las pocas horas de luz diurna, tan cortas aquí en invierno, y con las distancias que hay aquí, una sola ida a la ciudad suele echar a perder toda la jornada de trabajo. ¡Y vaya carreras que he tenido últimamente! ¡Ah, ah, ah!

Basta. No he visto aún “Die Neue Zeit”. Pero hoy escribo a Dietz. Necesito la calle y el número de la casa para enviar el importe de la suscripción por giro postal, aquí es reglamentario.

Su artículo sobre la producción de alimentos en América es muy oportuno. Habrá enorgullecido mucho al señor Meyer el que usted haya aprovechado tan bien sus informaciones. ¿Sigue él en Viena y lo ve usted de vez en cuando?

¡Pero qué ironía de la historia universal! Hace 3 o 4 años, usted, neotato-malthusiano, predicaba la necesidad de una limitación artificial de la población, porque de lo contrario pronto todos no tendríamos suficiente para comer. ¡Y ahora demuestra usted que no hay siquiera población suficiente para consumir, junto a lo producido en la propia Europa, el excedente de la producción de alimentos americana! ¡Resuélveme, conde Oerindur, este enigma de la naturaleza! Así pues, no será la cesta del pan lo que se cuelgue más alto, sino la tan renombrada esponjita. Lo que en modo alguno impide que el mismo u otro procedimiento pueda ser muy práctico en las familias burguesas para mantener la proporción entre el número de hijos y los ingresos, para no arruinar la salud de la mujer con partos demasiado frecuentes, etc. Sólo que mantengo que eso es asunto privado entre marido y mujer, y en todo caso del médico de familia (yo mismo, en un caso así, he recomendado lo que usted llama el “procedimiento Raciborski”), y que nuestros proletarios, como hasta ahora, harán honor a su nombre mediante numerosa prole.

No le sorprenderá saber que, en relación con su artículo sobre el heterismo, sigo manteniendo el viejo punto de vista, de que la comunidad de las mujeres (y de los hombres, para las mujeres) fue el punto de partida de las relaciones sexuales dentro de la tribu. La motivación psicológica contraria, basada en los celos, introduce subrepticiamente concepciones posteriores y es refutada por centenares de hechos (de los cuales más abajo). Darwin tiene tan poca autoridad en este terreno como en la economía, de donde importa su malthusianismo. De los monos no sabemos casi nada a este respecto, pues las observaciones en las casas de fieras no prueban nada y las que se hacen en manadas de monos salvajes son difíciles de realizar, y las realizadas, las pretendidas, no pueden valer como exactas y definitivas, ni mucho menos como generales. El gorila y el orangután quedan de todos modos fuera, pues no viven en manadas. Las tribus primitivas que usted aduce, con monogamia laxa, las tengo por degeneradas; respecto a los californianos de la península, Bancroft lo ha demostrado. No es el salvajismo lo que prueba el carácter originario, sino el grado de integridad de los antiguos vínculos de sangre tribales. Por tanto, en cada caso particular hay que comprobar estos vínculos antes de que sea lícito sacar conclusiones de fenómenos aislados en tal o cual tribu. Por ejemplo, entre los californianos de la península, estos antiguos vínculos están fuertemente relajados sin que otra organización haya ocupado su lugar; signo seguro de degeneración. Pero también éstos prueban en contra suya. También entre ellos, las mujeres recaen periódicamente en la comunidad. Y éste es el punto principal, que usted ni siquiera menciona. Con la misma seguridad con que, allí donde en la rotación forzosa de cultivos la tierra recae periódicamente en la comunidad, puede inferirse una anterior comunidad plena de la tierra, con esa misma seguridad, en mi opinión, puede concluirse la existencia de una comunidad originaria de las mujeres allí donde las mujeres recaen periódicamente —real o simbólicamente— en la comunidad. Y esto no sólo ocurre entre sus californianos de la península, sino también en muchísimas otras tribus indias, además entre fenicios, babilonios, indios, eslavos, celtas, ya sea real o simbólicamente, es, pues, antiquísimo y está muy difundido, y refuta todo el argumento psicológico de los celos. Tengo curiosidad por ver cómo piensa usted salvar este obstáculo en la continuación, pues no puede usted dejarlo sin mencionar.

En este momento llega Pumps con su esposo y el niño, y se acabó toda escritura. Así pasa siempre.

Con el mejor saludo.

Suyo
F. E.