en Zúrich

Londres, 8 de febrero de 1883

Estimado señor Bernstein:

1. Espero que haya recibido el manuscrito final (la «Mark») remitido certificado desde aquí el 20 de diciembre. Pero la demora en la impresión está llegando demasiado lejos. Si esto sigue así, podrán ustedes reimprimir la portada y ponerle 1884. ¿Cuándo se volverá a tener un pliego?

2. No he recibido —ni el primer proyecto de ley de accidentes, ni el discurso de Bebel al respecto. Entre tanto, me parece que un ataque específico al socialismo bismarckiano ha quedado anticuado. El periodicucho de Viereck ha perdido toda inclinación hacia él; Singer, que la penúltima vez adolecía fuertemente de manía estatalizadora, estuvo la última vez completamente libre de ella y ¡todo un revolucionario!; y entre los débiles mentales del Reichstag, Blos, Geiser y Cía., parece que, si no las ganas, al menos el valor se les ha perdido. ¿Por qué, pues, disparar con cañones contra mosquitos? Pienso que dejemos que el socialismo bismarckiano se entierre a sí mismo. Luego no queda más que la crítica de los malos residuos lassalleanos. Pero si la impresión del folleto va tan despacio, esta arremetida también quizá se vuelva obsoleta para cuando aparezca.

3. Respecto a Malon, usted se engaña. El hombre no es tan tonto o, mejor dicho, tan poco astuto como aparenta. C’est un faux bonhomme, que ha aprendido de los bakuninistas cómo se empuja en secreto y al mismo tiempo se aparece como el empujado. Ya verá usted un día que tengo razón.

4. Impuesto de bolsa. Existe aquí en Inglaterra desde hace mucho tiempo, como simple y corriente timbre sobre la escritura de transferencia —1/2% de la suma pagada y 3 chelines de derechos de escritura (acciones au porteur hay pocas aquí, éstas están exentas). Sólo tiene por consecuencia que el auténtico juego de bolsa se haga en operaciones diferenciales, en las cuales no tiene lugar ninguna transferencia real. Afecta, pues, sólo a la llamada «inversión sólida de capital». Y además nunca se podrá hacer de modo que los jugadores de bolsa no puedan eludirla.

Estoy en contra, 1. porque nosotros, en general, sólo exigimos impuestos directos y rechazamos todos los indirectos, para que el pueblo sepa y sienta lo que paga y así se pueda atacar al capital; 2. porque jamás podremos conceder un céntimo a este gobierno.

Con razón califica usted de pequeñoburgués el griterío contra la bolsa. La bolsa sólo modifica la distribución de la plusvalía ya robada a los obreros, y a éstos, en cuanto tales, de momento puede serles indiferente el modo cómo ello ocurre. Pero la bolsa cambia la distribución en el sentido de la centralización, acelera enormemente la concentración de capitales y, por tanto, es tan revolucionaria como la máquina de vapor.

Verdaderamente pequeñoburgués, también los impuestos con fines morales sobre la cerveza y el aguardiente aún pueden, a lo sumo, disculparse. Aquí es sencillamente ridículo y enteramente reaccionario. Si la bolsa no hubiera creado las colosales fortunas en América, ¿cómo habría sido posible una gran industria y un movimiento social en aquel país de campesinos?

Sería muy bueno que usted diera un golpe en ese punto. Pero con reflexión. No hay que dar flancos a los Stoecker.

5. 3ª ed. de «El Capital». ¡20! Probablemente aún tardará algo, pues Marx sigue siempre enfermo. La estancia en Ventnor, con lluvias constantes, le ha sentado mal. A ello se suma la pérdida de su hija. Hace 3 semanas que está de vuelta aquí, y tan afónico que apenas puede hablar; así que no hay mucho que tratar (pero ¡ni una palabra de esto en el periódico!).

6. Le agradeceremos el libro de Rodbertus-Meyer. Ese hombre estuvo una vez a punto de descubrir la plusvalía; su propiedad territorial pomerana le impidió hacerlo.

Muchas gracias por la fotografía.

Kautsky me ha enviado su folleto sobre el trigo americano. Ironía preciosa: ¡hace 3 años, había que restringir la población porque, de lo contrario, no tendría qué comer!; ¡ahora no hay suficiente población para consumir por sí sola los productos americanos! Eso es lo que sucede cuando se estudian las llamadas «cuestiones», una tras otra, sin conexión. Con lo que uno se convierte, naturalmente, en víctima de aquella dialéctica que, pese a Dühring, «existe objetivamente en las cosas mismas».

Me alegra saber que la familia Hohenzollern vuelve a contar con un pederasta de profesión. Sin eso no estaría completa. El príncipe Carlos, lo mismo que Federico Guillermo II, también «se dedicaba» a este artículo, pero también a las mujeres. A propósito, me viene a la memoria: ¿le ha dado Adolf Beust la «Historia secreta de la corte de Berlín» de Mirabeau, que yo le entregué para usted? Si no, vaya a recogerla. El libro es inapreciable en lo que respecta a Federico Guillermo II; los pasajes principales están marcados con dobleces de burro.

Saludos cordiales.

Suyo,
F. E.